Una de las paradojas más enervantes del pueblo español es que, pese a nuestro individualismo, somos un país en el que el Estado, en sus distintas variantes, goza de un respeto casi reverencial.
El estatismo lo invade todo. Un tercio de nuestros jóvenes universitarios quiere ser funcionario. Incluso en facultades tan opuestas como debería de ser, por poner un ejemplo, la de empresariales, el resultado de la encuesta realizada arroja cifras muy altas. Somos un país donde todavía existen gestores administrativos. Tan solo uno de los Secretarios del Consejo de las primeras diez empresas españolas NO es abogado del estado (en el Reino Unido, sólo uno de ellos era funcionario y por supuesto extranjero (concretamente estadounidense por aquello del idioma común, supongo…). Mantenemos un doble examen de legalidad -y no barato precisamente- en nuestro sistema de registro y notariado. Además, industrias como el cine o espectáculos como la tauromaquia no se entienden sin subvenciones. Las ayudas al fútbol (directas e indirectas) ya las quisiera cualquier otro sector. Hoy en día, lo primero que se plantea un empresario antes de montar un negocio es si hay o no posibilidad de recibirlas y nadie se escandaliza por el hecho de que los partidos políticos subsistan casi exclusivamente gracias a ellas. Existe aún un sentido reverencial por el poder que incluso lleva a “perdonar” cuestiones tan detestables como la corrupción. Se ve como normal que se resarza con una concesión (véase el caso de las autopistas radiales) a un empresario que ha calculado mal y ha perdido dinero.
Las inversiones privadas más importantes requieren, para llevarse a cabo, no del visto bueno sino del impulso público. Tenemos en Madrid ejemplos recientes como el del caso Cordish o el de Wanda en la plaza de España. Hay que recordar que el paradigma europeo es el de la declaración responsable y no el de la celtibérica licencia previa. Cuando disminuye el paro parece que lo resuelven -o al menos se lo apuntan- nuestros gestores públicos y ni siquiera sé si se ha perdido la costumbre de “consultar” el reclutamiento de personas clave en las empresas más importantes.
Seguimos en puestos lejanos en la clasificación de países recomendables para abrir negocios según los estudios del Banco Mundial (http://www.doingbusiness.org/). El puesto 32 de España no es para sentirnos demasiado orgullosos, pues casi todos los países de la UE están mejor situados que nosotros y, cuando se trata de capítulos referidos a las administraciones públicas, nuestra posición en el ranking cae en picado. Por cierto, una nota relevante que debería servir de ejemplo: La Rioja aparece, según esta web, como la mejor región para hacer negocios y ha sido precisamente ahí donde se ha producido la mayor bajada del paro según los datos de marzo.
La paradoja es que el estado español no es grande en términos europeos. El gasto público está a siete puntos del PIB de la media, el número de funcionarios también es inferior aunque –y esto es esencial- la nómina pública total está a la par con los primeros países de la UE con casi un 12% del PIB. Es decir, tenemos muchos menos funcionarios, pero representan un gasto público similar al de los países que tienen más. De hecho el sueldo medio de un funcionario español es el doble que el de un empleado en el sector privado. Y esta puede ser una de las razones del estatismo español. Funcionarios muy bien pagados y con derechos laborales (horario, vacaciones, seguridad en el empleo y otros complementos) que no tienen parangón en el sector privado.
El exceso de regulación es espectacular. Si unimos la nuestra a la que nos impone la UE es prácticamente imposible encontrar un solo objeto o servicio que no esté exageradamente regulado. En la película británica Brexit, the Movie hay una secuencia muy divertida al respecto. Esta película hace una revisión de situaciones absolutamente cotidianas: La leche es objeto de más de 12.653 regulaciones, a las que habría que añadirle otras 625 si es para el café... Los perros, sin saberlo supongo, están sometidos a 556 regulaciones y el pan a 1246, por lo que nuestro célebre “Si quieres que te siga el can…” soportaría una vigilancia inhumana incluso para un animal. Las duchas sólo a 91, pero el champú haría que aumentaran en 118 más; el binomio cepillo y pasta de dientes a 78; las camas, almohadas y sábanas a más de mil y las gafas a 225. Todo este disparate hace que Europa, desde los años 70, haya sido el continente que menos ha crecido de los cinco y que hayamos pasado del primer al tercer puesto en P.I.B.
Seguimos siendo la referencia en calidad y comercio exterior, pero tenemos que ser mucho más competitivos, innovadores y eficientes y la única forma es abriendo nuestras economías y terminando con la atrofia regulatoria. El Brexit va a ser un excelente experimento para comprobar si la Gran Bretaña puede soltar de una vez el lastre de las regulaciones y ser más competitiva y próspera que sus antiguos socios europeos.