Existe una costumbre, ya casi popular, que centra sus esfuerzos y certezas en hacer mención, una y otra vez, de que en materia de literatura ya está todo escrito, todo está ya contado. Es posible que eso sea cierto, hasta que no se demuestre lo contrario; que llegado el momento suele terminar ocurriendo. Pero lo que sí es verdad es que, esté o no todo dicho, la manera de contarlo puede dar a la historia una dimensión, significado y reflexión distintos. Ese es el objetivo de Gustavo Martín Garzo en su última obra, No hay amor en la muerte, donde novela la historia de Isaac, inscrita en el libro del Génesis.
Este relato bíblico lo hemos conocido, a lo largo de los siglos, por medio de un único punto de vista, el de Abraham. Pero aquí el autor vallisoletano toma una decisión: narrar a través de la mirada y los sentimientos de Isaac, víctima de aquel frustrado sacrificio; víctima también de las consecuencias derivadas del mismo. El relato original refiere la historia de Abraham, que es bendecido por Dios con un hijo cuando es ya un anciano decrépito que ha apartado la esperanza de tener un descendiente. Entonces es puesto a prueba por su divinidad, quien le pide el sacrificio de su primogénito, Isaac, aunque lo detiene cuando va a ejecutar tal deseo, dándose por satisfecho con la lealtad mostrada.
Valiéndose de un estilo singular, con versículos que configuran una estructura de preguntas (realizadas por un grupo de criadas fallecidas que cuidaron de Isaac en su infancia) y respuestas por parte del ahora protagonista de esta revisión del relato, se establece una descripción única de la relación entre un padre y un hijo, donde las grandes cuestiones que colman la literatura y la existencia humana son sometidas a un juicio no realizado hasta entonces. La naturalidad con que Martín Garzo introduce esos temas de eterna especulación da a la novela un aire fresco, a pesar de que sea una antigua historia bíblica el pilar central de la narración. El miedo y la atracción que se desprenden de la muerte, el desconocimiento que envuelve al amor, los distintos dilemas que plantea la fe ciega o el contraste entre diferentes naturalezas… Todo es evaluado bajo la mirada sincera de un Isaac que se atreve, de esta manera, a poner voz a sus sentimientos.
La relación entre Abraham e Isaac aparece dibujada con fuerza, pero no es el único elemento a destacar en esta obra. Otros personajes construidos con más de una arista ayudan a entender, o a contemplar al menos, el panorama sometido a examen bajo un punto de vista tan singular como el que se ofrece. Los comportamientos de unos contrastan con los de otros, pero no solo eso; lo que en una primera parte del relato se mostraba de una manera, es susceptible de cambiar radicalmente llegados a otro punto de la historia. Todo es voluble: los sentimientos, las actitudes, las impresiones que unas personas causan a otras; incluso la misma muerte. Ese lugar tan familiar como desconocido donde quizás no haya amor. Hasta que se demuestre lo contrario.