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TRIBUNA

Desde la Ética al muladar

sábado 13 de mayo de 2017, 19:25h
Actualizado el: 13/05/2017 19:53h

En los albores de la Transición, tiempos de Ética, Torcuato Fernández Miranda, hombre excepcional, proclamaba que había que ir de la ley a la ley. Sin pagar tanto, consiguió la auto-disolución de las Cortes franquistas con la Ley para la Reforma Política y luego vino el consenso, Pactos de la Moncloa, Constitución y una frondosa etapa de cambios y modernización de España.

No siempre cualquier tiempo pasado fue mejor. La Ética comenzó a ser enterrada en las postrimerías del felipismo, cuando Juan Guerra ascendió a categoría de fraile saludador, su hermano Alfonso proclamó la muerte de Montesquieu, los fondos reservados los apañaba a su gusto Rafael Vera y Roldán nadaba en la abundancia.

Por el primer quinquenio de los noventa, andaba de conseguidor un descendiente de Cristóbal Colón. Alguien, de alta cuna y bajas camas, estaba dando la nota, para que toda la orquesta se sincronizara. Habían puesto una vela a Dios, dos a Príapo y el resto del candelario a Mercurio. Y les iba bien, sus asuntos marchaban con prosperidad, a la chita callando y de oca en oca.

Desde aquellos pagos, hemos llegado a estos muladares: la realeza, de alta escuela, en el banquillo, junto al proteico Matas; un Vicepresidente del Gobierno, varios presidentes de gobernillos, los catalanes tan españoles como los de Madrid y Sevilla, y algún otro que puede estar al caer, todos arrastrados por los Juzgados de lo penal y miserable, de gentes sin escrúpulos y vocación de llegar a ser duque de Lerma, o de Uceda.

Cuando un partido tiene la desfachatez de imponer un corrupto en sus listas cerradas, toda la estructura ha fracasado, porque sus órganos internos han sido incompetentes para hacer la selección, o corregir, sobre la marcha y en su origen, la desviación sobrevenida. Cada corrupto delata un estado de corrupción interna generalizada, bien por omisión, bien por comisión…

Pese a ello, la Ética, no la Moral, está enraizada en la naturaleza misma del hombre. Éste es un ser bio-psico-social-espiritual. La dimensión ética se asienta en la constitución social de cada persona y surge del contexto social, por la tendencia mimética, imitadora, de cada uno, el deseo de aprobación y, en sentido negativo, la repugnancia que nos produce el rechazo social.

Cada grupo tiene su personalidad colectiva y líderes referentes: hay un ideal al que aspira, una razón de ser, que determina nomas y procedimientos idóneos para su consecución; líderes referentes; y sobre todo, el grupo tiene el control social de la acción y evolución en curso. Consecuencia de todo ello, son las sanciones que el grupo aplica internamente, o debe.

Dentro de ese encuadre, cada persona es capaz de prever las consecuencias de su acción; puede hacer juicios de valor, calibrar sus acciones como buenas o malas, en relación a la razón de ser del grupo, el encaje con sus referentes internos y códigos. Y, claro está, puede optar: es libre de elegir qué alternativa sea más oportuna en orden al objetivo del grupo, más respetuosa con sus pautas y más coherente con su estilo de conducta.

Si vale la metáfora, la esquizofrenia de la corrupción arranca del hecho que los partidos políticos tienen doble personalidad: la pública, que venden en los mítines, arropada por su correspondiente ideología e imagen corporativa. Y la tácita, oculta, políticamente incorrecta y vergonzante, que consiste en la sindicación de intereses de personajes ambiciosos.

Sin invadir el campo de la Sociología y procurando no incurrir en generalizaciones, entre los integrantes de los partidos, hay ineptos para la brega profesional diaria, que no soportan a un jefe con nombre y apellidos y van a ocultarse bajo el anonimato de un jefe impersonal y etéreo como el estatal. Otros ya han fracasado en su profesión y buscan, subrepticiamente, el paraguas del Estado como compensación psicológica y nicho donde dar curso a su avaricia frustrada. Y también hay quienes son psicopáticos, que convierten en ley sus deseos y ambiciones. Todos ellos configuran la personalidad oculta, los malos que operan en la sombra.

Y muchos otros políticos, muchísimos, honestos y crédulos respecto a la personalidad pública del partido, e incluso incautos, son devotos de ideas y principios. Estos trabajan con honradez en pro de sus ideales, sin preocuparse sobre la calaña del resto de conmilitones y constituyen la personalidad pública del partido, su cara buena, la que convence a los votantes.

Al interior de cada partido, vuelve a ser verdad la máxima de similes similibus curantur, unos por taimados y otros por ingenuos. Los malos casi siempre vencen a los buenos, porque siempre son más precavidos y, tal vez, maquiavélicos. La razón de ser del partido no les importa, ellos van persiguiendo sus intereses: enriquecerse, medrar, conseguir honores y fama, asegurar su futuro, el de sus hijos y nietos, etc. Dentro del partido, enredan y se encaraman al poder, adueñándose de sus resortes. Así, protegen su praxis. Dijéramos: si el poder soy yo, quién contra mí. Cuando estalla algún caso (no mucho más del 10%, según la Estadística), los cándidos se caen del guindo, igual que la ciudadanía, con la culpa añadida de haber sido lelos y la vergüenza de quedar afectados por la felonía de su conmilitón.

Sin embargo, la ética sigue siendo consustancial a la naturaleza humana. En primer lugar, cada persona tiene una intuición de lo que está bien y mal (Hutcheson), una voz interior inmediata que nos avisa, si queremos escucharla. Esta intuición sobre el bien y el mal está asociada a sentimientos básicos como la empatía, la compasión y el amor. Sentimientos con cara social.

A su vez, la intuición debe estar de acuerdo con la autoridad, que no es igual que potestad. Ésta es externa a la persona y se plasma a través de medios coercitivos y de presión para forzar conductas. La autoridad, en cambio, es la condición de autor, forma parte del authentés que habita al interior de cada ser humano y lo hace un ser único, original, genuino. El authentés está asociado a otro sentimiento radical: el amor propio, base de la autoestima. Si en estos tejidos íntimos hay coherencia, la conducta ética está asegurada. El problema se plantea cuando el individuo está enajenado y opera en virtud de dependencias externas, que nada tienen que ver con él, como el lujo, la rivalidad, la preponderancia, el consumismo, etc.

Por otra parte, la conciencia reflexiva genera la libertad autodeterminante: el gobierno de uno mismo, a ser posible estoico, que ha de ser consciente de los propios límites, el servicio a prestar y los derechos ajenos. Esa libertad embridada, igual que la línea del horizonte no es tierra ni cielo pero los deslinda, se mueve dentro de un orden y con respeto a los demás.

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