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Tívoli: los sueños de Adriano

viernes 27 de junio de 2008, 22:55h
Publius Aelius Hadrianus reinó a lo largo de 21 años en el número 14 de la lista de los emperadores romanos desde Augusto. Nació en Itálica (Sevilla) en 76 y murió en su casa de Baia, en las afueras de Nápoles, en 138. Sucedió a Trajano, de quien era sobrino e hijo adoptivo. El reinado de Adriano, hombre de gran curiosidad intelectual, estuvo marcado por su voluntad de preservar la Pax Romana. Abandonó voluntariamente las regiones mal aseguradas -como Mesopotamia y Armenia- conquistadas por su antecesor y se consagró a la defensa de los limes, en especial los establecidos en los ríos Rin y Danubio. Entre Inglaterra y Escocia construyó una gigantesca muralla de 117 kilómetros de longitud, conocida como el Muro de Adriano. Su preocupación por la prosperidad y el bienestar de sus súbditos le llevó a emprender reformas de gran alcance en los campos administrativo, Judicial, educativo, fiscal y militar. Con él, el Imperio llegó a su máximo apogeo. Marguerite Yourcenar lo elevo a los alteres de la celebridad en sus espléndidas Memorias de Adriano.

Viajero impenitente, recorrió su vasto imperio sin fines bélicos. Tampoco su afán constructor tuvo parangón entre sus homólogos. Por todas partes por donde pasaba, levantaba ciudades, construía calzadas, erigía monumentos. Adriano era algo más que un emperador. Su pasión era la arquitectura y la construcción su obsesión. Las ruinas romanas atestiguan esa fiebre constructora. Están plagadas de obras de Adriano: puentes, termas, teatros, templos, foros, bibliotecas, estadios, acueductos. Entre su legado destaca la reconstrucción del Panteón de Roma y su propio mausoleo, devenido en el Castel Sant´Angelo.

Tívoli, la antigua Tibur, situada en el Lacio, a 40 kilómetros de Roma, cercana a las famosas canteras de travertino, piedra con la que están construidos el Coliseo y el Vaticano, fue el refugio, el lugar preferido por los ricos y poetas en la época imperial. Alrededor de los bosques sagrados sabinos estaban esparcidas las lujosas villas en las que descansaban personajes como Horacio, Cátulo, Mecenas, Salustio o el propio Trajano.

Entre los años 118 y 134, Adriano construyó una villa en las afueras de Tívoli, la más personal e intima de sus obras arquitectónicas. Un lujoso complejo en el que reunió los recuerdos de las ciudades y paisajes que le habían impresionado vivamente en sus viajes por el Imperio, desde Hispania a Siria, del Sahara a Germania. Fue su retiro favorito, desde donde gobernó el inmenso imperio y donde pasó los últimos años de su vida. A Adriano le disgustaba el palacio del Palatinado. Tampoco le gustaban Roma y los romanos. Siempre prefirió las provincias. Los ciudadanos de la urbe le pagaron con la misma moneda.

En medio de una naturaleza silvestre, con abundancia de agua, prados y bosques, la espléndida villa ocupaba alrededor de 100 hectáreas. Todavía es visible su grandeza. Entre bucólicas y evocadoras ruinas, se va descubriendo la que sin duda fue la villa más grande, la más lujosa, la más rica e impresionante de todo el Imperio; una suntuosa villa palaciega, a modo de pequeña ciudad con espacios y habitaciones suficientes para albergar los cortesanos, la guardia pretoriana y los esclavos.

Se necesita tiempo para ver Villa Adriana. Hay que recorrerla despacio, saboreando cada rincón, viviendo intensamente la belleza del entorno, imaginando el sentido de cada edificio, tratando de entender el significado de este conjunto de ensoñaciones hechas piedra que rememoran la vida de un hombre singular. En ellas permanecen vivos los sueños del poeta, artista, arquitecto y filósofo que, fascinado por Oriente y por el mundo helenístico, quiso recrearlo para su disfrute. Adriano era un hombre sensible y construyó un lugar para vivir en silencio, rodeado de belleza y de armonía. Incluso ahora, pese a ser uno de los yacimientos arqueológicos más importantes de Roma, se puede hacer una visita apacible, silenciosa, ya que por suerte el turismo masivo no la ha descubierto todavía.

Diseminados entre pinos y cipreses, aun quedan vestigios de las grutas, las cascadas, los viveros y los estanques que componían el imponente y articulado conjunto de jardines en los que se intercalan pórticos, palacetes, palestras, teatros, termas y demás ingredientes de las villas señoriales. La villa no sigue un plan trazado ni ordenado. Se mezclan estilos, formas, técnicas y estructuras. De hecho las distintas construcciones -teatro, hipódromo, Plaza del Oro, criptopórticos, termas grandes y pequeñas- se distribuyen de manera irregular. Pero pese a ese aparente desorden, pese al lujo y al confort, en Villa Adriana nada es grandilocuente. Todo es armónico y equilibrado, todo está al servicio de la belleza. Quizás por eso las milenarias piedras son el epitome de las ruinas civilizadas y románticas.

Villa Adriana es un prodigio arquitectónico integrado en la naturaleza. Toda la villa resulta fascinante, pero nada tan sublime como el Canopo y el Serapeum, una de las partes mejor conservadas del conjunto. Adriano quiso evocar el canal que desde la ciudad de Alejandría conducía a Serapeum, un centro religioso dedicado al dios greco-egipcio Serapis, en medio del delta del Nilo. El emperador diseño una copia muy libre, adaptada al espacio, construyendo un estanque a modo de elegante canal de 119 metros de largo. Un pórtico semicircular rodea el inicio del canal. Bajo la columnata se alzan las estatuas de Marte, Mercurio y Minerva; algo más allá, a la derecha, se conservan cuatro cariátides -réplicas del Erecteion ateniense- que enmarcan dos silenios. En el extremo sur del canal, se encuentra el Serapeum, una gruta artificial que es el templo dedicado a Serapis.

No menos interesante es el denominado Teatro Maríttimo. Sin duda la creación más original de toda la villa. Una estructura concéntrica de ladrillo, de 9 metros de alto por 44 de diámetro, con un peristilo rodeado de columnas en su interior, que alberga un estanque circular. A su vez el estanque abraza un islote de 27 metros de diámetro, en el que hay varias construcciones que, al parecer, formaban una casa en miniatura. Todo el conjunto se construyó con una gran libertad y originalidad arquitectónica, con nuevas ideas y nuevas soluciones técnicas. Se ignora la función de esta edificación. Pudo ser un observatorio astrológico, o simplemente un palacete lleno de fantasía, un lugar de aislamiento y retiro para Adriano.

Tras la muerte de Adriano, la villa fue habitada por varios de sus sucesores, Durante el declive del Imperio, cayó en desuso y quedó parcialmente en ruinas. A partir del Renacimiento fue objeto de un sistemático expolio. Los sucesivos propietarios de los terrenos se dedicaron a vender mosaicos y estatuas que enriquecieron las colecciones privadas de los papas, cardenales y nobles romanos. Numerosos museos europeos dan fe de ese expolio. Uno de los grandes responsables del mismo fue el arquitecto Pirro Ligorio que inició excavaciones en la villa por encargo del cardenal Ippólito II de Este, hijo de Alfonso, Duque de Ferrara, y de Lucrecia Borgia, por tanto nieto del Papa Alejandro VI. El Cardenal de Este hizo que gran parte de los mármoles y esculturas se trasladaran para decorar su propia villa, Villa de Este, ubicada en el casco urbano de Tívoli.

También es muy gratificante visitar este lujoso palacio en el que sobresalen unos magníficos jardines aterrazados en estilo manierista propio de la última etapa del renacimiento, con un espectacular conjunto de fuentes, de cascadas y juegos de agua. Inspirándose en Villa Adriana y reviviendo técnicas romanas de ingeniería hidráulica, el cardenal creó un elaborado jardín lleno de fantasía cuya mezcla de elementos arquitectónicos y juegos de agua son de una sorprendente belleza. Entre fuente y fuente, se exhiben algunas de las esculturas que Ligorio se llevó de Villa Adriana.

Y es que Villa Adriana ha proporcionado nobles materiales y ha sido fuente de inspiración para arquitectos y artistas desde que el gran emperador hispalense la construyese.

Isabel Sagüés

Periodista

Isabel Sagüés es periodista y MBA en Administraciones Públicas y Master en Comunidades. Ha dirigido entre otras entidades culturales sin ánimo de lucro la Fundación Canalejas y la Fundación ICO

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