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NOVELA

Elena Fortún: Celia en la revolución

domingo 23 de abril de 2017, 19:21h
Elena Fortún: Celia en la revolución

Presentación de Andrés Trapiello y prólogo de Marisol Dorao. Renacimiento. Sevilla, 2016. 352 págs. 19 €.

Por Inmaculada Lergo Martín

Andrés Trapiello presenta «esta extraordinaria crónica novelesca», Celia en la Revolución, que la escritora Elena Fortún (1886-1952) terminó de escribir en 1943, como «la novela de unos y otros», y concluye con el aserto directo de que «deberían» leerla «los nietos de unos y otros». Ciertamente han sido difíciles de cauterizar las heridas de la Guerra Civil, y más aún lo están siendo las llagas de la «Victoria», que se prolongó como tal mucho más allá del momento de la derrota del bando contrario. De ahí que sea atinado ese verbo «debería», por lo valioso (imprescindible diría yo) de los contados testimonios de aquella incomprendida tercera España, desterrada también, no solo de los idearios de unos y de otros, sino de la memoria colectiva misma; y que ahora, afortunadamente, están siendo rescatados por la editorial Renacimiento (A sangre y fuego de Chaves Nogales, España sufre, de Carlos Morla Lynch, La revolución española vista por una republicana de Clara Campoamor…, además del presente). Una España que se quedó igual de sola que la protagonista al final de esta historia: «¡Sola…! Todos, uno tras otro, han ido dejándome sola antes de que me fuera…».

Mucha buena gente -gente como tú y como yo- a quienes nunca nadie hubiera considerado «enemigos», lo fueron («Esta guerra que ataca a las ciudades y a las gentes civiles que están en su casa sin meterse con nadie… Te digo que no creo que haya un infierno bastante horrible para castigar tamaños crímenes»); y fue la propia guerra quien los derrotó, una guerra que se les vino encima, que los arrolló sin entender nítidamente lo que ocurría («Pero, ¿de veras crees que esto es la realidad? ¡No! Esto es una horrible pesadilla… Realidad, a veces triste, insípida y vulgar, era mi vida de antes de la guerra, con papá y mis hermanas, con trabajo, con enfermedades, con apuros económicos… pero esto de ahora no es realidad…»); una guerra que encendió con la misma pasión los ideales («papá me explicó una tarde que él defendía al pueblo para que se educara en el mismo banco de la escuela que el hijo del médico y del millonario y que no hubiera más diferencias entre ellos que las limitaciones de la naturaleza…») y las mayores iniquidades («alquilan sillas y bancos a real para ir a ver fusilar»). Esa realidad extrema, en distintos lugares de España, es la que ahora le toca afrontar a Celia Gálvez, esa niña que, en los anteriores relatos que hicieron célebre a Elena Fortún, nos había asombrado con sus diálogos chispeantes, inteligentes y divertidos; y con su ingenuidad, una ingenuidad de niña feliz y acomodada que las circunstancias bélicas le obligarán a dejar atrás, en plena adolescencia; porque lo más hermoso de la infancia, la inocencia, es lo que con más dolor –y resistencia– pierde Celia al final de la novela: «Era yo como un barquito que navegaba con todas las velas al aire… y una tras otra van cayendo».

Junto a ello, el hecho de narrar desde unos ojos femeninos resulta muy enriquecedor, al unirlo a los otros relatos de hombres, que cumplieron un papel distinto al de ellas, con responsabilidades diferentes aunque el dolor se repartiera por igual para todos de una u otra forma: «Todos son héroes. Papá, Jorge, la señorita Amelia, el papá de María Luisa […]. Pero yo soy una pobre chica perdida entre tanta gente, sola, sin familia… sin saber qué hacer…». Una sensibilidad distinta que le lleva, por ejemplo, a elegir lo que más quiere por encima de lo que más le conviene, a adelantar las necesidades de los demás a las suyas propias; o a detenerse a observar cómo Valencia «es como si estuviera muy vieja, o muy pobre y ya no le importara nada… como esas mujeres que ya no se peinan, ni se lavan, ni se cambian en vestido…»; o que «todo el mundo va mal vestido, tal vez por no desentonar con la suciedad de las calles, o porque nos hemos convertido en pobres gentes. No sé bien»; pero también que «la mañana es radiante de sol, templada, deliciosa».

Celia en la revolución es un relato familiar y cotidiano, y no he podido sino leerlo con una cercanía turbadora. Mi propia madre, con una edad aproximada a la de Celia, vivía entonces en Madrid, y allí pasó los años de la Guerra Civil asistiendo al espectáculo del horror (los registros inesperados, los «paseos», los bombardeos indiscriminados, los fusilamientos a diario, las sirenas, el sobresalto continuo, las ruinas, el hambre…) sin haber atinado aún a asumir, olvidar o racionalizar lo pasado; por eso reconozco en el relato de Celia la pura verdad sin más. Nada de soflamas, hagiografías o proselitismo…; la vida real, el día a día, la hora a hora, el minuto a minuto contado con la sencillez y el desconcierto de una adolescente a quien le toca cargar, además, con la responsabilidad de una familia mientras su padre está en el frente. Celia en la revolución no se escribió para hacer política, ni literatura; solamente refleja el drama colectivo, sin partidismos. Esa es la grandeza de este texto que, por supuesto, sí es literatura, y de la buena, de la que no necesita para nada esta reseña, porque cuando el lector se acerca a la primera página y lee, continuará sin más hasta el final y todas las explicaciones sobran.

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