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TRIBUNA

Aznar se va de los ruedos

sábado 24 de diciembre de 2016, 17:45h
José María Aznar, el hombre de las Azores, da la espantá y deja su cargo como presidente de honor del Partido Popular. Ha debido pensar que el rey es mi gallo. Estas cuitas ya se veían venir desde hacía tiempo. La relación Rajoy-Aznar era de glaciaciones primitivas, de aquellos tiempos de las Siberias en que en 2008 el de las Azores ni siquiera saludó al nada acomodaticio Rajoy. Se nubló entonces el cielo de Madrid y Montoro gritó: ¡Voto a Rus¡, que este señor tiene que pagar los impuestos como cualquier barba. Aznar, entre las FAES y el golf, había perdido poder dentro de un partido en donde iban creciendo las nuevas juventudes por estorbar a los viejos maestros. ¡Aquí hay aventura, amigo Sancho¡ Amanecerá Dios y verémonos.

Aznar disputaba sus opiniones hiriendo el aire y citaba sus críticas a la actualidad política de un PP que perdió las elecciones en el 08 contra Zapatero. Nadie lo escuchaba, hasta los que oían se habían vuelto sordos. Llegó un momento en que el ex presidente se alojó en el individualismo y la toma de precisiones sobre cómo debía navegarse la nave de los turcos, estando Cervantes, esto es, Rajoy, herido en las bodegas. Por las televisiones, Aznar emitía ruidos desastrosos, páginas de enredo, agravios de titiritero. ¡Cuerpo de tal¡, “que aquí nadie me hace ni caso”, debió pensar. Con los bigotes chamuscados y el pelo largo como un mozo de la alta burguesía, debió rumiar sobre sus buenos tiempos dentro del cuartel, cuando Fraga rompió la carta de despido ante unos juglares que por aquellos tiempos veían a Aznar como la sota de bastos, como el lilio bello, como el cronista de la grande historia de las Españas. Aznar en viendo la Moncloa realizó, junto a Rato -ahora con los grilletes puestos- “el milagro económico”, no advirtiendo que dicho milagro, como traído por San Juan, escondía el peligro, la amenaza, la explosión de las bombas de racimo, mientras el cuentakilómetros de las regiones celtibéricas le daba al ladrillo creando agujeros negros en donde se perderían todos los cuentos maravillosos jamás contados. Todo aquello, como una invasión a los herejes, estalló en una crisis lenguaraz y multinacional. Aznar perdió las elecciones y los españoles lo echamos a las garras de los osos. Eran otros tiempos. Rajoy tomó el mando de la Santa María y quiso descubrir otros mundos, mientras la glaciación ya se intuía en Génova haciendo rostro. Ariosto se había puesto a escribir su “Orlando furioso”.

Aznar, región de diablos, evitó el regreso, si bien lo esperara como espera el mendigo el real de a ocho. Nadie le hizo caso. Era ninguneado. Entre el herreruelo y sus bíceps gimnásticos, el ex presidente fraguista veía atónito cómo el PP iba dando bandazos de tierra en costa, de rebaño a rebuzno, de villa a la legión. La raza española había perdido el nervio asaz melancólico y contraliberal. El aznarismo era decapitado como cuando el francés. Nada quedaba de sus cenizas, sólo un cuerpo herido por arcabuz en la flota cervantina. Era el momento de irse. Como un obrero más, un militante más de base que mira ahora las tiendas de campaña después de tantos combates. Aznar se ha ido tocándose irritadamente la melena, porque el diablo -Rajoy- todo lo añasca y todo lo cuece. No hay más yogar con la españolidad. Catalunya ha sido la emboscada. La novela ha terminado y se ve a los lejos un autosacramental. Aznar ha hablado como Dios es servido y no quiere meterse en más dibujos. Éste es el epílogo de un pasado apócrifo. Y no haya más.
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