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TRIBUNA

Taller de cortesía

viernes 10 de marzo de 2017, 18:05h

Hace tiempo que nuestros niños dejaron de jugar con los amigos y empezaron a socializar. Hay quien piensa que el término es una bastarda pedantería que sirve para designar lo mismo que designan otras expresiones menos notables, por ser más familiares. Sin duda hay mucho de esnobismo en la puesta en circulación del nuevo término, pero no hay dos expresiones con significados idénticos. Hoy los niños no hacen amigos, sino que socializan.

Al contemplar el estilo de las relaciones actuales entre niños y jóvenes podemos empezar a comprender – los que recordamos la naturaleza de la vieja amistad – en qué consista ese modo nuevo de interacción que llaman socializar. De entrada notaremos que ese estilo no es ni mucho menos exclusivo de niños y jóvenes, sino que hace ya tiempo que los adultos venimos socializando aunque, dada la naturaleza del fenómeno, resulte más conspicua y dolorosa su presencia entre niños y jóvenes.

Y lo primero que salta a la vista es la rudeza descarnada del trato, la completa ausencia de delicadeza, el uso constante de expresiones agresivas y contundentes, si no gruesas y carnavalescas. Expresiones acompañadas, naturalmente, de actitudes análogas aunque sean fingidas: es fácil contemplar escenas de amigable brutalidad en las que dos jóvenes se tratan, entre risas, de “cabrón” o “hijo de puta”. Esto no sucede únicamente en barrios suburbiales, también afecta – aunque a otro ritmo – a la gente bien. Uno de los rasgos de la revolución cultural de la segunda mitad del siglo XX fue su giro populista, que alcanzó hace mucho tiempo no sólo a los jóvenes burgueses sino también a las artes y la literatura.

El formalismo del usted o el uso cortés del condicional o el subjuntivo han pasado a la historia, con los pocos gestos residuales de la caballerosidad tradicional. En el terreno de las relaciones entre hombres y mujeres desapareció hace tiempo toda forma de galantería. El discurso de la emancipación, que encontraba en el gesto ritual y ceremonioso un elemento de dominación, especialmente en el terreno de las relaciones de clase y de género, ha laminado las formas de la cortesía. Y así son muchos los que se juzgan emancipados, pese a que simplemente se han soltado el cinturón (H. L. Mencken). En suma, que todos socializamos.

Pero ese modo informal de relación es sólo síntoma de un fenómeno elemental. Socializando unos con otros, relacionándonos siempre en defensa de intereses privados, formamos una sociedad, es decir, un agregado de egos diminutos que entran esporádicamente en contacto y conciben el conjunto de sus relaciones mutuas en términos de contrato: el contrato social. El término “sociedad” – de origen latino – se reintrodujo en las lenguas modernas, a partir de su foco en el primer liberalismo británico, cuyo rostro anticipó Hobbes al describir al hombre como un lobo para el hombre. En la sociedad cada individuo contempla al otro desde su yo y lo afronta en nombre de sus intereses egoístas. El trato cortés adquiere así la naturaleza de un disfraz del que uno se desnuda siempre que pueda abordar al otro con absoluta franqueza. Ser franco significa entonces perder la educación, puesto que la cortesía sólo posee un valor instrumental.

Pero nuestra propia subjetividad se constituye en comunicación con otros, de suerte que nuestra realidad depende de esa comunidad en la que llegamos a ser y somos. No poseemos realidad alguna por nosotros mismos y los psiquiátricos están, como recordaba Chesterton, atestados de individuos que creen firmemente en sí mismos. Sin embargo, la crisis de las viejas estructuras comunitarias y de la comunicación real que permitían, ha dado paso a formas de relación social entre individuos que se juzgan substantes, es decir, capaces de existir y subsistir por sí mismos. Individuos que, paradójicamente en nombre de su plástica voluntad, defienden la roca firme e inamovible de su propia identidad: como esa joven de cinco años que grita su identidad transexual con egolátrica auto-consciencia.

Esos niños que socializan anuncian a los adultos atentos siempre a su agenda. Personas que te extienden la mano con la vista puesta en las posibilidades de negocio. Es evidente que la descomposición de la vida comunitaria coincide con la reducción de la vida a categorías económicas: es natural que los productos de esa reducción midan sus actos en términos de beneficio.

La familia ha sido el último baluarte comunitario demolido por la nueva sociedad económico-técnica y su idealizado bienestar egoísta. Erik Gandini recuerda, en su reciente película-documental La teoría sueca del amor, el manifiesto la familia del futuro: Una política familiar socialista. Un programa de terrible éxito que en los años 70 avaló el proyecto sueco de una sociedad de individuos. El precio es la más perfecta soledad y el agostamiento de la vida. También por estos lares, vacíos de dioses, la soledad y la guerra de todos contra todos avanza inexorable. Conociendo la situación de nuestro sistema educativo, no dejará de aparecer quien proponga una nueva educación para la socialización o un fantástico taller de cortesía.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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