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ESCRITO AL RASO

Cataluña: una desconexión televisual

David Felipe Arranz
lunes 13 de marzo de 2017, 20:10h
Actualizado el: 14/03/2017 12:23h

El Parlamento catalán la ha bautizado como Ley de Transitoriedad Jurídica y el pueblo llano la ha rebautizado como ley de ruptura, que suena a divorcio y a bronca, a veces –sí– la única vía de que reine la paz y la concordia entre dos. En medio de los juicios por las mordidas del 3% de Convergència, Junts pel Sí y la CUP quieren que Cataluña se desconecte del resto de España de forma unívoca, con una consulta que ya ha quedado enredada en los calcetines de algún voluntario que iba a ir a un colegio electoral con la urna de cristal y que anuncian para antes de septiembre. Ya no va a hacer falta, porque en este juego de ingenuos y de malvados, el Gobierno catalán está preparando su plan independentista.

Siete meses han tardado en la redacción del texto rebelde y autodeterminante los dos grupos que suman mayoría en el Parlament, entre la melé de entradas y salidas de los convergentes a los tribunales, entre vítores, aplausos y retrasos por las groupies y su “Arturo, queremos un hijo tuyo”. Dos juicios por la consulta del 9-N, otro a la presidenta del Parlament, Carmen Forcadell, y otros cuatro a miembros de la Mesa de la Cámara convierten la cuerda de imputados en un desfile de nazarenos y dolorosas muy del gusto victimista de esa Cataluña zaherida, obligada y ofendida por los Austrias e iluminada por mañanas de esteladas blavas y vermellas. Y la secesión se convierte en feria, mitin, fiesta y un Passeig de Lluís Companys populado de tropel de las ladies de Ferrusola –mujer de Opus Dei y mucha penitencia–, filial bancaria de su marido al igual que sus muchos vástagos, todo muy de els segadors y a lo tecnopop.

Entre la mucha doctrina secesionista trivial, destacan las tesis desopilantes de Jordi Bilbeny, un filólogo “enterado”, de que Cervantes era de Servent (Xixona) y Santa Teresa fue abadesa en el monasterio barcelonés de Pedralbes, una colección de fichas que incluyen a un Colón catalanísimo partiendo de Pals de l’Empordà a descubrir un Nuevo Mundo que ya era viejo. Y el nacionalismo catalán ha devenido en farsa filológica y guateque mental con su origen en un banco andorrano: ya no es apoteosis, sino pujolismo y burocracia del trinque disfrazados de parlamentarismo. ¡Vés a pastar fang, Lluìs Maria Corominas!

El equipo de Carles Puigdemont ya está preparando las “estructuras de Estado” a través del jurista Carles Viver Pi-Sunyer, que ya fragua la trasposición a la catalana de miles de tratados, protocolos y convenios firmados por el Gobierno de España con el resto de países y dice que es cosa hecha. Fue autor del Libro Blanco de la Transición Nacional para la creación de un Estado catalán y se cree que sabe todas las triquiñuelas legales para hacer frente al Tribunal Constitucional. Oriol Junqueras y Raül Romeva –encargado de los Asuntos Internacionales– organizarían un censo secesionista a través del Centro de Telecomunicaciones y Tecnologías de Información de la Generalitat.

Dice Puigdemont que el pueblo catalán indultará a los condenados por la Justicia, pero según la última consulta, la mitad no quiere “desconectarse” del resto de España. Así que ese aroma político a caviar del Maresme, butifarra de perol y una copia de cava de Raventós no está todavía claro que sea patrimonio único e indivisible de la región. Las personas son un mezclado emocional de recuerdos, vivencias y España que no tienen los manuales de independentismo de urgencia que van a distribuir por la noche como aves agoreras y aleteantes de PDECat y ERC. Alguno de los ideólogos de la ley, como Jordi Orobitg, practica el remo en banco fijo, y Salellas, el jurista de guardia de la CUP, dijo aquello de “hemos enviado a Artur Mas a la papelera de la historia”. Por blando y por alfeñique, suponemos.

A Mas, pues, le han impuesto hoy la pena mínima, dos años de inhabilitación, el tiempo suficiente para volver a presentar su proyecto. Obviamente. Y la inhabilitación no será firme hasta que el Tribunal Supremo no la confirme, algo que (suponemos) ocurrirá en las próximas semanas. Veremos también qué ocurre con la sentencia del diputado Francesc Homs, el independentista travieso que le explicaba hace poco normas de urbanidad al juez del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña en medio de su propio juicio. Homs representa la reserva intelectual independentista, ese futuro imaginativo de la portavocía del Govern que quiere salir indemne de muchas cosas, incluido su propio aburrimiento, como el de su colega Romeva, que “viaje con nosotros si quiere gozar” por todo el mundo como cantaba Gurruchaga y los inolvidables mondragones, con cargo al presupuesto del secesionismo beligerante.

En 2002, cuando Mas era un señorito de derechas, le confesaba al periodista Rafael de Ribot en una larga entrevista –que después conoció forma de libro– que “el concepto de independencia lo veía anticuado y un poco oxidado”. Pero por entonces el caso Pujol de su padre putativo no había hecho saltar por los aires el establishment. Veremos, porque con la entropía catalanista y la flojedad del Gobierno central sesteando en los despachos, la desconexión podría ser más fácil que apagar la tele cuando los españoles terminan de ver “Sálvame”. Que eso es lo verdaderamente importante, señora: el aquelarre doméstico y televisual.

Twitter: @dfarranz

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