Los goles de Hugo Mallo y Aspas, dos gallegos, sellaron el pase.
El Celta de Vigo se dispuso a defender la representación exclusiva del fútbol español en la Europa Europa en casa del Krasnodar. Los gallegos salieron al verde del coliseo que cobija a un club fundado en 2008 con una renta mínima. El 2-1 cosechado en Balaídos puso en preaviso a los pupilos de Eduardo Berizzo, quien advirtió en la previa de la vuelta de estos equilibrados octavos de final que su sistema no iba a mudar la piel. Es decir, jugarían con la voluntad de llevar la iniciativa para gestar la anotación goleadora sobre la que sostendrían una valiente gestión de la ventaja. Y enfrente se toparían con un conjunto de similar libreto: querencia por la posesión, tendencia a la verticalidad y amor por la transición fulgurante.
Así, el primer acto se quemaría como un relato fiel de la relación de fuerzas. Los vigueses extremarían su personalidad jerárquica en el grueso de los 45 minutos iniciales y los locales, más vehementes en su entrega física, lograrían escapar de la soga táctica española con su ardor inicial y en el último tramo antes del descanso. De este modo, los rusos, que compitieron con las severas ausencias de su portero titular y su goleador (Kritsiuk y el internacional Smólov), buscaron un mordisco prematuro ante el que el Celta supo reaccionar. La pelota volaba y las imprecisiones se acumulaban sobre el terreno de juego visitante. Y el entramado celtiña sólo permitiría a los dirigidos por Igor Shalimov acercarse una vez con peligro hasta la puerta defendida por Sergio en el primer cuarto de hora.

Wanderson abrió fuego con un chut que no inquietó al meta visitante en el octavo minuto. La presión rusa estaba dictando un ritmo disparado que perjudicaba al interés de los nacionales. Por eso, la medular dispuesta por el 'Toto' -compuesta por el equilibrio que portan Radoja y el 'Tucu' y la calidad de Wass- y el desequilibrio de la línea ofensiva móvil (Pione en un costado, Iago Aspas en el otro y Guidetti como faro) alzaron su intensidad y cohesión y la pelota y el envite regresó al redil vigués. De esa manera domesticó al Krasnodar el conjunto de Berizzo para trazar un intervalo amplio de dominio táctico -líneas adelantadas- y horizontalidad combinativa que congeló la voluntad rusa.
En el 13 de partido se inauguró el extendido lapso de dominio celtiña. Sisto Pione, obsesión de Shalimov, probó al meta suplente local con un intento que inscribió el monopolio celeste hasta pasada la media hora. No obstante, la fluidez con y sin pelota del centro del campo visitante negó al joven club local su anhelo protagónico de tal manera que la única forma con la que enfrentaron tal escenario fue la dureza. Iago Aspas, que poco a poco se desperezaba, fue víctima de una concatenación de patadas que le neutralizaron. De esa rudeza nació la tímida enmienda rusa al devenir. Pero, en el entretanto, Guidetti lanzaría centrado para el despeje de Sinitsyn -minuto 23- y Daniel Wass, plácido en la asociación, engatillo sendos libres directos infructuosos.
Un libre directo desde media distancia lanzado por Pereyra, el cerebro ruso, obligó a la estirada a Sergio y cambio la dirección del viento. O, al menos, cercenó la quietud pretendida y conseguida por los de Berizzo. El cuarto de hora previo al intermedio asistiría a un equilibrio de la posesión en el que los rusos alzarían su entrega en fase defensiva y mejorarían en su relación con el esférico. Con Naldo, central, como organizador, las bandas del Krasnodar empezaron a llegar hasta posiciones de centro y el repliegue vigués quedó constreñido a evidenciar capacidad de sufrimiento cerca de su meta. Claesson, en dos ocasiones, arribaron hasta los guantes de Sergio en un pasaje que dejaba al Celta la opción del contragolpe como desahogo.
Con 0-0 se desató el descanso. La pausa sobrevino con un empate técnico en tiros a portería (2-2) y en acercamientos peligrosos (5-5). El 56% de posesión rusa describía un parámetro que marcaría el desarrollo del rendimiento local: su circulación estaba engrasada, con cambios de ritmo sostenidos pero la falta de atino en el último pase martilleaba su fe. Shalimov dio entrada al punzón Mamaev en sustitución del intrascendente Podberezkin, con la intención de recuperar la amenaza y el pulso del tempo. Y lo conseguiría hasta que la calidad viguesa dio un puñetazo sobre la mesa.

Las ayudas de Radoja, Wass y Hernández habían empequeñecido la tentativa rusa, negándole el veneno ofensivo, y una transición arquetípica, desde el perfil de Pione Sisto, resultaría determinante. La combinación, ejecutada en el 52, dejó a Guidetti en banda. El sueco centró para la llegada de Aspas, que chutó aunque su intento fue repelido. Apareció para cazar ese balón suelto un Hugo Mallo pletórico. El lateral, decisivo en la ida, la puso en la escuadra para confirmar el favoritismo celtiña.
El gol de los de Berizzo desató las modificaciones del Krasnodar y abrieron las puertas al espacio para un anárquico toma y daca que no iba a favorecer de forma rotunda a los locales. Joaozinho y Laborde, puro desborde, entraron en escena por Claesson y un Pereyra apagado. Tardó en dar frutos el movimiento del técnico local y en ese impasse Sisto, Wass y Guidetti galoparon en contras puntiagudas que no localizaron el remate certero. Pero en torno al 70 se activó el decidido asedió de ruso. Wanderson y Joaozinho dispararon con intención y no harían diana por falta de dirección, el primero, y por intervención de Sergio, en segundo. Estaba aconteciendo, entonces, el trance de mayor exigencia para los gallegos.
Berizzo quiso refrescar la pausa por medio de la pelota al introducir a Jozabed por un agotado Wass. La brecha de dos goles necesaria por el Krasnodar le llevó a interponer una urgencia que estaba superando al compás de ritmo inferior de los visitantes. El colombiano Laborde arrancó una obra de desequilibrio que se alió con el cansancio para dibujar un último cuarto de hora al que el Celta se abocó sin concatenar dos pases seguidos y arrinconado en su cancha. Jonny padecía lo suyo ante el cafetero, pues las coberturas de sus compañeros no llegaban como antaño y los manos a mano le superaban. Pero, entonces, en pleno huracán, Iago Aspas gritó estrellato. El oriundo respondió a un testarazo espinoso de Wanderson hilvanando una pared larga con Guidetti y escapándose para resolver la salida del meta con una vaselina de seda.
El 0-2, coronado por un abrazo entre Aspas y Berizzo, abortó lo agónico del desenlace para sentenciar el billete a cuartos de final. Beauvue y Roncaglia tendrían minutos para poner el candado al electrónico en un crepúsculo de semi violencia impotente rusa. Se afearía el envite, pero esos nubarrones (expulsión tras agresión de Kaboré) no taparon la trama: trabajó, sufrió y lució consistencia un Celta que sobreviviría gracias al trabajo colectivo que abonó el terreno para que brotara y decidiera la calidad. El triunfo constató la mejor capacidad competitiva visitante y defiende al variado balompié español en un campeonato acostumbrado a desenvolverse bajo el yugo sevillano. Accedió al bombo el bloque gallego con justicia, que supo salir a flote con y sin la iniciativa, apuntando alto en esta aventura con ansia de definirse como legendaria.
- Ficha técnica:
0 - Krasnodar: Sinitsin; Martynovich, Naldo, Granqvist, Petrov; Pereyra (Laborde, min. 70), Kaboré, Gazinski; Podberezkin (Mamaev, min. 46), Claesson (Joaozinho, min. 60) y Wanderson
2 - Celta de Vigo: Sergio Álvarez; Hugo Mallo, Cabral, Fontás, Jonny; Radoja, Pablo Hernández (Beauvue, min 86.); Iago Aspas (Roncaglia, min. 82), Wass (Jozabed, min. 74), Pione Sisto; y Guidetti.
Goles: 0-1, m.51: Hugo Mallo 0-2, m.80: Aspas.
Árbitro: Ruddy Buquet (FRA). Expulsó a Kaboré (min. 86) por dos tarjetas amarillas. Amonestó a Gazinski, Wanderson y Granqvist por parte del Krasnodar; y a Radoja, por el Celta.
Incidencias: partido de vuelta de los octavos de final de la Liga Europa disputado en el Krasnodar Stadium ante unos 34.000 espectadores.