Un tuit del señor Trump basta para llenar las páginas de la prensa mundial con los lamentos y presagios de la tercera guerra mundial. Sólo para hablar del pasado de la primera dama de los Estados Unidos, Melania Trump, se han gastado ríos de tinta. Sin embargo, las actividades de otros gobernantes, por ejemplo, las del señor Putin pasan desapercibidas. Nadie, ni los más fervorosos defensores de libertad de pensamiento, ha levantado la voz sobre la sentencia del Tribunal Supremo de Rusia que ha prohibido a un grupo de creyentes, conocidos como Testigos de Jehová, actuar en el territorio del país. Lo alarmante de esta acción política es su semejanza con los sucesos de la Alemania de los años treinta. También los Testigos de Jehová fueron prohibidos en la Alemania de Hitler. El Tribunal Supremo de Rusia ha declarado a este grupo como una organización extremista, ha embargado sus bienes y ha puesto en un índice de libros prohibidos los que promocionan los Testigos Jehová en su labor evangelizadora.
Asistimos, pues, a una persecución jurídica y, lo que es más grave, a una persecución de las creencias e ideas religiosas. Otra vez, las tendencias totalitarias de los políticos se afirman en la persecución de ideas religiosas. ¿Qué puede haber detrás de esta persecución a un grupo religioso minoritario en Rusia?, ¿por qué el Gobierno de Rusia no cumple con su Constitución que garantiza la libertad religiosa?, ¿por qué este ataque cruel a los Testigos de Jehová? Entre los años 1933 y 1945 los testigos de Jehová fueron prohibidos en Alemania por no reconocer al Führer, no pronunciar el saludo nazi, además rehusaban ir a la milicia nazi y participar en la producción de las armas. Sus creencias les impedían participar en cualquier acto militar fuera este de carácter defensivo u ofensivo. De este modo, miles de ellos fueron enviados a los campos de concentración. Y ahora ¿de qué se les acusa? Nadie lo sabe muy bien. Sólo tenemos los inverosímiles argumentos de la FiscalGeneral del Ministerio de la Justicia, Svetlana Borisova, según los cuales los Testigos de Jehová “representan una amenaza para los derechos de los ciudadanos, así como para el orden público y la seguridad pública”.
No es comprensible que un grupo de creyentes, que se dedican a evangelizar de casa en casa, entregando libros religiosos, puedan constituir una amenaza para Rusia como si se tratara de un grupo terrorista. No hay razones para explicar esta prohibición. Entonces solo nos cabe la sospecha filosófica, o sea, la libertad religiosa empieza a desaparecer, otra vez, en Rusia como hace un siglo. Putin prohíbe a un grupo religioso para que sirva de escarmiento a los demás. Aquí nadie puede ir por libre. La religión sigue siendo un asunto del Estado. Y el Estado es del zar.