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TRIBUNA

Los presagios de febrero

viernes 03 de marzo de 2017, 18:11h

Vivimos la herencia aprendida de los presagios, las advertencias celestiales, el cifrado lenguaje de la casualidad interpretada como aviso escondido en el intento divino de decirnos, cuidado, mira cuanto viene sobre tu vida, sobre tu pueblo. Así los antiguos sintieron el helado temor de la palabra oculta, así lo vivieron:

Un cometa de fuego, un poderoso rayo; un fuego incombustible sobre el templo de Huichilopochtlti; un ardor extraño en las aguas del lago, el llanto nocturno de la llorona, el espejo de la guerra en cuyos fondos vio Moctezuma la guerra y la derrota; la lluvia de fuego, la plaga de los deformados, los enfermos, los tullidos.

Todo eso se miraba en los tiempos de magos, adivinos y nigromantes, cuando todo se debía resolver con la tranquilidad del sol alimentado, por los sacrificios y los sangrantes corazones de muchos guerreros y muchas doncellas sacrificadas. Fue el tiempo de la invasión, de la otra conquista.

Se lloraba y se murmuraban estos versos:

“En los caminos yacen dardos rotos, los cabellos están esparcidos.

Destechadas están las casas, enrojecidos tienen sus muros.

Gusanos pululan por calles y plazas,

y en las paredes están salpicados los sesos.

Rojas están las aguas, están como teñidas,

y cuando las bebimos,

es como si bebiéramos agua de salitre.

Golpeábamos, en tanto los muros de adobe,

y era nuestra herencia una red de agujeros.

Con los escudos fue su resguardo,

pero ni con escudos puede ser sostenida su soledad…”

Hoy al parecer es tiempo para otros accidentes cuya imprevisible circunstancia alguien podría interpretar como un presagio, pues frente la agresiva conducta del vecino poderoso, cuyos barcos no viene del mar sino del cielo, sus aviones, sus satélites, sus drones cuyo ojo infatigable nos mira, nos vigila, nos espía y nos limita, los soldados se derrumban y las banderas se rompen.

La mañana es un manojo de luz maravillosa en Chapultepec. Las mujeres cuidan a sus hijos en las calles, los hombres trabajan en la claridad meridiana. El gobierno difunde los esfuerzos de una factoría militar donde se unen y decoran los lienzos de banderas gigantescas como un estadio y más, cuya majestad el viento mece.

¡Ah!; el pabellón nacional, el pendón patrio, la emoción tricolor, el símbolo con su esperanza, con su sangre roja y su blanca paz. Iguala; el Ejército, la enseña cuya historia nos enseña, de pronto exhibe un hueco cerca de una de sus esquinas, el soplo empuja, la lona ondea en el silencio de un compás de aire y de pronto viene el chasquido, la trama se rasga y la bandera se hace un mar de girones, de tiras sueltas apenas sujetas por la costura sabia.

La bandera se perfora y se aja y se rompe en el día de su celebración, a pocas horas de haber recibido –allí mismo--, a los emisarios insolentes del gobierno cuya sevicia nos agrede, y eso ocurre en el Chapultepec de la derrota de hace tantos años y al mismo tiempo tan poco lapso, ¿cuánto es en la historia del mundo el pequeño parpadeo de ciento setenta años?

Pero la fiesta cívica, con la solemnidad debida se fractura. La torre inclinada perforó la bandera antes de izarla. El viento hizo lo demás. Dios mío, cuántos arrestados por este desperfecto.

No hace muchos años, allí donde la vista alcanza, apenas a un kilómetro, ser rindieron los defensores del Molino del Rey. No todos, pero muchos bajaron las armas sin parque porque los traidores les negaron municiones y fusilería para defenderse. Pobres los del Batallón de San Blas, pobre Xicoténcatl, pobres niños, pobre escuela militar.

Presagios, símbolos ominosos como ese derrumbe inmóvil del cadete insolado cuya cabeza rebota contra el suelo y cuyos brazos disciplinados permanecen fijos en sus costados. “Cayó –diría un mal poeta—como cae un árbol cuando lo rajan de pronto los mil cuchillos de un rayo.”

Dígame, cómo interpreta usted todo esto, le han dicho a la Maga de ocasión, a la lectora de pozos cafeteros, a la pequeña bruja cuyo patio se llena de niños invisibles y quejidos por las noches, a la experta en la runas y los auspicios, la dueña de velas en el mercado de Sonora o a Margarito, el vidente de San Ángel cuyos cirios hacen volver al amado desde las remotas tierras de Hispania.

Veo, dolor, veo tristeza, ha dicho la hechicera. Veo soledad, veo abandono.

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