La democracia y el miedo
miércoles 25 de junio de 2008, 22:11h
En las facultades de Derecho suelen explicar que es característico de los regímenes totalitarios la producción de normas jurídicas de cumplimiento difícil o imposible; con el común de los mortales no se exige el cumplimiento, pero si alguien se muestra contrario al régimen, o al menos desafecto, cae sobre él todo el peso de la ley.
Parecería que en democracia no debería ocurrir el fenómeno descrito, sin embargo progresivamente se puede observar en la realidad española (nacional y autonómica) que el fenómeno se produce con una frecuencia que la hace realmente peligrosa pues afecta a uno de los pilares del estado de derecho cual es la seguridad jurídica.
No es exactamente la seguridad jurídica que demandan los inversores extranjeros y que es requisito imprescindible para que realicen sus inversiones; ésta es otra especie de seguridad jurídica más profunda y que afecta a los ciudadanos en su libertad personal.
En efecto, observamos cómo los órganos encargados de la producción de normas jurídicas se esfuerzan por hacerlas exquisitamente perfectas pero luego no vigilan en absoluto su cumplimiento, de modo que el ciudadano al que no le importa vivir al margen de la ley campa a sus anchas mientras que el preocupado por cumplir las normas se encuentra en una permanente situación de riesgo y, en definitiva, de inseguridad, desasosiego y miedo.
Materias de todo tipo como las ocupadas de la protección del medio ambiente, muy diversas normas de tráfico (por ejemplo, el límite de velocidad), muy numerosos tipos de licencias municipales (licencias de obras y otras muchas) etc., etc., generan en los ciudadanos la desazón y el miedo citados; muy parecidos, repito, a las de las dictaduras, lo que en definitiva refleja un peligroso divorcio entre gobernantes y gobernados.
Pero esto no es lo peor, lo peor es que la conciencia de que se está viviendo al margen de la ley origina en el ciudadano un sentimiento de temor, difuso y generalizado pero temor al fin y al cabo, ante los poderes públicos y sus representantes. Víctor Pérez Díaz en una reciente conferencia contraponía dos modelos de sociedad: las de tradición cortesana frente a las de tradición ciudadana. En aquéllas impera ante los poderes públicos el sentimiento de desconfianza y sumisión; en estas últimas, por el contrario, lo que impera es un sentimiento de confianza y tranquilidad y desde luego hacen de la democracia, esa palabra tan manoseada por nuestros políticos, una vivencia realmente sentida por los ciudadanos. Ante el poder político no hay que doblar la espalda, al fin y al cabo no son más que nuestros representantes y su principal obligación es procurar el bienestar de la sociedad y no el ser reelegidos.
Los subproductos lógicos de esa situación son la recomendación por una parte y la corrupción por la otra; de modo que si evitáramos aquella por lo menos dificultaríamos la aparición de éstas.
Existen en nuestro sistema democrático muchas realidades susceptibles de mejora (sistema electoral, listas abiertas, financiación de los partidos políticos, democracia interna de éstos, etc., etc.) pero pocos como ésta forman parte de la realidad cotidiana de todos y cada uno de nosotros.
Por ello sería extraordinariamente positivo solicitar que una entidad independiente analizara el grado de cumplimiento de muchas de estas normas. ¿Cuánta gente conduce un automóvil sin permiso de conducción?, ¿cuánta gente realiza obras “mayores” con una simple licencia de obra menor?, o más aún, ¿cuánta gente construye o amplia su vivienda sin licencia?
En una dictadura es lógico que la gente viva con miedo, ¿lo es que lo tengamos en democracia?