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NOVELA

Luis Landero: La vida negociable

domingo 19 de febrero de 2017, 16:24h
Luis Landero: La vida negociable

Tusquets. Barcelona, 2017. 333 páginas. 19 €. Libro electrónico: 9,99 €. El escritor extremeño, autor de títulos como “Juegos de la edad tardía” o “El balcón en invierno”, nos ofrece una nueva y esperada novela en la que vuelve a demostrar que es un nombre imprescindible de la actual literatura española.

Por Concha D’Olhaberriague

La llegada de un nuevo libro de Luis Landero es una noticia que regocija a muchos lectores y despierta el interés del amante de la buena prosa en español. La cultura no se mide con la estadística, pero alguna vez grandes escritores -tales como Cervantes, Calderón, el Lorca del Romancero gitano o García Márquez-, tienen el favor del público. No es algo habitual mas ocurre si el autor acierta a combinar, de forma indiscernible y equilibrada, ritmo, potencia evocadora y apariencia de sencillez. Si se trata de literatura de personaje, y la de Landero lo es, ha de haber caracteres vivos y bien trazados que provoquen la atención del lector y susciten simpatía, rechazo o ambos sentimientos. Las novelas del escritor extremeño poseen todas las características mencionadas y otras que tal vez no se aprecien en la primera lectura porque están en segundo plano y la hermosura de su lengua deslumbra. Me refiero a que la suya es una narrativa amena y llena de vida pero a la vez reflexiva, que desprende una visión del mundo desesperanzada aunque no desesperada porque el ingenio, con frecuencia en forma de parodia, la chispa, la paradoja y la imaginación hacen de eficaz contrapeso al pesimismo.

En La vida negociable, salpicada de humor, con pasajes inolvidables y parodias hilarantes -así las de los libros de autoayuda, el lenguaje religioso o el sentimental-, observamos, no obstante, una acentuación de los aspectos sombríos de la existencia y las relaciones interpersonales ya que el protagonista, Hugo Bayo, condenado por la fatalidad a ser peluquero por más que le pese, es rencoroso y más bronco y canallesco que los héroes de las obras anteriores. Luego volveremos a hablar de ello.

Hemos de añadir que las novelas de Landero, incluida la que presentamos, están compuestas con gran pericia y dominio de todos los procedimientos técnicos sin alardes enojosos de ningún tipo, y su atractivo para el lector procede, en parte, de que el escritor -nacido en 1948 en un bonito pueblo que contempla la Raya con Portugal: Alburquerque-, es deudor de la mejor tradición en lengua española y de la gran literatura universal, sobre todo de la rusa, creo yo, de un Franz Kafka atemperado y de un Albert Camus tamizado por la ironía. A ello hay que añadir la fuerza plástica de muchas imágenes, que recuerdan escenas y tipos del cine clásico americano. A veces, así ocurre en La vida negociable, el propio narrador nos da la pista (pág.44).

Se ha señalado con reiteración la herencia cervantina indudable. No obstante, el secreto del encanto y la sorpresa que suscita la narrativa de Luis Landero está, seguramente, en que su gran maestra es la lengua oral encarnada en el mundo maravilloso que habitaba los cuentos que de niño le contaba su abuela en el patio, bajo un árbol de nombre mágico: evónimo. Esa huella viviente es, tal vez, la fuerza motriz de la prosa landeriana y la que le da el toque personal e inconfundible que reconoce cualquier lector avisado. La fluidez narrativa que conocemos desde Juegos de la edad tardía (1989), obra fundamental que ha de leer quien desee adentrarse en el fascinante universo del autor, se hizo casi cimarrona con el personaje anónimo de Retrato de un hombre inmaduro (2009), un tipo que rememora en voz alta su vida, que aparentemente está a punto de extinguirse, utilizando la primera persona y en presencia de un interlocutor femenino, asimismo innominado y silente, como si el autor implícito quisiera ceder el protagonismo al brote verbal que discurre, como la memoria, por donde le lleva su propio impulso interior.

Pues bien, en La vida negociable, novela muy distinta pero narrada igualmente en primera persona -interrumpida alguna vez por la segunda a modo de voz de la conciencia, recurso presente en El balcón en invierno (2014), el anterior libro de Landero-, la tensión es aún mayor. El proceso de despojamiento y depuración hacia lo esencial que apreciamos en las últimas obras del escritor va unido a una mayor potencia del flujo lingüístico. No falta la figura del padre, tema y símbolo insoslayable en el mundo del autor, como lo son la culpa, la desorientación vital y los deseos desenfocados. Todos estos temas están presentes y renovados en la última novela de Luis Landero.

Dividida en dos partes de tamaño parejo, La vida negociable lleva el nombre de una idea cuyas versiones se pueden rastrear en las obras precedentes y que cifra, quizá, la filosofía de la vida de su autor, por más que sus personajes la transgredan una vez enunciada: “La mejor sabiduría consiste en no pedir a la vida más de lo que la vida honradamente puede dar”, leemos en El mágico aprendiz (1999, pág.15); “Entonces lo vi claro: la vida era un negocio que ni siquiera cubre gastos”, El guitarrista (2002, pág.30); en Absolución (2012, pág. 142), ya la tenemos formulada en términos muy parecidos a los que ostenta en la obra que reseñamos aquí: “Haría como su padre, como Moisés y como tantos: negociar con la vida y llegar a un pacto de mínimos, a un simple pacto de no agresión, tú no me das mucho y yo tampoco exijo más”. Y, por último, en La vida negociable, le dice el padre al hijo: “Mira Huguito, en la vida todo es negociable, y también con Dios, digo yo, se podrá negociar” (pág.81). Más adelante, volvemos a encontrar variaciones de la misma máxima en las páginas 102 y 330.

Ello habla de la solvencia del mundo novelesco landeriano, en el cual, por otro lado, los personajes siempre se interesan y se dejan atrapar, de distintas formas, por el lenguaje. El padre del protagonista, trapicheador cínico y aprovechado, aunque también maltrecho y susceptible de compasión, repite machaconamente la frase: “Dios todo lo ve”; a semejanza de Lino en Absolución, Hugo Bayo, el peluquero renegado, cree en el poder mágico de las palabras: “Unas palabras, solo unas palabras (tal es el poder de las palabras en un espíritu atribulado), habían bastado para obrar el milagro” (pág.106); se engatusa con algunos vocablos sonoros: “atalaya” (pág.113) y piensa que va a impresionar con su locuacidad a Olivia, joven a la que aspira a conquistar.

El protagonista de La vida negociable es un contador de historias ducho y un excelente retórico que en el párrafo inicial de la novela, con su rumbosa apelación y demanda de escucha, nos hace creer -al final del libro confiesa que fue un recurso- que se dirige a sus “pelucandos” desde la tribuna que ocupa en esa universidad popular que es la peluquería, cosa que ya nos adelantó Landero en el relato “¿Cómo le corto el pelo, caballero?” (1993), que dio nombre al libro que recopiló sus textos cortos, al año siguiente. Hay que añadir que en las últimas novelas el silencio, y en La vida negociable los silencios y el secreto, componentes sustanciales del lenguaje, adquieren una relevancia muy significativa.

Como apuntamos antes, en el héroe de La vida negociable hallamos ciertos rasgos distintos a los de los otros protagonistas de las obras de Landero. Al igual que ellos es un héroe contemporáneo y, en calidad de tal, posee los atributos de indefinido, inútil, inmaduro o sin propiedades, y su vida transcurre a trompicones pues no reconoce que su “afán”, que vale tanto como proyecto de vida en el mundo literario del escritor, se colmaría posiblemente si se asentara como peluquero, oficio que le parece poca cosa para él. En ocasiones experimenta sentimientos de culpa, se cuenta el cuento de la lechera y tiende a la impostura, aspectos familiares al lector de Landero. Sin embargo, Hugo Bayo no es cándido como lo son Gregorio o Gil, los inseparables protagonistas de Juegos de la edad tardía, la obra maestra del autor, aquella con la que hizo su presentación en el mundo literario causando un asombro y reconocimiento que hoy, me temo, no se hubieran producido. Tampoco recuerda a Matías Moro (El mágico aprendiz), ni a Emilio, el protagonista burlado por la pérfida Adriana (El guitarrista, 2002). Las peripecias del héroe de La vida negociable se parecen algo a las de Lino, el héroe de Absolución, por la importancia que cobran el azar y el fatalismo en ambas novelas y porque su barrio está igualmente en la zona más popular del río Manzanares y, desde allí, uno y otro han de ir, por motivos diferentes en cada caso, a urbanizaciones alejadas donde reside gente de posibles.

El peluquero esquivo es, como los demás hijos de ficción de Landero, inestable, errático, intermitente y buscador frustrado de sí mismo; pero al perder la inocencia siendo adolescente se convirtió en un muchacho vengativo, bronco, canallesco, celoso obsesivo y malsano, extorsionador, con un pronto vandálico.

Como le pasa al héroe de la picaresca clásica, el rencor es para Hugo, con frecuencia, la espoleta de sus reacciones y de su temple atrabiliario y matonil. Tales rasgos, unidos al hecho de que vaya a ser padre cuando culmina la narración, lo distinguen de las otras criaturas de Landero, que son, mayoritariamente, seres inseguros e ilusos pero cándidos e infecundos.

Hugo Bayo, de apellido montaraz -pues el “bayo ”es el caballo de tonos blanco y amarillento- enriquece el interesantísimo racimo de personajes de estirpe popular que pueblan el universo de Landero y sustentan a modo de viga maestra y centro irradiador cada una de sus novelas.

También es inédito en su elenco el personaje de Leo. Chica de barrio, hija de un portero que fue campeón de lucha libre y de una vidente, ambigua sexualmente, como el nombre de Leo, es la amiga accidental, primero, y después la peculiar, agresiva y accidentada esposa de Hugo. Leo fue quien con su gramática parda y sus maneras destempladas descubrió al hasta entonces incauto muchacho que su madre le mentía con el falso secreto que le había confiado, pues en realidad no visitaba a un médico sino a un amante. Luego, el mismo Hugo se percatará de que su padre, administrador de fincas, es corrupto y aprovechado, en un tiempo, los años noventa del pasado siglo, en que el ambiente incita a la ganancia sin muchos miramientos. Con esos antecedentes familiares y un temperamento un tanto abúlico y violento su deriva a la delincuencia resulta cosa hecha.

En La vida negociable encontrará, en suma, el lector una novela espléndida, llena de detalles sugerentes, con equívocos y malentendidos, pasajes ásperos e ingratos y otros que le resultarán gozosos de verdad.

Permítanme que mencione, para concluir, tan siquiera dos episodios memorables que transcurren en la segunda parte, mientras Hugo Bayo está haciendo la mili en el cuartel. Uno es la conversación o más bien reprimenda que le endilga el brigada Ferrer, su maestro peluquero, al final del capítulo 1 de la segunda parte (págs.184-6), echándole en cara las rarezas de la vida civil, incomprensibles para sus entendederas. El otro pasaje es el que comprende las escenas de los escarceos, exploraciones y trabajos eróticos entre el aprendiz de peluquero y la frondosa coronela adúltera. Les aseguro que es difícil no reír a mandíbula batiente leyendo este cuento bocacciano tan bien traído y mejor contado.

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