Los aeropuertos, esas acristaladas catedrales modernas donde contemplar el gran trasiego del mundo, esa oda a la libertad, a la fluidez de la vida contemporánea, se convertían el pasado fin de semana en el epicentro del ruido mediático. Se nos decía de los aeropuertos de EEUU que estaban colapsados por la orden de Donald Trump de no permitir el paso a los ciudadanos de siete países de mayoría musulmana -Irán, Irak, Libia, Somalia, Sudán, Siria y Yemen-. La justicia estadounidense ha frenado no obstante este veto y está por verse en qué quedará esta medida que el presidente norteamericano presenta como antiterrorista.
Al margen de que triunfe o no, la orden ejecutiva de Trump ha desatado varios fenómenos curiosos en el mundo de la comunicación política de las decisiones. El dirigente despierta algo más que oposición y rechazo en España y buena parte de Europa. Hace retemblar algo telúrico en las sociedades civilizadas, un odio casi unánime que se expresa a través de todos los resortes que el ciudadano común tiene a mano. Teorías de la conspiración aparte, esa especie de unanimidad irracional, esos resortes accionados sin reflexión de una entera sociedad, despiertan a su vez la figura contrapuesta del ‘analista sutil’, ese que tiene ‘teorías elevadas’ sobre la figura de Trump –esto le contaba Hannah Arendt a Günter Gaus, en una entrevista televisada, sobre el mandarinato universitario durante el nazismo, que todos tenían ‘teorías elevadas’ sobre Hitler, que iban por encima del pensar vulgar del populacho. Traducción del alemán: que eran imbéciles-.
Explicaba Hughes, en su columna para ABC, lo de España y Trump: “Eco de la propaganda de allí mezclada con intereses de los partidos políticos, antiamericanismo estructural, franquismo genético y pereza general”. Buf. Quizá tenga toda la razón.
Pero detengámonos en los analistas sutiles –todos los que escribimos opinión queremos serlo, para qué nos vamos a engañar-. En el libro de Carrère sobre Limonov se tocaban algunos
asuntos tangenciales que resuenan tras la victoria de Trump. El escritor aragonés Daniel Gascón entrevistaba a Carrère y le preguntaba por la “tiranía de las mentes sutiles”. El francés hablaba de gente que “piensa que está más informada y es más inteligente que el lector medio de periódicos, y que está obsesionada por la idea de que no le engañen”. Dice que “esas personas tienen visiones muy paradójicas, contrarias a lo que consideran políticamente correcto”, y que abundan tras la caída del comunismo. Confiesa el escritor “A veces yo soy uno de ellos”.
Es muy probable que Trump tenga medida su campaña de comunicación al milímetro. Que algún esbirro propague esas ‘fake news’, como todo lo relacionado con la llamada al presidente australiano, para desatar la indignación en los medios y, a continuación, desmentirla y dejarlos en fuera de juego, presos de la histeria. Es muy probable que Trump vaya un paso por delante de los periodistas, a los que torea sin despeinarse el tupé. Pero esto no sería más que otra ‘teoría sutil’.