Georges-Arthur Goldschmidt escribe un libro demoledor sobre la lengua alemana de Heidegger. Su pensamiento sería netamente criminal (Heidegger et la Langue Allemande, CNRS, París, 2016). El gusto hermenéutico por el valor semántico de las raíces populares, la sintaxis circuida y fuente épica, cultural, del pueblo alemán (Volk), tendrían por objetivo el arraigo nacional-socialista y el código asesino del régimen nazi, el Tercer Reich. Es lengua que tiene por fundamento, y la iguala, la “lingua tertii imperii” (LTI). Un proyecto calculado de transformación social de la realidad a través del lenguaje. Términos como compromiso, alistamiento (Einsatz) —la movilización encarecida por Ernst Jünger—; lo verdadero y la autenticidad (Eigentlichkeit); el seguimiento leal (Gefolgschaft), que implica caudillaje (Führertum), tropa (Mannschaft), son típicos del vocabulario del NSDAP (Nationalsozialistische Deutsche Arbeiter Partei). Y Heidegger comparte e instiga este léxico.
Esta intención ya prevalece, según Goldschmidt, en Ser y Tiempo (1927), obra carismática de la filosofía del siglo XX. Su adhesión al crimen sería absoluta. Su pensamiento, sombra de una obsesión política: el nacional-socialismo. Un guía (Führer, Hitler, celebrado por Heidegger nombrado Rector de la Universidad de Friburgo en 1933), un pueblo y una filosofía, la suya. Heidegger se adhirió al nacional-socialismo el 1 de mayo de 1933. Su discurso era claramente propicio al encumbramiento de Hitler. “Führer, befiehl, wir folgen”, se decía entonces: “guía, ordena, nosotros (te) seguimos”. Hasta el pronombre “nosotros” (wir), enseña de compromiso, sería sinónimo de brigada.
Heidegger creyó ver en Hitler la posibilidad de orientarlo hacia la culminación de un período histórico cuyas huellas rastrea en Lutero, Fichte, Heine —ya anuncia el prenazismo—, la tradición popular alemana, y el recuerdo de la gran Grecia. Al ver, no obstante, la sucesión de los hechos y la actitud de muchos colegas universitarios, dimitió del cargo de rector sin cumplir en él un año.
Lengua helada, plebeya, resentida, insociable, trivial, esterilizada, rígida, especialmente después de 1927. Sintaxis regresiva, circuida, pesada. Obtura el pensamiento que dice abrir al desvelar el olvido del ser en que cayó la filosofía occidental después de los presocráticos. Y sin embargo, lengua también espléndida y magnífica, incluso admirable, pero kitsch a partir de 1950, centrada en el montaje sintáctico y semántico. Goethe ya había criticado el estilo de los filósofos alemanes.
Goldschmidt quiere demostrar que el silencio de Heidegger (dejó el carnet nazi en 1945) sobre el genocidio judío abrigaba en su fuero interno la convicción de que la cultura alemana habría ganado a la derrota bélica. Y tal enfoque debiera servir de guía para desenterrar el significado implícito de su filosofía. El punto culminante serían, más que el discurso de Rectorado, dos conferencias del 15 y 16 de agosto de 1934 sobre La Universidad Alemana. En ellas queda claro que filosofía y política son vertientes de una fusión unánime: el giro (Kehre), el cambio circular (Umwältzung) de Alemania y del pensamiento. Y esto acontece coincidiendo tres novedades inaugurales en el tiempo del nacional-socialismo: la nueva poesía alemana, la nueva filosofía, y la nueva voluntad política de los hombres de Estado alemanes. La exégesis de Hölderlin, su intérprete por excelencia —el propio Heidegger—, y el eco de Nietzsche también filtrado por su pensamiento. De aquí procedería la “irrupción del ser” (Einbruch des Daseins) desde y sobre los orificios del ente. El ser igualado con la patria o “nuevo espíritu de comunidad en potencia formadora de un nuevo ordenamiento del pueblo-etnia”. El ser de Hitler y el nazismo, nos da a entender Goldschmidt.
Este autor desmonta entonces los tópicos ya clásicos de Heidegger sobre el Ser (Seyn) y el ente (Da-sein) —la diferencia ontológica—; el decir de la palabra (Sagen) y de la lengua (Sprache), su cuidado (Sorge), o preocupación, como prefiere Ortega y Gasset; la técnica y desocultación (Entbergen) del espacio-tiempo; la poesía (Dichtung) y el acontecer emergente (Ereignis); el salto (Ursprung) y surgimiento (Hervorbringen) más que fabricación (Herstellung); la autenticidad (Eigentlichkeit), etc. El Ser auténtico es el ser real de Alemania y, el decir verdadero, la lengua por excelencia, el alemán, equivalente hoy del griego clásico. En ellas, el chino y japonés, se revela el ser del mundo con otro estilo y claridad. Son más apropiados para el desvelamiento (alezeia) de la verdad y su esencia (Wessen), más intimados con la existencia del “Da-sein”: ser-ahí del espacio-tiempo al inscribirse en el mundo naciendo (in-der-Welt-sein, con valor tenso y juntivo del guión). Más consonantes con el reclamo de existencia que las lenguas latinas.
La poesía representa a su vez el abismo abierto por la política y la racionalidad calculadora alejada del lenguaje, la verdad, y el carácter mundo de las cosas (Weltlichkeit). Hitos del imperio racional, cartesiano, son el americanismo, bolchevismo, liberalismo, colonialismo y el olvido del ser (Seinsvergessenheit) de la civilización judeo-cristiana. Tal sería, para Goldschmidt, el signo del hundimiento lingüístico y filosófico de Heidegger: mundo y lenguaje no se corresponden. Y así también la técnica, su armazón macizo (Gestell). La crítica que hace Heidegger del mundo alienado y de la modernidad, de la producción seriada, de las resoluciones técnicas —por ejemplo, la piña de cadáveres en las cámaras de gas—, sería otra forma de ocultar la realidad mencionada. Es decir, la tesis de que la técnica es un modo de desocultamiento (La Pregunta sobre la Técnica, 1953) camufla el ser criminal de Heidegger agazapado en su silencio sobre la exterminación de los judíos. Su filosofía debe responder también —se entiende— de estos crímenes contra la Humanidad.
La diferencia ontológica evidencia, no obstante, que “El ser del ente no es él mismo un ente” o que “Una cosa es contar cuentos de los entes y otra es apresar el ser de los entes” (Ser y Tiempo). La ontología solo acota regiones, cuajos del ser circuido en su circunstancia y que se escapa apenas intuido. De ahí la angustia (Angst) del hombre (Da-sein), su carácter de arrojado, o de yecto (Geworfenheit), la contingencia, etc. Entes son las historias contadas de la mundanidad, el palabreo alienado (Gerede), la parte participio del presente anclado en la realidad concreta: el relato de la filosofía hasta Heidegger.
El subsuelo de las raíces verbales está también en las huellas de caminos y senderos del paisaje, desfiladeros de montañas y cárcavas de la conciencia: Wegmarken (1976), Holzwege (1950), Unterwegs zur Sprache (1985). Quien no comprenda que el cuerpo es espacio-tiempo en modo tonal de mundo articulado —así interpretamos nosotros el lenguaje—, no entiende lo que dice el filósofo y expresa el arte moderno comprometido con el destino del hombre.
Goldschmidt se sitúa más allá de los contradictores, digamos, epistemológicos de Heidegger: Habermas, Adorno, Jonas, Löwith, Levinas, quien rechazaba la actitud de Heidegger, pero no su filosofía. Sigue la cuerda, entre otros, de Victor Farias y Emmanuel Fayet, quienes intentaron demostrar en 1987 y 2005, respectivamente, que la filosofía de Heidegger es puro soporte y aliento nazi. Aunque no conocía la obra de Fayet cuando escribió los artículos que forman el libro aquí comentado, ni los Cuadernos Negros, publicados por Peter Trawny en 2014, la crítica de Goldschmidt abunda, no obstante, en esta corriente. El trasfondo es el antisemitismo de Heidegger confirmado, para algunos, en esos Cuadernos, y del que no duda el propio Peter Trawny. Sin embargo, no todos los intérpretes son unánimes en esto. Falta aún por publicar el primer cuaderno, Schwarze Heft (Anmerkungen I) [anotaciones]. Lo tiene Silvio Vietta, profesor emérito en Hildesheim. Comprende el período clave de 1945 y 1946, fin de la Segunda Guerra Mundial, aceleración del exterminio y comienzo de la purga aliada. El padre de Vietta, Egon, admiraba a Heidegger. Está sin publicar también la correspondencia mutua. Egon lo invitaba con frecuencia a su casa de Darmstadt. Su mujer Dory trascribió varios manuscritos del filósofo y éste le regaló algunos, entre ellos las Anmerkungen I. Esto favoreció cierta relación entre el filósofo y la esbelta copista, lo que produjo un desenlace nada agraciado.
Silvio Vietta nos recuerda que Heidegger relacionaba la filosofía de Descartes con el Tercer Reich debido al dominio ejercido por el hombre sobre el espacio. De ahí derivaría el maquinismo racional de las ciencias naturales y la explotación de la esclavitud. La crítica de Heidegger al judaísmo sería más bien comentario de un modo de civilización sobre el espíritu y “pensamiento calculador” de los judíos. Heidegger no era racista, ni biologista, a pesar de que asociaba la sangre étnica (Blut) con el suelo nativo (Boden). El pensamiento “blubo” criticado a su vez por Goldschmidt. El parecer de Silvio coincide con la interpretación de François Fédier, traductor y amigo francés de Heidegger. La alusión de éste en los Cuadernos Negros al colosalismo del pensamiento calculador, y citando el trafiqueo y errancia (Weltlosigkeit) de los judíos, sitúa a éstos como víctimas, no causa de tal modo de vida, como interpreta Trawny. Los judíos también sufren en su entraña el impulso de desapego y desgarro.
El giro lingüístico operado por Heidegger incide en el contexto tradicional de la épica (sentido inaugural del espacio-tiempo como suelo afianzado de vida). Sin la construcción (Bauen) de una vivienda (Wohnen), no hay pensamiento (Denken), y tampoco fundación, poesía (Dichtung) del ser. Hölderlin cantaba el asiento vital de los príncipes y sus ancestros, la “Alemania secreta”. Stefan George la soñaba renacida, en síntesis helénica, como Heidegger, y con cierto lenguaje común, aún de época. La frase “solo un dios puede aún salvarnos” [“Nur noch ein Gott kann uns retten”], de la entrevista publicada por Der Spiegel póstumamente (31 de mayo de 1976), recuerda a George. Los nazis lo adulaban, pero el poeta nunca se rindió al encanto. Rilke cantaba la patria de la infancia y el desasogiego del “perdimiento en el mundo” que Ortega veía en la soledad filosófica de Descartes.
Goldschmidt debiera informarse sobre el encuentro de Heidegger y Ortega en Darmstadt (1951) y leer la alusión de aquél en Wegmarken (1967) al sentido “sedere”, estar sentado, del ser en la mentalidad realista del pueblo español, que Ortega le había citado. Tener un sitio donde habitar (Wohnsitz de Heidegger). Solo que, para el filósofo español —advierte Antonio Regalado—, el mundo es inhabitable y por eso el hombre lo sueña como ser y se siente “intruso” en él (El Laberinto de la Razón: Ortega y Heidegger, 1990). Lo contrario del ser-en-el-mundo de Heidegger. Goldschmidt debiera meditar sobre el Barroco español y el “trasmundo” (Ortega) del pensamiento vital, semejante, o paralelo, al aludido por Heidegger. E ir a los orígenes épicos de la fundación medieval de Castilla, al poema de Mío Cid, y analizar el truco del arcón entregado a los judíos Raquel y Vidas lleno de arena en vez de plata. Los países modernos están construidos a partir de un topos. Sin lugar alguno, es imposible conocer y habitar el mundo. ¿Mentalidad fascista?
Heidegger indaga el decir inmerso en los significados, el decir de lo dicho, dirán Ortega y Levinas. Una retracción fundacional, ajena al funcionalismo filológico de la época, aunque haya palabras comunes, semejantes, incluso las mismas. Por eso guardaba silencio, actitud hermenéutica del callar para saber oír. Y algunos poetas se le acercaron: Paul Celan, René Char. Buscaba el decir del arte, como sucedió con la pintura de Van Gogh y la escultura de Eduardo Chillida.