
La Copa del Rey obligaba al Barça a regresar a San Mamés, sinónimo de exigencia de compromiso hiperbólica, con la vista puesta en el enfrentamiento liguero del domingo, que les facturará un billete hacia El Madrigal, nada menos. Ante tal cuadratura, Luis Enrique optó por obviar las rotaciones y Rakitic saltó a la titularidad como única novedad, con Iniesta y el tridente como irresistible referencia ofensiva. Valverde, por su parte, sentó a los infortunados Beñat y Muniain (De Marcos figuraba en la lista de lesionados sin remisión) y alineó una medular muscular, con Raúl García, Iturraspe, San José y Saborit como obreros y dispensadores de un plan de juego que resultaría elemental en el desarrollo de esta ida de octavos de final.
No escondió el Txingurri su voluntad de desafiar la jerarquía del gigante culé. Desplegó sobre el titubeante arranque visitante una volcánica ejecución de valentía táctica, mezcla de presión asfixiante a cancha completa y verticalidad tras robo. Se exponía a mucho riesgo si Messi y sus acólitos accedían a la pelota, bien es cierto, pero los bilbaínos conseguirían ahogar la prototípica salida combinativa blaugrana en buena parte del minutaje hasta el entretiempo. Así, el cabezazo desviado de San José y la salida riesgosa de Stegen para conjugar un centro lateral inauguraron un aviso al que tardó en reaccionar un Barcelona anestesiado por su inferioridad energética y la incapacidad para sostener posesiones razonables. No en vano, hubo de esperar cinco minutos el favorito para atravesar el medio campo con el cuero.
El sistema del Lucho, golpeado por la lejanía de su sufrida estructura para con el tridente –en ambas fases del juego- trataría, entre dudas, de ir extendiendo la contaminación de la horizontalidad, esa defensa especulativa con pelota, con el fin de enfriar el impulso de comienzo local. Le costaría, con Williams, Aduriz y Raúl García obligando a jugar en largo a Stegen y el resto de la compañía ganando cada balón suelto. Y un error de Iniesta en un pase sencillo en campo propio se desnudó como el ejemplo paradigmático del brete. La verticalidad local y la amenaza en transición barcelonesa configuraron una trama de desgobierno que se estiraría hasta que la pelota se tiñó de azulgrana, en torno al minuto 25.

En este intervalo, en el que el mediocampo catalán fue respirando, Messi y el manchego subrayarían una perogrullada constante este curso: que ellos dos portan el salvavidas ofensivo cuando vienen curvas. La ansiada aceleración que refrescaba la vigencia de la calidad sobre lo anatómico, en plena circulación de bostezo culé (objetivo conseguido que frenó el ardor vizcaíno), se asomó en el minuto 11 y en el 19. La primera llegada fue gestada y finalizada por el argentino, que abrió hacia Jordi Alba (opción de sorpresa primordial a lo largo y ancho del duelo) para que el lateral conectara con el desviado zurdazo del 10, desde la frontal. Y la segunda aproximación, más elaborada, creció cuando Iniesta bajó, rebosante de clase, un saque en largo con el que que Iraizoz pretendió sorprender a los culés. El emblema de la selección española abrió para La Pulga, que aceleró las pulsaciones del envés de la contra rojiblanca, cual centella, y puso el 0-1 a Piqué. El central se adelantó al meta vasco pero cabeceó fuera de diana por poco.
Parecería que el Barcelona hubiera constatado su toma del mando del ritmo, con horizontalidad y parsimonia interesadas para detectar espacios a la espalda de la adelantada zaga local. Pero había vuelto a ascender de manera desbaratada la intensidad vasca, cuya presión volvía a precipitarse para incomodar la salida de pelota visitante. E Iniesta desencadenó una convulsión que se susurró como decisiva en el combate. Imaginó una transición clara pero su envío, raso, fue cortado por los stoppers rojiblancos, y el Athletic haría caja con el bloque barcelonés mal parado. Se lanzó un contragolpe, fulgurante, con apertura de Aduriz hacia Raúl García, centro delicioso y aéreo desde línea de fondo del colchonero y cabezazo del punta imperial a la red, en el segundo poste. Y, mientras San Mamés festejaba y la tribuna se disponía a estrenar el tributo a Yeray, en el minuto 27, un saque de banda pobre de Jordi Alba cayó en otra recuperación avanzada de la medular vasca. Aduriz reapareció, voraz, para tocar con finura y propulsar el relámpago, y Williams ajustició el apagón blaugrana con una definición frenética.
Dos minutos de paroxismo rítmico colocaron el 2-0 en el electrónico y pusieron en entredicho los pronósticos de la eliminatoria (57 años hacía que el Athletic no eliminaba en Copa a su némesis catalana). Iñaki Williams dispuso de un chut, sin dirección, en el peor momento visitante y tras otro balón rifado por Stegen -minuto 30-. Sobrevino, entonces, una escaramuza que paralizó la ausente reacción de un Barcelona impedido y empeñado en salir del atolladero por la vía de la posesión contemplativa. No era cuestión ya de domar al león, sino de igualar la explosividad en cada lance. Un puñetazo de Aduriz que conectó en el cuello de Umtiti, único lunar de la competitividad extremada triunfante determinada por Valverde, trompicó la tratativa del libreto de Luis Enrique, que pasaba por relanzar el compás y que se saldó con amonestación para ambos protagonistas -minuto 40-.
La guerra de guerrillas en que se tornó la conclusión del primer acto dejó hueco sólo para que Messi e Iniesta se desperezaran para localizar transiciones punzantes. Sirvió una asistencia el argentino para el chut al primer poste de Neymar, que Iraizoz despejó en base a sus reflejos -minuto 44-, y lanzó el manchego un mano a mano del carioca con Etxeita. El central, más lento, llegó tarde. Pero la teatralización de ‘Ney’ llevó al colegiado a decidir no pitar el más que posible penalti -minuto 45-. El camino a vestuarios se decretó con un Barça fuera de sí, descentrado en lo mental. Amarillas por doquier (para Iniesta, Alba y Busquets) y confusión visitante en la búsqueda de culpables, pues personalizó su frustración en el árbitro y en su clara inferioridad no había mediado la actuación del trencilla sino la aventura propuesta por Valverde. Su ruptura de líneas tras pérdida no admitía balones fuera.

El preparador vasco interpretó la reanudación como un ejercicio de gestión astuta de la ventaja. Cedió metros en una variante que terminaría por matizar la cosecha alcanzada hasta entonces. Contempló el técnico la injerencia del cansancio en su idea de juego y ordenó replegar, entregando el total patrón del tempo al Barça y ligando su destino a la consistencia defensiva (no tan regular como debiera) y a la velocidad de Williams y la calidad aérea de Aduriz como faros para pescar a la contra. El segundo clasificado liguero se propuso, ahora sí de forma más vehemente, gobernar el duelo con más profundidad y velocidad de traslación del cuero, y los espacios entre líneas y la influencia de Neymar se fueron filtrando para la agonía local. Empero, hubo de ser el balón parado el resquicio sobre el que el sistema de Luis Enrique, más engrasado y fluido en el manejo del esférico, se alimentara. Messi lanzó una falta fijada en el pico del área por el exterior de la barrera e Iraizoz cayó en el engaño. El respingo del arquero local no fue suficiente para subsanar su error y el 2-1 cambió la morfología del partido y la eliminatoria.
Alternaría el Athletic hasta el desenlace subidas de líneas que le resultarían negligentes, pues el crecimiento de Neymar con espacios y la falta de fuelle en las coberturas vizcaínas confluirían en el cauce vertiginoso añorado por Lucho. En estático no resultó su fórmula pero cuando se abrieron los pasillos para correr, la red de ayudas de Valverde se tambaleó. El brasileño, que provocaría las expulsiones de Raúl García e Iturraspe (minutos 73 y 80, en sendos galopes al contraataque), lo intentó sin éxito por el vuelo de Iraizoz. La rosca delicada merecía más que un saque de córner. Al fin conseguía el Barcelona su propósito de controlar el pelaje de la batalla en forma sostenida en el tiempo.
Las sustituciones construyeron un epílogo de clausura vasca. Williams, Saborit y Aduriz (autor del único disparo a puerta de los locales hasta el 90) cederían su sudor a Elustondo, Eraso y Muniain (que salió más para tapar que para volar en busca del tercero), que despejó el empate tras una combinación entre el tridente culé, y Rakitic y Umtiti darían paso a los pulmones y olfato de Andre Gomes y Alcácer en la trinchera catalana. Y la circulación visitante se hizo perenne hasta el pitido final, ante nueve denodados guerreros bilbaínos que se aferraban a una basculación épica, con San José en el papel de boya en más de un escorzo defensivo y ganador in extremis. El devenir multiplicó el nivel de la exigencia que habría de soportar el achique rojiblanco, que perseguía las asociaciones horizontales que circundaban su frontal, con Messi, Neymar e Iniesta como detectores de oquedades. Y, para éxtasis del renovado coliseo, el soliloquio postrero barcelonista sólo alcanzó a edificar una vaselina inocua de Luis Suárez y una deflagración terrible en el descuento. Piqué se estrelló con la maraña de zagueros y Messi con la madera, en la última jugada, otra vez en acción de pizarra. Supo neutralizar la asimetría numérica y de sensaciones el Athletic para apuntarse el primer capítulo del cruce estrella de esta altura copera. Sensacional partido, con dominio cambiante, que deja exhausto hasta al más pintado. El Camp Nou decidirá.
Ficha técnica:
2 - Athletic Club: Iraizoz; Bóveda, Etxeita, Laporte, Balenziaga; Raúl García, San José, Iturraspe, Saborit (Muniain, m.68); Williams (Elustondo, m.83) y Aduriz (Eraso, m.78).
1 - FC Barcelona: Ter Stegen; Sergi Roberto, Piqué, Umtiti (Alcácer, m.87), Jordi Alba; Busquets, Rakitic (André Gomes, m.71), Iniesta; Messi, Suárez y Neymar.
Goles: 1-0, m.25: Aduriz. 2-0, m.28: Williams. 2-1, m.52: Messi.
Árbitro: Fernández Borbalán (Andalucía). Expulsó a Raúl García y Ander Iturraspe, en los minutos 72 y 80, a ambos por doble amonestación. Además, mostró tarjeta amarilla a los locales Aduriz (m.40) y a los visitantes Umtiti (m.40), Iniesta (m.46), Jordi Alba (m.46), Busquets (m.47).
Incidencias: Partido de vuelta de octavos de final de la Copa del Rey, disputado en San Mames cerca del lleno y con todo el papel vendido. Unos 50.000 espectadores, incluido un pequeño grupo de seguidores visitantes agrupado en la zona habilitada para ellos.