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TRIBUNA

Europa y las Europas

jueves 11 de mayo de 2017, 18:06h

Toda una Europa – dicen que moderada y biempensante – ha respirado con alivio tras la victoria de Macron en las elecciones francesas. Satanizado el Frente Nacional, su victoria parecía significar el ocaso de Europa. Pero sucede que Europa se dice de muchas maneras y no es lo mismo la Europa de Le Pen que la de Macron, la de Podemos que la vieja Europa cristiana...

Ante el terror pánico de algunos se apuntó – una vez más – el carácter fascista del partido de Le Pen. Aquí sorprendió Jorge Vestrynge negando que el Frente Nacional de Francia mereciera semejante atributo. No vale la pena la rectificación porque no es una calificación determinada, sino un simple proyectil. Supongo que entre nosotros se utilizó en tiempos “rojo” de modo semejante, sin que sirviera de nada ensayar distinciones.

Pero el de Populismo es el sambenito que preferentemente se cuelga a todo programa que pretenda una rectificación profunda de la política hegemónica en Europa. Populista el Frente Nacional, pero populista también Podemos. Populismos, se dice, de izquierda y de derecha, cuando resulta que el voto de la clase trabajadora francesa se ha dirigido, en muy notable porcentaje, a esa derecha; o cuando hay un importante sector de microburgueses que votan a Podemos. Pequeños burgueses e ilustrados, bien encauzados por la vereda de la corrección política.

Un gesto parece distinguir a unos y otros populismos: Le Pen, pero también Macron, pueden gritar sin esconder el rostro ¡Vive la France!. En España no hay dirigente de Podemos que grite ¡Viva España!. Acaso sea eso lo que separa al populismo de derechas del populismo de izquierdas. La nación es para éstos, al parecer, un ideologema derechista. De ser así, habría oscurecido muchas conciencias comunistas y anarquistas antes de la guerra, cuando todavía cabía juzgarse patriota español y de izquierdas.

Frente al particularismo identitario tenemos que la Europa hegemónica, reafirmada con la victoria de Monsieur Macron, aparece como una Europa universalista, siquiera sea según ese “universalismo estrecho” (G. Chesterton) que suele llamarse cosmopolitismo. Es la Europa del comercio mundial, de las inversiones planetarias, de la producción fragmentada y deslocalizada que en competencia con áreas de una asombrosa productividad, fuerza la reducción del gasto público, induce el descenso salarial y asume fuerza de trabajo de bajo coste en forma de una inmigración masiva... Es la Europa de la burocracia económica y administrativa para la que la unidad espiritual de Europa es sólo una consigna metafísica. Europa está ya unida por sus intereses técnicos y económicos frente a terceros, el resto es nada.

Frente a este universalismo estrecho del comercio, la industria y las finanzas mundiales, algunos parecen recuperar una actitud proteccionista, que se orienta a reducir la porosidad de las fronteras para los hombres, pero también para otras mercancías. Ése parecía ser el sentido de los ampulosos gestos y graves promesas del presidente Trump o de las ideas contenidas en el programa del Frente Nacional de Marine Le Pen. Un proteccionismo económico acompañado de un énfasis relativo a la pertenencia a la nación, que discurre en términos de defensa de la cultura y del valor de la propia identidad.

En España el populismo merecería un índice de izquierda, una vez que Vox se reduce a simple anécdota electoral. Y así, entre nosotros la respuesta populista al estrecho universalismo de la Europa hegemónica no concluye en exaltación de la nación y en reclamación de la identidad. La izquierda española no sabe qué hacer con la nación a la que tiende, con facilidad, a declarar inexistente, inclinándose hacia un paradójico federalismo que busca reunir lo que ya está unido.

Los más finos apuntan a una universalidad fundada en una soñada cultura europea que, au dessus de la mêlée, sirviera de base espiritual a la unidad de Europa. Una idea que – esgrimida por pequeños grupos de intelectuales pacifistas durante la segunda guerra mundial – puede darse por fracasada. El signo de ese fracaso bien pudo ser el trágico final de S. Zweig. Por el contrario, la idea de cultura sirvió de fundamento a las construcciones nacionales frente al residual universalismo cristiano. Lo que esa pretendida cultura europea tiene de tal, es decir, de universal es lo que resta de contenidos cristianos: desde las catedrales góticas a las misas de Mozart, de las desaparecidas ceremonias universitarias a los extintos elementos de la cortesía caballeresca.

¿Pero cabe oponer al universalismo estrecho del mercado mundial, que la actual Unión Europea representa, un universalismo amplio?. ¿Podría el socialismo del siglo XXI trascender su angosta definición político-económica? ¿O acaso, y desde España, podría oponerse a la globalización el viejo universalismo que todavía late bajo la idea de Hispanidad? No tengo respuesta a estas graves cuestiones, aunque guardo simpatías y distancias. Me consta, sin embargo, que son muchos los que responderían pronta y afirmativamente a unas o a otras. Dicen que el pesimismo es reaccionario y acaso sea cierto. El optimismo puede ser letal.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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