La selección española había ofrecido una lección de fútbol colorido, colectivo y comprometido en París y ante una de las favoritas para alzar el Mundial ruso. Francia, vigente subcampeona europea, se vio domesticada con rotundidad en base a la seductora mezcla de rigor táctico y calidad que empuja ya al equipo de Lopetegui hasta el favoritismo de cara a la cita de 2018. Saint Denis, el estadio que acogió el derrocamiento de Vicente del Bosque (ante Italia, el pasado verano) alumbró la ajustada adaptación del tiqui-taca a las aptitudes de la nueva hornada de centrocampistas. Lo que deslumbró ante Israel el viernes deshizo hasta el complejo a los gallos galos. E, incluso, el cuadro alegre quedó rematado por el hurto de los focos ejecutado por Gerard Deulofeu a la perla de 18 años que se rifan los aristócratas del balompié, Mbappé.
Pero, cuando el espectáculo quedó extinto y la atención se desplazó al análisis de los protagonistas amaneció la figura de Gerard Piqué y su inteligente y pintoresca lectura del contexto. El central catalán, excelso en el control de los relámpagos Griezmann, Gameiro y el propio delantero novel del Monaco, descerrajó una explosión discursiva que echó el cierre a la concentración del combinado campeón del mundo y del Viejo Continente de manera brusca.
"No me gustan los valores del Real Madrid. Me gustan sus jugadores, no la gente que hay en el palco", proclamó. "No me gusta ver en el palco las personalidades que hay y cómo mueven los hilos. La persona que imputó a Messi y Neymar y tiene un trato diferente con Cristiano está en el palco. No me gusta lo que transmite como club", avanzó el blaugrana para argumentar, a continuación, su anacrónica expresión de enfado. Preguntado por la participación del video-arbitraje en el gol de Gerard Deulofeu, el zaguero expuso que "al final todo se resume en ir vestido de blanco. Nos ha ido muy bien, sería muy bueno tenerlo en la Liga, llevamos tiempo pidiéndolo" y, tras aclarar que en el club merengue tiene "amigos" con los que juega a las cartas, denunció que se pusiera en cuestión la influencia arbitral en la remontada del Barcelona ante el PSG "y no se hable del gol en fuera de juego de Sergio Ramos en la final del año pasado".
El aludido, que también cuajó un buen partido en pareja con Piqué, no dudó en reponder ipso facto. El sevillano, que había aclarado hace días que el ajetreo verbal que se trae con su compañero de selección no es más que una suerte de juego motivacional-humorístico interno, se mostró algo menos conciliador cuando le fue trasladado el desaire del azulgrana. "No voy a hablar. Piqué no va a cambiar la historia del Madrid ni va a quitarle los títulos ni hará retroceder el tiempo (...) Lo que diga Piqué no lo utilizaréis en mi contra".
Más calmado, tras el shock inicial, el capitán madridista relató que "las declaraciones, si viniesen de Iniesta, sí que molestarían al club; viendo de Piqué, no. Forma parte del personaje de Piqué, no lo vamos a cambiar con 30 años. Hay que disfrutarlo como un gran futbolista que es y que se vista más de blanco porque le va a ir mejor". Aún así, su aplomo no le llegó para medirse y participó del incendio subrayando que "no están para hablar y menos este año" (respondiendo a la alusión a su gol en la Undécima). "En todos los palcos se mueven hilos. Este año tienen que callar más que nosotros", sentenció en una estrambrótica y precoz transición de la esfera de las selecciones nacionales a la de los clubes.