TRIBUNA
Serrano Súñer y el cronista (y III)
José Manuel Cuenca Toribio
sábado 17 de diciembre de 2016, 16:52h
Actualizado el: 17/12/2016 19:42h
En el inicio de la serie que ahora termina, recordarán sus amables lectores que su autor se refería, aparte de sus escasos contactos con el gran personaje del franquismo, a dos testimonios bien explícitos de su carácter relatados por testigos investidos de gran respetabilidad a los ojos del anciano cronista.
En un intersticio de su vida universitaria –y va de confidencias…- este prestó sus modestos servicios de documentalista a uno de sus profesores, responsabilizado, en la alta mar de la dictadura, de una elevada gestión en el seno del Ministerio de Información y Turismo. En el flamante y gengiskánico edificio, en el curso de un amable y provechoso paseo por los interminables pasillos de la 6ª planta con un liberal y, por ende, algo escéptico funcionario de la escala intermedia, éste le contó que no hacía muchos meses se vio en el insoslayable trance de afrontar a un D. Ramón Serrano Súñer por los reparos hasta entonces insalvables puestos por el censor de turno a uno de sus artículos en un diario madrileño de ilustre prosapia. “Sus gritos (los de D. Ramón, por supuesto) se oían hasta en la Castellana…” Al final de la borrascosa entrevista, Serrano Súñer se llevó el original sin tachaduras ni supresiones…
En vena intimista, solo permisible por la nombradía del personaje protagonista de estos artículos, el cronista se referirá ya finalmente a otro episodio verdadero de la biografía desconocida del que se autoconsideraba -y en verdad no a humo de pajas- el auténtico arquitecto del Estado franquista tal y como éste fuese modelado en los días genesíacos de la Salamanca y del Burgos de la guerra civil.
D. José Gómez fue un competente y muy laborioso gerente de una de las editoriales de mayor notoriedad en el ámbito jurídico de los años 50-70 de la centuria pasada. Realzado su catálogo con piezas de orfebrería de las distintas ramas del Derecho y de algunas de las Humanidades, sus últimas ediciones recogieron parte de las actuaciones de Serrano Súñer en los tribunales madrileños junto a otros escritos del mismo ámbito. En uno de los escasos instantes en que aquél bajara parte de su preciada y firme prudencia, contó al articulista -favorecido de su siempre bien recordado trato- que D. Ramón imponía una disciplina de hierro a sus colaboradores y familiares comprometidos con la buena andadura de los volúmenes en pruebas, sin omitir, llegada la ocasión, el réspice más agrio para los contraventores de sus directrices…
Uno y otro lance, obvio es, están desprovistos de entidad para un enjuiciamiento au noir de personalidad tan descollante por su méritos profesionales –Abogado del Estado a los 24 años…- y experiencias políticas; pero aun así pueden servir como apertura de un camino que a futuros estudiosos conduzca al hondón de su espíritu, allí donde se fraguan las claves de su actuación. En el revuelo provocado por series televisivas sobre las que algún día quizás el aprendiz de contemporaneísta deba romper una lanza por la dignidad de su oficio, llegar pronto a rescatar la primigenia biografía de la controvertida figura es tema prioritario para una convivencia asentada en la verdad y la libertad.