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POCO A POCO

El púlpito equivocado

lunes 27 de febrero de 2017, 12:30h

Con el despropósito de los Oscar todavía caliente, no sorprende que la ceremonia más esperada del mundo del cine haya pasado, una vez más, sin pena ni excesiva gloria. Unos reconocimientos insulsos, previsibles y soporíferos desde hace tiempo y que cada vez viran más a lo que acontece en la edulcorada alfombra roja.

Esta vez, con nuevo inquilino en la Casa Blanca, uno que ya las ha tenido con varias estrellas del celuloide, se presumía una noche movidita. Todo el mundo esperaba una gala mucho más hostil con la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, pero salvo alguna broma puntual el magnate salió bastante airoso.

Sin embargo, y aunque anoche no fuera el paredón esperado para Trump, yo me pregunto si este tipo de actos representan el momento más adecuado, más oportuno y más justificado para hacer cualquier tipo de apología política. En España la gala de los Goya lleva años siendo el púlpito en el que toda clase de artistas aprovechan su fugaz exposición pública en televisión para hacernos partícipes de sus pensamientos políticos, los cuales, por cierto, nunca han sido solicitados de antemano.

Todos recordamos aquella gala del 'No a la guerra', con el que se podría estar más o menos de acuerdo porque lo cortés no quita lo valiente, en modo bucle atroz. Más recientemente, el ampliamente aplaudido discurso anti Trump de la actriz Meryl Streep, con el que no puedo estar más de acuerdo en el fondo, pero no tanto en las formas que escogió.

Si está bien visto el desligar la religión de la política, si nos empeñamos en separar deporte y política, ¿por qué no hacer lo mismo con la cultura? Me parece igual de reprobable que el que un obispo, un muftí o un rabino se salgan del tiesto con sus palabras en sus respectivos ritos, que un Mario Vargas Llosa o una Svetlana Alexievich, enormes en lo suyo, confundan la entrega del Nobel con un mitin. Lo mismo si Cristiano Ronaldo o Messi hicieran apología de lo que fuera al recoger el Balón de Oro. Claro que en estos dos casos habría que echarse a temblar por aquello que les saliera defender.

En ceremonias del estilo de los Oscar se deja de lado muchas veces su razón de ser para convertirse en mítines hacia este o aquel modo de pensar, y parece ser que está mejor visto que en otros ámbitos. No lo creo. El binomio credo y propaganda política ha derivado históricamente en violencia y sinrazón. Lo mismo pasa con el deporte, donde los radicales, cuyo único credo es la involución paleomental, nos dejan periódicos altercados. No son buenos ejemplos en los que mirarse.

Además, oigo muchas veces a estos portavoces de la razón - la suya, supongo - decir que su carácter de personalidad pública les hace tener una resonancia mucho mayor, una capacidad de impacto de la que creo que en realidad se aprovechan para hacer ver que su voz, sólo por ser reconocida y usada en un acto distinguido, contiene un oportunismo necesario. Error. Del mismo modo que tienen esa mencionada resonancia sobre ellos recae, a su vez, una mayor responsabilidad para con todos nosotros, tanto en las palabras que eligen como en el momento escogido para pronunciarlas.

Los habituales a este rincón sabrán que no comulgo con Donald Trump, ni en las formas ni en el fondo, pero creo que este debe ser confrontado dialécticamente en el entorno justo y pertinente. Los discursos políticos en actos públicos de carácter cultural, deportivo, religioso o social están de más. Escogen el púlpito equivocado y pervierten a la opinión pública con oportunistas apariciones que en muchos casos son sufragados por el erario público.

Para eso ya hay mítines ex profeso, las omnipresentes redes sociales y toda clase de circunstancias donde sus palabras estarán más y mejor legitimadas. Porque en la teoría comunicativa no sólo son vitales el emisor, el receptor o el mensaje, sino también el canal y el momento mismo escogido. Y es en este último punto donde muchos, propios y ajenos, patinan.

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