Este viernes Donald Trump cumplirá su sueño tanto tiempo anhelado y se convertirá en el cuadragésimo quinto presidente de Estados Unidos y, por extensión, en el reconocido líder del mundo occidental.
El magnate, que jurará su cargo en la tradicional ceremonia de investidura multitudinaria en las escaleras principales del Capitolio, en Washington, sucede en el cargo a Barack Obama, al que le une una estrecha enemistad.
A lo largo de los últimos meses, en especial desde que Trump fuera nominado como candidato del Partido Republicano (GOP) el pasado verano, ambos no han escatimado en duras palabras y hasta desprecios personales convirtiendo el relevo de este viernes en uno de los más broncos de la historia de la primera potencia mundial.
Obama ha dicho del magnate que es una persona "indigna" de entrar en la Casa Blanca, mientras que Trump ha intentado desprestigiar la labor de ocho años del todavía presidente en funciones calificándole de "fraude", entre otros calificativos de considerable grosor.
Hasta tal punto llega la enemistad entre ambos que Trump no esconde, ni en público ni en privado, que gran parte de sus objetivos a lo largo de su primer legislatura en el Despacho Oval estarán encaminados en demoler muchos de los grandes logros de Obama como presidente.
Por lo pronto, la nueva Administración tiene como prioridad derogar el Obamacare, el ambicioso programa sanitario sacado adelante por Obama con muchísimas trabas incluso entre los propios demócratas y que Trump considera un derroche de las arcas públicas contrario al espíritu federal del país.
Sin embargo, si una idea se asocia en estos momentos a Trump es la de la inmigración. Mientras Obama ha desarrollado programas y políticas de acogida durante ocho años mediante la regularización de decenas de miles de indocumentados, Trump dará un giro de 180 grados a esta visión e insiste en la idea de ampliar el muro con México a coste de las arcas aztecas y de recrudecer los requisitos para entrar en el país.
Ambos frentes, el migratorio y el sanitario, han supuesto numerosos roces, no solo entre Obama y Trump, sino entre sus propios equipos de trabajo, que también se han enzarzado a cuenta del Tratado de Libre Comercio con la región Asia-Pacífico, el Brexit o la presencia de tropas estadounidenses en la lucha contra Estado Islámico en Siria e Iraq.
Tampoco ha ayudado a calmar las aguas la polémica pero presunta relación del que este viernes será nuevo presidente y el espionaje ruso. No es secreto la falta de sintonía entre Obama y Vladimir Putin, que ve con buenos ojos, en cambio y al menos a priori, la llegada de Trump a la Casa Blanca.
Las revelaciones de los servicios de inteligencia actuales, bajo la supervisión del Ginete de Obama, de que el magnate fue ayudado por espías y hackers pagados por el Kremlin durante la campaña ha sido calificado por el multimillonario como una "caza de brujas política" encaminada a desprestigiar su figura por parte de la Administración saliente.
Por lo pronto, Obama, ya como expresidente, ha asegurado que velará por que se cumpla la ley y para su sucesor no se exceda en sus funciones, como algunos de sus planes indican. Trump, de un modo más o menos sutil, cuenta el momento de relevar al demócrata y dar comienzo a su propia era, una era que traerá de todo menos calma a la Casa Blanca.