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TIRO CON ARCO

Una misa en la Catedral de Alepo

Dani Villagrasa Beltrán
domingo 25 de diciembre de 2016, 20:20h
Vladislav Golikov, cantante solista del coro del ejército ruso, se había hecho famoso en Aragón por cantar un jota. Tarde o temprano, procedente de las redes sociales, llegaba al terminal móvil un vídeo en el que se le veía interpretar, con fuerte acento extranjero, ‘La Dolores’. Aragón se siente olvidada a menudo, ninguneada e insignificante en el debate nacional. A los aragoneses les impactó que un importante coro del otro lado del mundo cantara, de entre todas las canciones del mundo, una jota, la música que oyeron a sus mayores, cuando se achispaban en la mesa.

El Coro del Ejército Rojo es una de las instituciones que sobrevivieron a la caída de la Unión Soviética y gozaba de gran popularidad. Este día de Navidad, un avión que transportaba a los músicos más destacados del coro, entre los que se encontraba Golikov, se estrellaba en el Mar Negro. Iban a Siria para animar a las tropas rusas en las celebraciones de Año Nuevo. La presencia de Golikov, el cantante de la jota, al que se cree muerto junto a sus compañeros, ha popularizado la noticia en las reuniones familiares propias de la fecha.

El avión ruso estrellado era militar y por el momento se desconoce si pudo sufrir un ataque, un sabotaje o un simple accidente. El Kremlin ha encargado una investigación para determinar si hay culpables del final de los mejores músicos de uno de los símbolos del orgullo nacional de Rusia, junto a la tripulación y varios periodistas.

En la Catedral de San Elías, en Alepo, que acaba de salir de una de las batallas más sangrientas de los últimos años, tras cuatro años de combates, los cristianos han celebrado una misa de Navidad por primera vez desde 2012. El templo, sede de los católicos orientales sirios, sigue en pie, aunque mellado por los combates. Frente a otra Iglesia mellada, la Gedächtniskirche de Berlín, que muestra con orgullo su rota figura por los bombardeos de la II Guerra Mundial, atentaba un yihadista de Estado Islámico contra un mercadillo navideño esta semana.

En Siria, y desde hace casi seis años, hay una guerra civil en la que Occidente se ha quedado sin relato. Hay mucha propaganda y también muchos muertos, muchos desplazados, empobrecidos, desgarrados, embrutecidos, pero, tras el fracaso del espíritu de la primavera árabe y la intervención de Rusia en el conflicto, poca voluntad de relato. Mejor así. Los muertos de las guerras, crudos, sin explicaciones, ni propaganda disfrazada de sensiblería. Es Navidad, tiempo de reuniones familiares, de comilonas, de excesos, de buenos deseos, y ha sido imposible no acordarse de la guerra en Siria, que sigue su curso.
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