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POCO A POCO

¿Hizo bien Trump al atacar Siria?

lunes 10 de abril de 2017, 14:50h

El mundo amanecía el pasado martes con la noticia de que 59 misiles Tomahawk estadounidenses lanzados desde el Mediterráneo habían caído sobre la base aérea siria de Shayrat en lo que era una respuesta de la Casa Blanca al ataque químico presuntamente ordenado por Baschar Al Assad contra la localidad de Jan Shijún, en la provincia de Idleb. En él fallecieron casi un centenar de civiles y más de medio millar resultaron heridos.

La orden dada por Donald Trump rompía así con una estrategia de contención claramente implementada por su predecesor, Barack Obama, que ha permitido al dictador sirio perpetuarse en el poder durante los más de siete años que dura ya la guerra civil en el país de manera vergonzosa. Las lecturas que se desprenden de esta última acción militar son varias y en algunos casos enfrentadas, lo que complica sobremanera el poder juzgar si hizo bien o mal.

En la geopolítica actual, con una atomización salvaje de los intereses, es casi imposible juzgar una acción militar como totalmente buena o mala, y el bombardeo de Idleb es un claro ejemplo. Esta operación tiene sus aspectos positivos y, por contra, también muchos negativos.

Por un lado, clamaba al cielo que no se hiciera nada para detener, o al menos penalizar, las infamias que Al Assad está cometiendo contra su pueblo. Hablamos del uso de armas químicas de manera sistemática contra civiles inocentes. Obama, que llegó a la Casa Blanca con un Nobel de la Paz bajo el brazo, ha permitido durante más de un lustro que un dictador sanguinario se aferrara al poder con ayuda de rusos e iraníes mientras masacraba toda voz disidente. La estrategia del expresidente era clara: centrarse en los yihadistas de Estado Islámico, el enemigo más mediático, y no molestar a los rusos, que también le dejaron en evidencia con la anexión de Crimea.

Que Trump haya decidido tomar cartas en el asunto y enseñar músculo es positivo, con independencia de si detrás hay una campaña de marketing, que la hay, para desligarse de Vladimir Putin y hacer amainar el 'Rusiagate', que cada vez deja en peor lugar a él y a su estrecho círculo de colaboradores. Estados Unidos ha sido, es y seguirá siendo, sea quien sea el inquilino de la Casa Blanca, la gran potencia democrática mundial, y como tal debe hacer prevalecer, con el uso de la fuerza si es necesario, las libertades que la han aupado hasta su posición de dominancia global.

Todo parece indicar que el bombardeo de Shayrat es un hecho puntual y no atiende a una estrategia militar a medio plazo. Eso sí, la Casa Blanca ha endurecido su discurso respecto al futuro de Al Assad y es contundente: lo quiere fuera del país más pronto que tarde.

Sin embargo, no todo es aplauso, pues toda acción tiene una reacción. Rusia e Irán ya han demostrado que harán todo lo que esté en su mano para proteger el poder de Al Assad. Ambos se juegan mucho en la región. Moscú tiene en el dictador a su gran aliado en Oriente Medio y en Siria está su única base naval fuera de sus puertos, por lo que la importancia geoestratégica trasciende la ideología o los vínculos históricos.

Por otro lado, Teherán se niega a aceptar una Siria en manos sunitas y pelea con uñas y dientes para que Arabia Saudí, su gran enemigo islámico, no conquiste otra plaza en ese gigantesco avispero de confesión musulmana.

Tanto unos como otros ya han anunciado represalias si se repiten las acciones militares contra Al Assad. Ambos tienen elementos suficientes como para ser temidos dentro y fuera de Oriente Medio y su capacidad de disuasión, sin llegar a ser la de Washington, es cuantiosa y poderosa.

Por ello, Trump, que no es precisamente Napoleón, debe andarse con mucho cuidado con este tipo de acciones, pues las consecuencias pueden ser imprevisibles. Él, un genio del show, tiene que saber jugar en varias mesas a la vez y no permitir que los vasos comunicantes se le acaben por desbordar.

Mientras, a Al Assad se le debe poner en su sitio, que es fuera de Siria y en la Corte Penal Internacional a ser posible. Por asesino, por genocida y por dictador.

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