Está claro que los partidos tenían que hacer autocrítica después del año sin Gobierno que nos han brindado. El PSOE prefirió adelantarse y hacer su guerra interna los primeros, mientras todavía se dilucidaba el futuro de este país. Podemos nos muestra ahora su pelea virtual cada día. La guerra Iglesias-Errejón promete seguir siendo apasionante hasta el congreso de febrero, cuando se celebre su Vistalegre II y no tengan nada nuevo que decirse a la cara. Y ahora le toca el turno al PP, que tampoco se podía librar de la discrepancia interna.
El Partido Popular se ha despedido de la tendencia liberal-conservadora que aportaba el expresidente Aznar, para alguno, la verdadera derecha de España. Su salida, alivio para una parte no poco importante de la actual cúpula directiva, permitirá a muchos trabajar sin la fiscalización que FAES, también fuera ya de las siglas PP, hacía sobre la dirección ideológica tomada.
A nadie se le escapa que el Partido Popular de las mayorías absolutas tiene un talante distinto del PP que tiene que lidiar con la oposición para sacar adelante alguna política necesaria para España. Parece lógico. Las necesidades de cada momento obligan. Lo mismo ocurre con cualquier otro partido. Nadie puede exigir a una formación que cumpla su programa ni criticar a sus líderes por quebrantar promesas electorales, ya que la realidad, ahora, obliga a pactar, a que cada uno aporte un punto del acuerdo.
La renuncia de Aznar a seguir presidiendo el PP, aunque fuera de forma honorífica, no deja de ser una escisión. El expresidente tiene todavía mucho poder e influencia dentro del partido en el que, no olvidemos, todavía milita. Esta ruptura con los que deciden, los que marcan las pautas, los que señalan el camino, no se va a quedar en un mero “adiós, ya si eso quedamos”. La ruptura es, de momento, de ideas, pero veremos si en futuro no muy lejano también es física.
Muchos apuntan ya la posibilidad de un grupo de opinión y presión paralelo al PP. Nadie habla sobre seguro de la formación de otra formación política que ocupe el hueco libre a la derecha del centro-derecha. Primero habría que estudiar si existe ese espacio.
Lo que está claro es que unos lamentan la marcha del que fuera un referente dentro del partido y algunos, todo lo contrario. Tan es así que ya se piensa en promover una nueva FAES que haga frente a las críticas ideológicas de la FAES de Aznar. Aunque desde el propio PP se decía a la opinión pública que ahora que el expresidente honorífico ha dejado de serlo esperan que cesen las críticas, lo cierto es que no tiene ninguna lógica y si los ataques antes desde dentro eran críticas feroces –a veces muy feroces– a Rajoy y su equipo, ahora desde fuera no sorprendería una animadversión mayor.
Las sensibilidades están a flor de piel. La militancia tendrá que pronunciarse en algún momento (¿el congreso del PP?) sobre si participan en el proyecto de un PP “blando”, con un talante negociador acorde a los tiempos que corren o si, por el contrario, se demanda un PP “duro” que contrarreste los ataques a la unidad de España y el sometimiento constante de lo políticamente correcto impuesto por los populismos.
En otras palabras, ¿qué PP quiere el militante del PP, el duro de Aznar o el blando de Rajoy?