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NOVELA

Antonio Iturbe: A cielo abierto

domingo 07 de mayo de 2017, 19:24h
Antonio Iturbe: A cielo abierto

Premio Biblioteca Breve 2017. Seix Barral. Barcelona, 2017. 624 páginas. 21,90 €. Libro electrónico: 12,99 €. Épicas aventuras exteriores, sin olvidar las interiores, en esta más que amena novela llena de brío que se centra en la figura de Antoine de Saint-Exupéry, mucho más que autor de "El principito", y en los comienzos de la aviación comercial. Por Carmen R. Santos

En A cielo abierto leemos: “Olivier, no debes sufrir por mí. Piensa que un piloto que muere en vuelo llega al cielo antes. ¡Ya tiene la mitad del camino hecho!”. Entre bromas y veras, habla así Antoine de Saint-Exupéry, quien el 31 de julio de 1944, poco antes de las nueve de la mañana, despegó de Bastia, base aérea de Córcega, pilotando un Lockheed P-38 Lightning, poderoso caza que, en consonancia con su nombre, vuela a la velocidad de un relámpago. El comandante Saint-Exupéry iba en misión de reconocimiento con el objetivo de recopilar información sobre los movimientos del ejército hitleriano en el valle del Ródano y su entorno antes de la toma del sur de Francia por parte de los aliados. Pero el autor de la célebre nouvelle El principito nunca regresó. Se dio su avión por desaparecido y su cadáver no se encontró. Muerto a los cuarenta y cuatro años, y ya publicado El principito, el extraño suceso acrecentó la leyenda del escritor y piloto, al que su país, Francia, entre otros reconocimientos, dedicó un sello y un billete conmemorativos.

Pero cuando Tonio o Saint-Ex, como le llamaban muchas veces sus amigos -y se titula un biopic dirigido en 1996 por Anand Tucke y protagonizado por Bruno Ganz-, pronuncia esas palabras todavía quedaba mucho tiempo hasta ese aciago día de 1944. Estamos a comienzos de los años veinte del pasado siglo y Antoine corteja a la bella y caprichosa Louise de Vilmorin, hermana de Olivier, que cuenta con un enjambre de admiradores. Loulou fue su primer gran amor, con la que llegó a comprometerse, si bien el enlace jamás se celebró. Aunque Saint-Exupéry tuvo una vida sentimental agitada, incluido un turbulento matrimonio con la salvadoreña Consuelo Suncín-Sandoval Zeceña, que lo cuenta en Memorias de la rosa -manuscrito de rocambolesca historia, llegándose a dudar de su autenticidad-, en absoluto olvidó a Loulou.

Así, es en esos años del inicio de la década de los veinte cuando empieza A cielo abierto, novela con la que el escritor, periodista cultural y profesor Antonio Iturbe -nacido en Zaragoza en 1967 y afincado en Barcelona, autor de La bibliotecaria de Auschwitz y de la serie de libros infantiles Los casos del Inspector Cito, entre otras obras-, se ha alzado justamente con el Premio Biblioteca Breve 2017. Iturbe recrea el devenir de Antoine Saint-Exupéry ofreciéndonos un logrado retrato de tan atractiva figura, que es mucho más que el autor de El principito, por mucho que este haya eclipsado un tanto títulos que no merecen postergarse como Vuelo nocturno o Tierra de hombres, entre otros. Bienvenido sea el interés por la trayectoria y personalidad de Saint-Exupéry, sobre el que el pasado año se publicó una biografía, Aviones de papel, de Montserrat Morata, que consiguió también un galardón, en este caso como finalista del Premio Stella Maris de Biografías y Memorias.

En A cielo abierto subyace una imprescindible labor de documentación sobre el protagonista -y muchos de los personajes que le circundan, también reales-, la época y el mundo de la aviación, que otorga verosimilitud a la novela. Pero lo decisivo es cómo se maneja ese material para que no se convierta en un fardo o en mero alarde erudito. Iturbe no cae en ningún momento en ello al brindarnos una novela no solo amena, sino llena de brío, empapada de vitalismo, de amor a la vida. De esa pasión por la vida que caracterizó a Saint-Exupéry, más allá de sus etapas de desánimo, de dudas, como cuando Loulou se casa con otro: “No lo invitaron y eso le ahorró a Tonio un mal trago. Hace tiempo que todos los tragos le saben a flores muertas, como si se bebiera el agua de los floreros. Durante semanas, deambula por las calles con zapatos de plomo. Sus bolsillos están agujereados. Ha de escribir de nuevo a su madre para que le adelante algo y eso lo pone aún más melancólico. Camina y camina sin un propósito definido, con una vaga esperanza de que al doblar una esquina todo cambie. ¿Y si al doblar la siguiente calle sucede algo? No sucede. Pero ¿y si ocurre en la siguiente?”.

Por eso nunca hay que darse por vencido. Muy elocuente es la escena en la que un soldado le pregunta a Saint-Exupéry: “-¿Ordena alguna cosa más, mi alférez?” Y le responde. “-Desde luego… El muchacho esperó expectante. -¡Le ordeno que ame la vida!”. De ahí que el vitalismo de Saint-Exupéry, que Iturbe transmite a la perfección, no cuadre con la hipótesis lanzada en alguna ocasión de que se suicidara.

Y, junto a Saint-Exupéry, se encuentran sus amigos Jean Mermoz y Henri Guillaumet -a quien dedica Tierra de hombres-, pioneros los tres de la aviación comercial, que como “carteros del aire” se atreven a realizar vuelos nocturnos ante el asombro y la incredulidad de todos, si bien imponen finalmente su criterio: “Ya nadie se ríe de la pretensión de la Aeropostale de establecer líneas aéreas civiles que vuelen de noche. Algunas compañías de otros países incluso empiezan a considerarlo. Hay quienes lo ven como un camino de sufrimiento que traerá más accidentes y más tragedias. Otros lo ven como un paso firme hacia el futuro de la aviación comercial que está naciendo. Ninguno se equivoca”.

El trío de amigos transita por diversos y numerosos escenarios de varios continentes en el relato de sus peripecias que resulta una novela de aventuras épicas, sin abandonar la aventura interior, la exploración de sentimientos y caracteres, con la contraposición de las personalidades de los tres amigos y de un Saint-Exupéry que se pregunta: “¿Quién es uno mismo? ¿El ser social con cascabeles cosidos a la ropa que uno agita cuando se relaciona con los demás o el ser silencioso, enroscado hacia adentro, en que nos convertimos cuando nos quedamos solos?”. Quizá Saint-Exupéry halló la respuesta pilotando su avión. Y nosotros con él leyendo A cielo abierto.

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