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TRIBUNA

Elogio de la discrepancia

Contaba la que fuera Ministra de Sanidad y muy prestigiosa Abogada, Ángeles Amador, que oía muchas veces a su padre, del que aprendió la Ciencia Jurídica, decir algo así como lo siguiente: “Cuando te das cuenta de que estás en desacuerdo con todos, es que te estás haciendo mayor”. Claro que sobre el concepto de mayor habría que escribir un tratado que comenzara reflexionando sobre que no se corresponde exclusivamente con una cuestión de edad sino también de sentimiento. No es lo mismo ser mayor, porque la matemática del tiempo opera con cruel automatismo, que sentirse mayor. Tampoco es lo mismo ser joven que sentirse como tal, pues hay mayores prematuros no tanto guiados por urgencias o necesidades de la vida como por su carácter adusto, cansino y gruñón, como hay también jóvenes avejentados no tanto física como de ánimo encanecido.

La reflexión entrecomillada es propia de una persona madura dotada de capacidad crítica, y, por tanto, no dispuesta al trágala y mucho menos a las frases hechas, a los lemas y consignas. Quien está en desacuerdo con algo es porque racionaliza los hechos, los analiza y, a partir de su examen, alcanza sus conclusiones. No es un simple “me opongo”, sino un acto de raciocinio.

Solamente es posible dicho acto de raciocinio cuando no se parte de otros principios que los propios valores y la vívida experiencia personal. Quiero decir cuando se es intrínsecamente imparcial en cuanto no se pertenece a ninguna secta o grupo, cuando no se tiene partido. La adscripción a uno de ellos impide la objetividad.

Pues bien, para los sin partido, la realidad actual, lo que a la francesa llamamos el panorama, es de serio estudio de la opción del exilio exterior. Ya no es, como ironiza Carlos Herrera, que no quepa un tonto más sino que éstos son los únicos que hablan. Se reproducen como esporas y, sorprendentemente, tienen capacidad de adhesión. La tontuna crea escuela de adeptos. Como ya no tiene cabida en los periódicos (que carecen de páginas suficientes, aunque sean digitales) la tontuna se expande por las redes sociales en las que parece celebrarse un campeonato de “quien la dice más gorda”. Bueno, no está de más escuchar a la historiadora Elvira Roca Barea, autora de “Imperiofobia y Leyenda Negra” (Siruela) que nos ha ofrecido este sabroso titular: “Analfabetos ha habido siempre, pero nunca habían salido de la Universidad”. No hay lugares inmunes a la tontuna.

Mires donde mires, oigas lo que oigas, leas lo que leas, los ojos y los oídos sensibles de personas como el padre de Ángeles Amador, se sienten cada vez en mayor estado de orfandad. Vuelven hacia su interior, se refugian en su círculo más estrecho, cansados de tanta frivolidad y de tanta idiotez.

Quizás la culpa no sea suya sino de nosotros por hacernos mayores…

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