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TRIBUNA

Corrupta

jueves 27 de abril de 2017, 20:04h

No conocerá España ni la madre que la parió, tronó Alfonso Guerra en los años de la transición. Ante el rostro actual de “este país” su augurio resulta aterrador. Es hora de hacer balance cuando nos inclinamos al borde del abismo. No podemos sino constatar la precisión del pronóstico del andaluz y, sin embargo, aunque mucho haya que fijarse, si prestamos atención, reconoceremos las trazas y hechuras de la madre en el rostro atroz y deformado de la hija. Esta España infantil y envejecida no logra ocultar las huellas de su anterior fisonomía, pero esta fisonomía, reflejada en los espejos cóncavos da, como es sabido, el esperpento. “España – decía Max Estrella – es una deformación grotesca de la civilización europea”. En efecto, España ofrece hoy la imagen impostada de nueva potencia comercial de rango medio, un país que ha roto a hablar en inglés, que viaja por el mundo con el gesto indiferenciado del turista europeo, que comparte las inquietudes temerosas de la medianía biempensante sobre el crecimiento de unos llamados populismos de izquierda o de derecha. Es la imagen de una impotencia que se complace en la inercia, que deja pasar el tiempo mientras el producto interior bruto crezca, como quiera que crezca: aún a costa del enorme sacrificio de muchos o de la completa descomposición de su frágil unidad. Si el producto interior bruto crece, es preciso sostenerla y no enmendarla.

A nadie cabrá duda de que España es geopolíticamente parte de Europa, pero su pertenencia real a esa pretendida civilización europea es, sin embargo, profundamente problemática. Lo es desde mediados del siglo XVII, desde la hora de la gran derrota de un programa de unidad europea que – sostenido fundamentalmente por las fuerzas militares, culturales y económicas de los españoles de ambos hemisferios – sería completamente vencido. El estilo en que se configurará al fin la Europa clásica se define en su victoria sobre el estilo de modernidad hispánico, que ya no sería jamás el de la moderna Europa, quedando postergado hasta resultar rechazado por los propios españoles que buscarán la aproximación, la asimilación y el perdón de la Europa que los derrotó. No hay signo más evidente de esa entrega que nuestro actual afán angloparlante. El último tercio del siglo XVII significa el ocaso definitivo del programa de unión espiritual de Europa y sería una triste ensoñación anhelar una nueva salida de D. Quijote. La simple mención del horizonte que define esa unidad resultará hoy denostado, rechazado y ridiculizado. En efecto, el que hable de catolicidad se arriesga a quedar arrojado a los márgenes de la realidad política y social contemporánea.

De aquella derrota surgió la Europa moderna, Europa de la razón de Estado y del equilibrio de fuerzas. Vacía de todo principio espiritual ha buscado el vano sostén de la “fútil bomba idealista” de los derechos del hombre. Pero además el progreso tecnológico y la nueva dimensión del comercio mundial ponen en entredicho, a su vez, el viejo dogma de las nacionalidades. Así pues, no hay un orden espiritual capaz de amparar bajo su bóveda la unidad de esta Europa, cuya victoria a mediados del XVII posibilitó a la vez su asombroso desarrollo tecno-económico y su doloroso hundimiento espiritual.

Se ha escrito que aquella España derrotada del siglo XVII “no tenía corrompido el corazón…”. Por el contrario la corrupción actual cala hasta la médula de nuestra íntima constitución, trasciende del Estado a la vida social, de la administración a la familia, de la empresa a los contactos. Alarmados estamos por el impúdico robo al que se nos ha sometido desde la estructura misma del Estado, porque elemento fundamental de esa estructura son los partidos políticos. Pero el latrocinio sistemático esconde una más honda corrupción.

Son numerosos los rostros que pudieran figurar como emblema de la corrupción económica. Sin embargo: por su liberalismo estrechamente tecnoeconómico, por su defensa instrumental de la familia como medio de reducción del gasto social, por su programa de educación llamado bilingüe, que de hecho significa devaluación de contenidos y promoción del inglés etc. Por todo esto y mucho más sólo hay un símbolo de la corrupción abismal y profunda que nos consume: el compungido rostro de Esperanza Aguirre.

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