Inshallah
miércoles 25 de junio de 2008, 22:39h
Éste era el título de uno de los libros de Oriana Fallaci, en el que novelaba la estancia de las tropas italianas en territorio libanés. No es la única periodista europea que se ha interesado por Líbano. La española Maruja Torres ha escrito mucho y bien sobre el tema, como sólo se puede hacer conociendo y sintiendo uno de los lugares más fascinantes que puedan imaginarse. Líbano tiene una herencia ancestral que le hace único. Ya en el tercer milenio antes de Cristo, cuando el concepto de civilización tal y como hoy lo conocemos era algo nebuloso y arcano, navegantes fenicios recorrían el Mediterráneo. Sus rutas comerciales fueron la mejor correa de transmisión cultural de la Historia de la Humanidad. Formidables navegantes, eran también maestros en el arte del pescado en salazón -pensemos que para aquella época, la comida bien conservada era vital-, así como el tráfico de especias, y sobre todo, la púrpura, sumamente apreciada. Estaño, vidrio y marfil estaban también entre sus preferencias, como así atestiguan las hermosas figuras expuestas en el British Museum. Y la madera de sus cedros, gracias a la cual el Egipto de las primeras dinastías prosperó.
Sidón, Tiro, Biblos, Ugarit y Beritus -actual Beirut, la capital- tienen sin duda el honor de estar entre las primeras ciudades importantes de las que se tenga noticia. Hay que decir que los fenicios nunca configuraron una estructura de estado como tal, sino que entre las distintas ciudades existía una autonomía que hoy se antojaría utópica. Más aún, los fenicios han pasado a la historia por su facilidad a la hora de establecer relaciones con distintas culturas, así como por la fundación de colonias por todo el Mediterráneo, que aún hoy persisten -Ibiza, Cádiz y Palermo, entre otras-. Su legado cultural es incalculable. Por ello, sus descendientes, los actuales libaneses, bien podrían decir con orgullo que, gracias a sus antepasados, las diversas culturas mediterráneas pudieron interactuar.
El tiempo pasó, y Líbano llegó a ser conocida como “la Suiza de Oriente Medio”. Tal era su prosperidad, en consonancia con la estabilidad de un estado con vecinos peligrosos. Mucho han cambiado las cosas hoy en día. Las ingerencias sirias, de Hezbolá y de Israel -que han hecho del país su particular campo de batalla- hacen que su situación sea calamitosa. Falta una voz interna que se imponga y diga claramente que quiere vivir en paz, sin que otros estados fronterizos tengan nada que decir al respecto. Cuenta, además, con una sociedad civil de un nivel cultural envidiable, que bien puede actuar de catalizador para el tan necesario proceso de refundación nacional. Del exterior no le faltaría ayuda. Si son cuatro los millones de personas que viven en Líbano, esta cifra se triplica en el extranjero, pues el número de libaneses que han emigrado supera los doce millones. Y todos merecen vivir en paz. Ya. Inshallah.
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Abogado
ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset
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