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ORIENT EXPRESS

100 años de la Revolución Rusa

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 08 de enero de 2017, 19:30h

Este año se cumplen 100 años de la Revolución Rusa, uno de los grandes terremotos que sacudieron el siglo XX y originaron el mundo de hoy. Directa o indirectamente, a todos nos afectó la caída del viejo Imperio de los Zares y su sustitución por un Estado que pretendía ser la vanguardia en la lucha por la liberación del género humano.

Sin embargo, cien años después es imposible cerrar los ojos ante el legado de muerte, dolor y pobreza que el comunismo soviético dejó no solo en el espacio soviético sino en todos los lugares adonde se exportó la revolución durante la Guerra Fría. La herencia soviética sigue muy viva en los lugares que conocieron el formidable poder de la URSS. Esto es especialmente descarnado en las sociedades de Europa Oriental, para quienes la influencia del Kremlin significó, en realidad, el sometimiento a un poder extranjero al que se debían subordinar todas las decisiones estratégicas, desde la producción industrial a la inversión en defensa o los contenidos educativos desde la enseñanza primaria hasta la universidad.

Desde sus orígenes, el orden soviético se construyó sobre el miedo, la mentira y el resentimiento. El catálogo de las policías políticas y los servicios secretos -Cheka, GPU, OGPU, NKVD, NKGB, MGB, KGB, etc.- acompaña al listado de los juicios farsa como los procesos de Moscú y Praga. Arthur London levantó acta de la perversión del sistema policial y judicial al servicio de las necesidades de los partidos comunistas de cada país del bloque oriental que, a su vez, seguían las directrices llegadas desde Moscú. La destrucción del opositor y el disidente no comprendía solo su muerte o su desaparición. Era necesario mancillar su memoria, acabar con su recuerdo o ensuciarlo hasta el punto de que nadie pudiera reconocer en él otra cosa que un enemigo del pueblo o un traidor. De esta sistemática aniquilación del adversario no se libraron ni siquiera los comunistas de la primera hora. Tomemos el caso de Bujarin, que conoce lo que le espera cuando trata de salvar su nombre en la “Carta a la futura generación de dirigentes del partido”:

“En los que tal vez sean los últimos días de mi vida, estoy convencido de que, más tarde o más temprano, el filtro de la historia inevitablemente limpiará el barro que cubre mi cabeza.

Nunca fui un traidor; hubiera dado mi vida por la vida de Lenin sin vacilar. Apreciaba a Kírov y nunca tramé nada contra Stalin.

Pido a la nueva, honrada y joven generación de dirigentes del partido que lea mi carta ante un pleno del Comité Central, que se me haga justicia y se me readmita en el partido.

¡Sabed, camaradas, que en la bandera que enarboláis en victoriosa marcha hacia el comunismo también hay una gota de mi sangre!”

Las historias de Arthur London y Bujarin no son las únicas. Ahí están Bela Kun y Djilas, por poner solo dos ejemplos más. La Revolución Rusa y sus réplicas por todo el mundo necesitaron devorar a sus propios hijos al tiempo que empobrecían a los pueblos, dividían a las sociedades y sembraban por doquier la desconfianza y el miedo. Si quieren hacerse una idea, vean la magnífica “La vida de los otros” (2006).

Tras las detenciones y los juicios, venían las condenas: la muerte o las condenas a trabajos forzados en el sistema de campos que ha pasado a la historia con el siniestro nombre de GULAG, acrónimo ruso de “Dirección General de Campos de Trabajo”. Alexander Solzhenitsin dedicó la monumental “Archipiélago Gulag” a describir el horror del sistema concentracionario soviético desde el arresto hasta el cumplimiento de la condena en los campos. Todo el sistema soviético estaba basado en la falta de libertad y tendía a asegurarla por todos los medios de los que disponía el Estado.

Podrían enumerarse muchas más cosas: el Holodomor, la opresión de los pueblos bálticos, la ocupación de Polonia, la represión de la Revolución Húngara de 1956… Sobre algunas de estas cosas ya he escrito en esta misma columna y habrá tiempo de volver sobre ellas.

Por lo pronto, baste observar que 1917 debería ser una fecha para conmemorar y reflexionar sobre el inmenso horror del siglo XX, a cuya sombra todavía vivimos. Sin duda, se debe recordar la Revolución de aquel año, pero no para celebrarla sino para lamentarla.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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