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ENSAYO

Annemarie Schwarzenbach: El valle feliz

domingo 08 de enero de 2017, 17:07h
Annemarie Schwarzenbach: El valle feliz

Traducción de Juan Cuartero Otal. 1ª ed. en español. La Línea del Horizonte. Madrid, 2016. 174 páginas. 13 €. Libro electrónico: 6,50 €.

Por Inmaculada Lergo Martín

Suele decirse que la sinceridad es un valor, pero quien la ejerce siempre paga un alto precio por ella y, cuando es íntima y enfrentada a los hábitos y valores establecidos en el medio en que se vive, el coste es muchas veces irreparable. Annemarie Schwarzenbach (Zurich, 1908–Sils, Engadina, 1942), en el ámbito profesional, fue arqueóloga, escritora y cronista por medio mundo (Oriente Medio, Asia, África, Europa, Estados Unidos); y en el personal, estuvo marcada por una elección vital que la enfrentó a su familia, especialmente a su madre, y a la sociedad en general, así como por su condición lésbica. Amiga íntima de Klaus y Erika Mann (hijos del Nobel de Literatura Thomas Mann), de André Malraux y otros intelectuales del momento, se casó con Claude Achille Clarac, secretario de la Embajada de Francia en Teherán, también homosexual, y compañero con el que compartía “un sentimiento de marginalidad y una sensibilidad ante el desarraigo”, pero su unión fracasó pronto. Tuvo un romance tempestuoso con la escritora estadounidense Carson McCullers y con la millonaria Margot von Opel; y se enamoró platónicamente de la hija del embajador turco, Yalé, quien, ya muy enferma, murió al poco tiempo. Pasó por el manicomio, por tratamientos de desintoxicación, por intentos de suicidio… Sufrió de tenaces dolencias físicas, entre ellas las provocadas por la malaria. Pudo haber elegido otra cosa (“La vida en el mundo civilizado ofrece diversas posibilidades para silenciar las voces incómodas y peligrosas”), pero no lo hizo: “¿Tendría que haber sabido adónde me llevarían los caminos de mi libertad? ¿Tendría que haberlo sabido? / ¡Ay, libertad, libertad!”.

Precisamente para reponerse de un empeoramiento por la malaria, se instaló en el valle del río Lahr, el “valle feliz” que da título a estas páginas, situado a considerable altura sobre el nivel del cercano mar Caspio y a 40 km de Teherán. Allí se encontraba la legación inglesa del campamento arqueológico que excavaba los restos de la antigua Persia y los pueblos que le precedieron, civilizaciones que fueron el comienzo de la Historia de Occidente. El relato del paisaje exterior e íntimo de la autora muestra una desgarradora consonancia, en perfecta simbiosis, entre la desolación y la belleza -siempre extremas-, que ofrece en sorprendentes pasajes líricos marcados por ese contraste: “No se nota el más mínimo viento. Las cumbres de las montañas, coronadas de rocas, están tocando el cielo. Los animales descansan, las aves han caído de las nubes, el río Lahr por las noches es una tira de luz de luna, acompañante de la Vía Láctea, un manantial joven que viaja susurrando. Todo se ve sin color: los prados desnudos y mojados de rocío; las paredes, romo basalto, y sus bordes de piedra, diademas sin brillo; los caballos, monumentos grises, soñando en la otra orilla”.

El valle feliz es, para la autora, una huida y un encuentro; una búsqueda en definitiva de la propia identidad: “Perdida, apátrida, paseante ociosa, a merced del viento, del frío, del hambre… Siempre sola, empujada hasta el mismo borde del abismo donde aún se agitaba roca fundida, el auténtico corazón de la tierra. ¿Qué pretendía encontrar allí?”. Desenterrar la historia dormida durante tantos siglos, sostener entre las manos “gemas, perlas, collares, pulseras y diademas, hermosos broches con cabezas de serpiente. La gargantilla de lapislázuli -inútil como un rosario- destinada a una princesa de pálida belleza y la tiara de diamantes que ya no adorna tirabuzones”…, conlleva también una poderosa reflexión sobre la existencia en sí misma: “Me dejo embriagar por la fugacidad de las dinastías reinantes, respiro el aroma a incienso de la ceniza que se va con el viento. Y finalmente voy a descender al lecho seco del río, donde se oye reptar a los lagartos y, por las noches, el aullido de los chacales”.

El valle feliz es una alegoría de cada una de nuestras vidas, no sólo de la de Annemarie Schwarzenbach, porque, al igual que allí, “uno siempre se encuentra con algún camino; pero nadie, excepto los nómadas, sabe adónde llevan esos caminos”.

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