“Si los pícaros supieran las ventajas que reporta ser hombre de bien, serían hombres de bien por picardía”. Benjamin Franklin
Las primeras entradas que aparecen en San Google cuando tecleamos “low cost” son: ‘low cost holidays’ y ‘low cost airlines’. Aunque el concepto de “low cost” nació en EEUU a mediados del siglo pasado, las primeras corporaciones que se adueñaron de la denominación de origen “made with lower costs” fueron las aerolíneas, en los años 90. Ahora el ‘bajo coste’ es una epidemia que se ha extendido a todos los sectores, desde el turismo hasta la sanidad, pasando por la alimentación, la ropa, la industria, la tecnología, la construcción, la terapia, la restauración, los muebles y, aunque parezca mentira, incluso las marcas y los hoteles de lujo son, de una manera extraña, bastante low cost.
Según la Wikipedia, “una aerolínea de bajo coste […] es una aerolínea que ofrece una tarifa más económica a cambio de eliminar muchos de los servicios que reciben los pasajeros de aerolíneas tradicionales, o que cobran estos servicios de forma adicional”. Esta definición, en el fondo, podría ser mucho más universal de lo que parece, ya que los bienes y servicios o incluso las relaciones personales de bajo coste ofrecen, a priori, un producto, un resultado y un vínculo de peor calidad. Y muchos de ustedes pensarán: “no estoy de acuerdo, ya que el producto o el servicio es prácticamente igual y, en verdad, lo único que he dejado de pagar es un montón de intermediarios y costes innecesarios”. Y no les falta razón, pero: ¿a quién favorece en realidad bajar tanto los costes?
Siempre me ha resultado fascinante comprobar la evolución del empleo, por sectores de actividad, del último siglo. En España, el sector primario (formado por las actividades económicas relacionadas con la recolección o extracción y transformación de los recursos naturales con poca o ninguna manipulación, como la agricultura, la ganadería, la caza, la pesca, la explotación forestal y la minería.) empleaba a más del 60% de la población a principios del siglo XX y tan solo al 11% en los años 70. Hoy en día el sector primario da trabajo a un poco más del 2% de los trabajadores. El sector secundario, sector que transforma la materia prima que es extraída o producida por el sector primario en productos de consumo, como la artesanía, la industria, la construcción y la obtención de energía, empleaba a un 15% del total en el año 1900, a más del 40% en los 70’s y a un 23% de la mano de obra actual. Por último, el sector servicios o el sector terciario pasó del 15% del 1900 al 46% en los 70 y ahora ocupa a la mayoría, el 75% de la población con trabajo. El artificio de nuestra sociedad fue pasar de lo básico y necesario a lo lúdico y a lo superfluo. Una sociedad de consumo que logró crear muchos empleos y subir los salarios, al menos en los países “desarrollados”, y que entendía que para ganar todos había que pensar en todos. El empresario de antes llevaba a gala emplear a muchas personas; el de ahora, en busca del precio más competitivo, se enorgullece de sus reducidos costes. Y bajar costes significa, por supuesto, menos puestos de trabajo, por no mencionar la posible reducción en la calidad de los productos y de los servicios recibidos. Cuantos menos eslabones en la cadena de producción y distribución, menos puestos de trabajo; cuanto más reduzcan los costes los robots, los algoritmos y las máquinas, más desempleo; cuanto más se venda por internet, más ‘gratis’ será todo; cuanto más bajos sean los precios, menos ganarán las personas; cuanto más grandes sean las corporaciones, menos pagarán a empleados y proveedores; y cuanto más crezcan estas corporaciones, menos pequeñas empresas sobrevivirán.
¿Qué podemos hacer para cambiar esta tendencia?
Para combatir la tremenda erosión de trabajos y sueldos, se me ocurren algunas propuestas de las que quizás me retractaré mañana mismo, pero creo que serán necesarias, más tarde o más temprano.
1) En vez de ir de modernos y venerar la tecnología, revélense contra ella. Cuantas más máquinas, menos humanos. No hay otra. 2) Compren lo menos posible por internet. Usen lo menos posible su cuenta de Ama***. O ciérrenla, directamente. 3) Consuman más productos locales (de producción nacional) y compren en pequeñas tiendas de barrio o de su pueblo. Aunque les cueste un poco más. 4) Paguen por la calidad y la confianza de un trabajo bien hecho. Si un amigo lo hace bien, contrátenle, páguenle bien sin dudarlo, y recomiéndenlo. Si no pueden pagarle, intercambien bienes u otros servicios que puedan ofrecerle. 5) Empiecen por pagar bien y recibirán un buen servicio, y no al revés. Si pagan “low cost” obtendrán, generalmente, “lower quality”. Premien y motiven a quien lo hace bien y dejen de fijarse, única y exclusivamente, en el precio.
Si no logramos cambiar el foco y hacer algo al respecto, estaremos atrapados en la misma mentalidad cortoplacista del empresario que deja de contratar a personas porque piensa que la tecnología es mucho mejor para cumplir sus fines o en la de aquellos reguladores y políticos que permiten la devastadora e indiscriminada degradación laboral y salarial que el mercado (libre) de bajos costes está dejando tras de sí en los países desarrollados. La misma que llevan sufriendo el resto de países desde tiempos coloniales.
“Una máquina puede hacer el trabajo de 50 hombres corrientes. Pero no existe ninguna máquina que pueda hacer el trabajo de un hombre extraordinario.” Elbert Hubbard