Los liderazgos del fracaso
domingo 29 de junio de 2008, 18:51h
Hay dos problemas con los liderazgos políticos cuando los líderes llegan al gobierno. En el plano de las políticas económicas, a veces se obstinan en reinventar la teoría económica o en avanzar ciegamente en contra de toda evidencia del mundo real. En el plano institucional, a veces ocurre que se orientan por una lógica del poder que considera que se trata de un recurso indivisible y absoluto: si se pierde una cuota de él, por pequeña que sea, es como si se lo hubiera perdido todo.
Esas dos variantes de los liderazgos políticos aparecen con frecuencia en América Latina. Sería injusto atribuir esa característica a esta región del mundo de una manera exclusiva; en muchas otras partes esos fenómenos son conocidos -inclusive en Europa-. Pero en América Latina esa propensión es tan recurrente que tal vez exige una explicación.
Sin duda, la explicación debe buscarse en parte en la profunda desigualdad distributiva que prevalece en casi todas las sociedades de América Latina. En un contexto de creciente incorporación política de toda la población, de altísima densidad comunicacional y de fácil acceso a numerosas fuentes de información, los sectores sociales económicamente marginados o postergados tienden a preferir liderazgos capaces de desafiar al status quo, contra viento y marea. Otra línea de explicación -que no excluye a la anterior- tiene que ver con las tradiciones y la cultura política de sociedades que raramente lograron establecer un orden político sostenido en instituciones legítimas y el ejercicio del poder limitado por esas instituciones.
Además, también puede pensarse que las economías latinoamericanas han sido más vulnerables a los ciclos económicos mundiales y los fuertes vaivenes de los mercados financieros, estando -como suelen estarlo- muy expuestas a la súbita entrada y salida de capitales, diferencias hondas en tasas de interés locales frente a las internacionales y cambios pronunciados en las tendencias de los términos de intercambio. No es que el resto del mundo esté exento de esos riesgos; en las últimas décadas, algunas naciones de Asia han sufrido los efectos de estas variables y en África ello es casi tan común como en América Latina. Pero en los países de esta región, a diferencia de lo que ocurre en gran parte de Africa, en las propias sociedades están muy extendidas las expectativas de gobiernos más institucionales y previsibles; el mundo desarrollado tiende a compartir tales expectativas.
Más allá de las explicaciones y los análisis comparativos, hay quienes se preguntan si tales características de los liderazgos políticos son efectivamente tan problemáticas. No es infrecuente oír a eminentes expertos o comentaristas europeos o norteamericanos la defensa de líderes latinoamericanos sobre la base de que, si fuesen más ‘normales’, adoptarían más ciegamente las recetas macroeconómicas y los modelos institucionales que les proponen el primer mundo, sus elites y las organizaciones que las representan. Académicos, intelectuales, especialistas de muy alto rango, suelen predicar las virtudes de regímenes políticos que generan incertidumbre económica, despilfarran recursos, aíslan a sus economías de los flujos comerciales y financieros internacionales y procuran adueñarse del poder político en la medida más absoluta que les resulta posible.
Lo característico de estos liderazgos que son eventualmente respaldados y aceptados por buena parte de la población en muchos países -hoy en día, por ejemplo, en Venezuela, Nicaragua, Ecuador, Bolivia, Argentina, anteriormente en Cuba- es que además cuentan con algún respaldo, que a veces no es menor, en esos estratos de las elites primermundistas que acogen con entusiasmo en América Latina lo que no parecen estar propugnando en sus propios países.
La idea de que la economía es pura ideología y el poder un recurso no negociable es antigua. Renace una y otra vez, en forma cíclica, en todo el mundo. Con frecuencia, las naciones que -en el contexto de cada ciclo y de cada época- toman ventaja en su desarrollo y en su capacidad de generar bienestar para su población, son aquellas en las que los líderes -modestamente o no, con mayor o menor flexibilidad- se subordinan al saber establecido y entienden el ejercicio del poder como un juego que no suma cero, un camino hacia los consensos posibles.
Todos los problemas pueden ser abordados con respuestas alternativas. Distintas instituciones pueden servir los mismos propósitos. Lo que no parece viable es distribuir lo que no hay, aspirar al crecimiento económico cuando no hay inversiones, pretender que los precios no aumenten aunque la demanda supere a la oferta, o gobernar las sociedades haciendo caso omiso de las preferencias y la voluntad de partes importantes de la población.
Sin duda, es posible intentarlo -está a la vista-. Pero el fracaso está casi asegurado, más pronto o más tarde. Por lo común, se lo posterga si se dispone de recursos de poder suficientes para imponer a las sociedades un régimen de gobierno férreamente autoritario. Eso a veces ocurre, pero no es frecuente. El fracaso que entonces sobreviene golpea duramente a todos los que lo padecen, hayan o no apoyado a quienes lideraron el camino hacia él. Es el éxito pírrico de esa curiosa coalición implícita que se forma entre las vastas masas desamparadas de muchas naciones y las elites del primer mundo que cultivan ideales inviables.
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Sociólogo y analista político
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