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TRIBUNA

Y líbranos del mal

jueves 12 de enero de 2017, 20:40h
Actualizado el: 01/12/2017 20:51h

El magistrado Antonio Salas, de la sala de lo Civil del Tribunal Supremo, ha generado una importante polvareda por afirmar que la llamada violencia de género es una manifestación más de la maldad humana que, asociada a la mayor fuerza del varón, explica en buena medida estos actos de abuso que culminan a menudo en el asesinato de una mujer a manos de un hombre. Si el dimorfismo sexual fuera otro y la mujer generalmente más fuerte que el varón, afirma el magistrado, los casos de agresión de la mujer al hombre serían, sin duda, una amplia mayoría.

Teresa Franco (delegada de la Mujer – no deja de sorprenderme tan hipostática mayúscula – en la AUME) respondió que los maltratadores no lo son por “malos (biológicos)” sino “porque aprendieron que las mujeres son suyas”. Dejemos de lado esa sorprendente asociación de la maldad con la biología, un torpe pero significativo modo de negar que dichos actos criminales resulten de una maldad intrínseca, porque se pretende que son efecto de una educación inadecuada. Tal vez se pretende que la maldad no radica en una diferencia sexual que se juzga biológica, sino en la construcción de roles de género que se juzgan culturales o históricos.

Diría que el magistrado ha abierto una discusión por el lugar más arriesgado, ha empezado por hablar del mal, algo que no consiente la asfixiante ideología moderna que toma por axioma evidente el relativismo más extremo: el mal no existe, la acción violenta es resultado de una educación fracasada. Cabría, desde luego, preguntarse por los contenidos de la buena o la mala educación. Pero el carácter bueno o malo sólo depende de nuestra definición del tipo humano que deseemos construir y, al parecer, ese tipo humano no es objeto de discusión sino que se da por definido y definitivo.

Pero esa educación, de la que se viene esperando la instauración de la paz entre los géneros, manifiesta un doloroso fracaso, dado el incremento constante de los casos de agresión y asesinato de hombres sobre mujeres. Nadie se pregunta quién, cuándo o dónde declaró esa guerra entre géneros, que debemos suponer silenciada por el tiránico patriarcado. La fiscal Inés Herreros, de la Unión Progresista de Fiscales, recriminó sus opiniones al fiscal que no habría admitido que la violencia de género se orienta contra las mujeres por el hecho de serlo, como recogió en su momento la Ley de Violencia de Género. Con todo, Inés Herrero ve en la sensibilización social un efecto positivo de la ley. Diríamos, sin embargo, que esa sensibilización educativa no altera un ápice la sólida consistencia del mal puesto que no deja rastro en la estadística. Así pues, la lucha contra el fenómeno no habría de orientarse contra el mal mismo, inaccesible a la educación sino contra el instrumento del que se sirve: la mayor fuerza del varón. Antonio Salas remata: “…a una campeona de halterofilia, no la considera inferior su pareja masculina”. ¿Acaso debiera subvencionarse más generosamente el gasto en gimnasios o la formación en artes marciales o en el uso de armas para las mujeres? Éstos son, sucintamente, los términos del debate tal como los recoge la prensa.

Nótese bien el concepto que se encuentra bajo las esperanzas depositadas en la educación. Sólo podemos concebir una educación omnipotente negando todo elemento substancial e inmutable de la condición humana. Todo en el hombre ha de ser plástico y mudable, si ha de poder ser construido o educado íntegramente. La educación logrará la reforma de la deformada conducta del maltratador porque éste carece de entidad real. Y no habiendo esa substancia real no hay tampoco culpa sino únicamente un error de construcción o educativo, que ha de ser corregido.

Pero se equivocan estos señores de la pedagogía. Hay un elemento sustantivo en la condición humana, que son incapaces de ver desde esa su perspectiva individualista, según la cual la educación recae sobre el individuo y se orienta a su conciencia propia e independiente de otros. Concebido como individuo – solitario y abstracto –, uno más en el conjunto social, el hombre sólo es una fulgurante nada. Pero concebido como persona que sólo puede ser y subsistir en una comunidad de personas, con otras y a través de otras, la condición humana adquiere solidez. Porque lo sólido de la condición humana es relación y no substancia. Sólo un sano sentido común, producto de una profunda vida compartida entre personas, permite ser a cada una de ellas por mediación de las otras. Sólo el amor – que es el nombre adecuado de esa relación – nos hace fuertes. Sin embargo, se insiste en ver ese tejido común bajo la forma terrible de un patriarcado opresivo, que ha de ser demolido en nombre de una abstracta igualdad o una negativa libertad. Se multiplica así el mal que se quiere combatir.

Desde luego, la comunidad – y su célula familiar – no suprime la responsabilidad de cada persona. En nuestra sociedad atomizada cada uno lleva en sí el signo del mal que resulta de una comunidad en jirones. La culpa está en cada uno en la medida en que reproduce la negación de los vínculos personales o niega la comunidad; el acto de agresión hacia la persona que ha de ser más próxima es evidentemente culpable y no un error educativo. El individuo aislado y enfrentado a otros, es decir, el hombre solo – que es lobo para el hombre – es a la vez víctima y agente de ese mal. Por mi parte, entiendo ese aislamiento como síntoma de un poder real contra el que me prevengo elevando junto a los míos la muralla de un canto común: sed liberanos a malo.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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