Nada más emitirse el comunicado de ETA, Rajoy y Urkullu mantuvieron una larga conversación telefónica. Los dos se felicitaron por la buena noticia de que la banda terrorista anunciara la entrega de armas, pero, enseguida, como adelantó el sábado El Imparcial y publicaba este domingo La Vanguardia, volvieron a tratar la votación de los presupuestos.
El lendakari, hombre sensato e inteligente pese a ser nacionalista, mantiene buena sintonía con el presidente del Gobierno. Ya han hablado reiteradamente sobre el apoyo del PNV al Gobierno, aunque a los nacionalistas vascos les cuesta dar el paso, salvo que el Ejecutivo escenifique algún tipo de concesión.
Y Urkullu, con la noticia caliente aún de la entrega de armas de ETA, aprovechó para pedir de nuevo a Rajoy que permitiera un acercamiento, aunque fuera paulatino, de presos etarras al País Vasco, pues supondría un golpe de efecto para justificar el apoyo del PNV. El presidente vasco sabe que ese gesto marginaría a Bildu del proceso y, según él, también beneficiaría al Gobierno por su “generosidad.”
Rajoy, sin embargo, sabe que más que beneficiarle, le perjudicaría gravemente y que sería acusado inmediatamente de haberse vendido por un plato de lentejas, por haber humillado a las víctimas del terrorismo simplemente por aprobar los presupuestos y amarrar la poltrona. Pero el presidente del Gobierno, en lugar de rechazar radicalmente la propuesta de Urkullu, se marcó una de sus piruetas circenses, dando largas al asunto. Naturalmente, esa misma tarde declaró con rotundidad que “no habría concesiones de nada por nada” Que ETA tenía que disolverse. Hay quien deduce, que cuando la banda terrorista se disuelva, entonces ya no sería “nada por nada”. Sería por “algo”.
O quizás es el mensaje que Rajoy quiso dejar en el aire para que Urkullu se lo tragara y se animara a apoyar al Gobierno en los presupuestos. Aunque, la verdad, nadie sabe nunca lo que piensa el presidente. Ahora, lo único que quiere es amarrar los presupuestos y con el PNV ya se han producido acuerdos concretos. Pero, quizás, no suficientes para los nacionalistas. A Rajoy le hubiera gustado contar con el PSOE para sacar adelante las cuentas del Estado, pero la gestora socialista no se atreve ni a planteárselo con el podemita Pedro Sánchez en plena campaña.
El tiempo pasa y, pese a que el Ejecutivo ya tiene prácticamente amarrado el acuerdo con Ciudadanos, todavía le falta el apoyo del PNV, exactamente lo que necesita para cerrar el círculo. Y, ahora, se ha colado ETA con su anuncio de entrega de armas el día 8 de abril. Quizás la ambigua promesa de Rajoy de “ya veremos cuando ETA se disuelva” sea suficiente para Urkullu. Pero el presidente del Gobierno ha podido meterse en un callejón sin salida. Pues si algún día, por mucha disolución de ETA que se produzca, el presidente permite el acercamiento de presos etarras al País Vasco, le van a llover chuzos de punta desde amplios sectores de la opinión pública. Para muchos, se convertiría en un traidor de por vida. Solo el viejo truco de Rajoy de estirar el tiempo como un chicle podría salvarle. Quizás pretende que ahora le apoye el PNV con los presupuestos y cumplir con Urkullu cuando ya no queden presos etarras.