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TRIBUNA

Carlos III. Luces y sombras

Carlos III nació en Madrid el 20 de enero de 1716, hace trescientos años. Con este motivo la ciudad de Madrid empieza a llenarse de curiosas exposiciones, se imparten conferencias y charlas dedicadas a este monarca. Todos destacan la gran labor que realizó en Madrid, que fue él quien promovió las excavaciones de Herculano, sepultado por el Vesubio, y que fue él quien impulsó la mayoría de las expediciones científicas al Nuevo Mundo. Los científicos y militares a la vez como Félix de Azara determinaron con sus obras el desarrollo de la ciencia europea, ya que el propio Charles Darwin cita varias veces a Azara en su obra dedicada al Origen de las especies y, especialmente, en el Viaje de un naturalista alrededor del mundo. Aparte de estos méritos, quizá sea relevante añadir que fue Carlos III muy devoto de la Inmaculada Concepción a la cual hizo patrona de España. Este destacado ilustrado y magnífico alcalde de Madrid no riñó con el catolicismo hispánico.

Todo, pues, parecen luces sobre Carlos III, pero alguna sombra, digo yo, tendría este monarca. Por ejemplo, ¿fue Carlos III un buen rey para el imperio que abarcaba las Américas y Filipinas? Tengo dudas muy fundadas para responder afirmativamente. Los primeros Borbones impusieron el “despotismo ilustrado” que sentó verdaderamente mal a los moradores del Nuevo Mundo. Ellos, acostumbrados a tener las riendas del gobierno y el comercio en sus manos, se sintieron perjudicados por el aumento de los impuestos, la implantación del estricto control sobre su recaudación y, además, por la llegada de numerosos funcionarios y militares peninsulares que les sustituían en los cargos más relevantes y les arrebataban el poder local. La época que más descontento vivió la América española fue causada, precisamente, durante el gobierno de Carlos III.

Fijémonos sólo en un acontecimiento que, sin exageración, determinó la relación del virreinato Nueva España con la monarquía, me refiero a la expulsión de los jesuitas. Muchos son los debates en torno a la expulsión, pero alejémonos de las opiniones y motivos que movieron al monarca para realizarla, y acerquémonos a sus consecuencias inmediatas en Nueva España, hoy conocido como México. La presencia de los jesuitas fue notable tanto por su poder económico como por su sabiduría. El sistema de las misiones fue la clave de su éxito, porque se basaba en la autosuficiencia y la eficaz administración de los bienes controlada por los jesuitas y sus ayudantes indígenas. Las tierras del norte novohispano y, sobre todo, California, nunca se distinguían por la fecundidad, al contrario carecían de agua y otros elementos básicos para la supervivencia. Gracias a este prestigio que adquirieron estos religiosos, la decisión de su expulsión provocó grave descontento entre la población y llevó al primer uso de la fuerza armada contra los civiles en casi tres siglos de imperio. Las manifestaciones tuvieron lugar en Pátzcuaro, Guanajuato, San Luis Potosí. La mano derecha de Carlos III en América, el visitador José de Gálvez, ejecutó a 69 personas discordes.

Además, la expulsión de los religiosos llevó al desmantelamiento de las comunidades indígenas. Los religiosos administraban el trabajo de los indios de las comunidades y mantenían la comunicación entre ellos. Sin embargo, después de su salida del virreinato, no había suficientes curas seculares para sustituirlos y las comunidades quedaron aisladas y en busca de subsistencia entre los colonos que los alquilaban como peones aprovechando el bajo coste de su trabajo. José de Gálvez implantó la orden según la cual las tierras de las misiones, que fueron la propiedad colectiva de comunidades indígenas, se fraccionaron y repartieron en propiedad privada. Los que no aceptaban la atomización de las posesiones colectivas perdían tierras que se convertían en propiedad del rey, quien las distribuía según su antojo.

Los acontecimientos del reinado de Carlos III van más allá de los arcos triunfales que construyó en Madrid. Su política en las posesiones del Ultramar fue el primer aviso para los que unos años después expresaran su descontento en el grito de la independencia. Carlos III fue el principio del fin del más grande Imperio de la modernidad. El homenaje actual a este monarca es, naturalmente, bueno, pero aún sería mejor si va acompañado por la justa crítica que nutre la historia y la conforma como ciencia. Si no hay rigor en la evaluación de un personaje histórico, cualquier homenaje se convierte en un flatus vocis carente de importancia.
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