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TRIBUNA

Bus stop

domingo 05 de marzo de 2017, 19:31h
Actualizado el: 03/05/2017 19:44h

El despropósito en la entrega de los Oscar con La La Land tuvo su precedente en Eurovisión cuando lo del abrigo de chinchilla de Massiel y su La La La. Con el la la la los españoles entonamos nuestro himno. El lolailo, en cambio, queda para cánticos menos sublimes o para pedir el quinto Long Island en la barra del Hard Rock Café a un camarero de Arkansas que logra entenderlo. Tanto el cine como la música han destacado siempre por su poder evocador reflejando la vida misma. En ese viaje de ida y vuelta entre la realidad y el cine nos topamos con Bus Stop o cómo paralizar un autobús. Para tomar la temperatura de las democracias se usa la vara de medir. Pero si en una democracia hay dos varas de medir se tiene, como en Houston, un problema. En democracia se duerme plácidamente (si a las 6 de la mañana llaman a tu puerta es el lechero) y se puede soñar. I have a dream (Martin Luther King). Sin democracia es imposible conciliar el sueño (si de madrugada llaman a la puerta es la policía política) y se tienen pesadillas. We have a problem.

En pleno carnaval, una drag canaria (nada que ver con un drago canario), ridiculiza a una religión (la del perdón y la libertad), con el incontrolable deseo de provocar para abrir mentes, no otra cosa. Los de la vara de medir certifican que el espectáculo carnavalesco es un excelso ejemplo de manifestación artística en el sagrado ejercicio de la libertad de expresión, y hasta lo premian. En esto que aparece un autobús color butano que discrepa de otra religión (religión al revés), y los medidores lo califican de altamente contaminante para la convivencia democrática neutralizando el vehículo como elemento de provocación y odio. Ya tenemos una democracia con doble vara de medir. ¡Houston, We have a problem! Años atrás, circularon por ciudades españolas autobuses con una leyenda publicitaria pegada a la carrocería que negaba la existencia de Dios, animando a la gente a despreocuparse y disfrutar de la vida, como si Dios fuera un problema. Para un creyente, tal publicidad era impertinente pero no una blasfemia. Pregonar desde un autobús que los niños tienen pene y las niñas vulva es blasfemar según los apóstoles de la nueva religión del Género, que niega la existencia de los dos sexos, varón y mujer, y del padre y de la madre. ¿Qué es entonces un matrimonio? ¿Y una familia? ¿Y una civilización? De vuelta al cine nos cruzamos con Caravana de mujeres camino del salvaje Oeste americano y en busca de maridos con los que formar un hogar y una familia. ¿Mujeres? ¿Maridos? ¿Familia? Lenguaje discriminatorio según las sofisticadas sacerdotisas del Género. Cuando una civilización empieza a olvidar lo inolvidable entra en barrena y cunde el relativismo, antesala de nuevos y travestidos totalitarismos. ¡Houston, tenemos un problema! Pero al otro lado solo se oye, alegre y confiadamente, la la la.

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