Más de lo mismo, siempre En una página referida a la historia de nuestro planeta y cuyo estilo condesciende a lo irónicamente británico, el brillante y paradojal Gilbert Keith Chesterton aventura la sospecha de que la civilización puede ser una etapa transitoria y acaso episódica de la azarosa evolución del género humano y que este puede recaer en su antigua barbarie. El desierto invadirá las grandes ciudades, el perro volverá a ser un lobo y el hombre un salvaje. Sin caer en un dramático pesimismo, el tiempo parece darle la razón. No obstante, los teólogos de la Iglesia Católica, a la que adhirió fervientemente el autor de El hombre que fue jueves, afirman que el universo es una continua creación de la Mente Divina y que nuestro deber común es rescatar esa otra creación que nos ha sido concedida, “la cultura”, siempre amenazada -y a veces salvada por obra y gracia de algunos pocos hombres de buena voluntad-. En esa misma época, el frenético Friedrich Wilhelm Nietzsche esbozó su tesis del eterno retorno, a la que, junto a una barbarie que ahora aumenta cotidianamente con sórdidos hechos policiales casi incalificables, venimos incurriendo los argentinos desde épocas inmemoriales. Repetición que nos hunde cada vez más y nos sigue haciendo tropezar tiempo con la repetida piedra; un histórico y empecinado hábito que nos entorpece el camino.
Si uno mira la involución económica de la Argentina, por ejemplo, cada día con agravantes más insuperables, comprueba que desde hace décadas, viene aferrada a esas incomodas crisis que van desde la alta inflación, hasta la mega inflación e hiperinflación (recorrido invariable a lo largo de décadas). Tampoco es raro no encontrar numerosos defaults de esas deudas que han terminado en confiscaciones de depósitos bancarios, algún que otro embargo al Estado, pesificaciones y aumentos impositivos transitorios que, inapelablemente, se transformaron en permanentes y aún siguen escarbando el bolsillo del indefenso contribuyente.
Aventuremos un periférico repaso con datos no menos concretos que sorprendentes que, como molesto memorioso, me permito traer a cuento, y sumergen en la perplejidad al ciudadano más optimista. El controvertido “impuesto a las ganancias”, verbigracia, es tan añejo como un áspero coñac de Armañac o un jerez de la Frontera, ya que nació allá por 1930 como “un impuesto al rédito” y fue en aquel momento un llamado impuesto de emergencia; Es decir que, groseramente, vivimos en emergencia desde hace nada menos que 80 insuperables años. En cuanto al “IVA” (sigla de impuesto sobre el valor añadido, o de impuesto sobre el valor agregado), esa carga fiscal sobre el consumo; es decir, financiada por el indefenso consumidor, aplicado en muchos países y generalizado en la Unión Europea, tan excesivo como inapelable, fue aumentado transitoriamente en 1995 por la muy famosa (y lejana de la República Argentina) “crisis del tequila” (obviamente mexicana), que repercutió aquí, como un tambor de hojalata, continuando aún con pocos divertidos niveles de perpetuidad.
Otro disparate es el famoso “impuesto al cheque”, engendrado en 2001 como un impuesto transitorio para cubrir un déficit previsional, del que fue directa responsable toda la dirigencia, y que ya lleva 16 adolescentes años de vida y está a un paso de pasar a la adultez. Esquizofrénico y burdo resulta también el “derecho de exportación” que fue establecido, también provisionalmente en 2002 y tiene una dilatada y alegre vida de 14 años y está a punto de pasar de la niñez a la pubertad. En definitiva -y para evitar cualquier eufemismo- el incólume Estado se ha ido transformando en un escamoteador perverso y profesional del sector productivo de la economía. Y con estas incongruentes locuacidades no hay país que funcione.
Todos los ciudadanos sabemos que la causa de los defaults, acarreados por confiscaciones de depósitos, hiperinflación y endeudamiento, tienen una raíz cuyo nombre preciso es “gasto público”, esa vaca sagrada que nadie se anima a tocar porque supuestamente es políticamente incorrecto o inviable hacerlo. Pero, como la vida política y económica de la Argentina es una anomalía inmodificable, si uno mira la evolución del gasto público consolidado (o sea el gasto de la nación, las provincias y los municipios) con relación al PBI (Producto Bruto Interno) puede ver que en 1979, “ese coqueto gasto público consolidado” representaba casi el 30 por ciento del PBI y que, en 2016, llegó al increíble 48 por ciento. Vale decir que a lo largo de las décadas del ‘80 y del ‘90 ese esperpento se mantuvo en el orden del 30 hasta el 35 por ciento del PBI y en esos períodos se soportaron pestes de defaults, megainflaciones, ahorros forzosos, aumentos del IVA, otra vez defaults y demás yerbas por el estilo, que han seguido, perseguido y, sin duda lo seguirán haciendo, al pobre ciudadano, rehén permanente de tecnócratas, dirigencias políticas y corporativas.
No vayamos tan atrás en nuestro memorioso repaso. En 2001 “el gasto público consolidado” estaba en el orden (o en el desorden) del 37 por ciento del PBI y no pudo ser reducido provocando, entre otras cosas, un desbarajuste tal que se llevó puesto a un gobierno. Cuando se acabó el financiamiento externo (o quizá eterno) estalló todo por los aires y terminamos en la confiscación de los depósitos y con una crisis institucional que aún da coletazos de tan viva que está o como un perrito faldero sigue dando tarascones. La pregunta es: ¿por qué si en 2001 el gasto público no pudo ser financiado cuando representaba el 35 por ciento del PBI, ahora que está en el 48 por ciento sí va a poder ser financiado? Sin ser especialista en la materia, con una simple dosis de sentido común formulo la pregunta esa pregunta del millón.
Vayamos ahora a lo estrictamente actual. Los funCEOnarios del gobierno macrista apuestan ahora a que congelando el gasto público en valores constantes; esto es, que no suba nominalmente más que la inflación y con una economía en crecimiento, fantasiosamente calculada entre 3 y el 4 por ciento anual, crecerá la recaudación y el déficit fiscal bajará del 4 por ciento durante este año al 2,2 por ciento en un remoto 2019. Todo esto suponiendo que hoy el déficit fiscal mantenga una estabilidad del orden del 8 por ciento del PBI (algo definitivamente imposible de imaginar en una mente corriente, salvo que lo hagamos en términos de ciencia ficción; es decir, de H. P. Lovestcraft o Ray Bradbury). Lo asombroso –o no tanto- es que, por el momento, no se están cumpliendo ninguno de los requisitos para que se produzca la anhelada baja.
Sigamos con otro asunto no menos enojoso y vayamos a un cálculo elemental. Si la economía todavía no crece a ese ritmo que previenen los extravagantes expertos y la recaudación aumenta por debajo de la inflación y el gasto aumenta por encima de la inflación (al menos esto es lo ocurrido en los dos primeros meses de 2017). Los números, mal que le pesen al gobierno y a sus “especialistas”, dan justo al revés y el déficit fiscal sigue creciendo en un desmesurado 80 por ciento al compararse el primer bimestre de este año versus el mismo bimestre de 2016. ¡Parece mentira, pero nada cierra y, oh, incongruencia otra vez!
La pregunta que no responden los economistas tirios ni troyanos es: ¿por qué insistimos en no bajar el gasto público si sabemos que siempre termina mal la historia de querer evitarlo (por supuesto con evasivas insolventes que parecen formuladas en papel de calcar)? ¿Por qué se piensa que el gasto va a ser licuado por el aumento del PBI (disparatadamente) si la historia demuestra que el gasto público termina licuando al sector privado a tal nivel que ya no puede financiarlo el Estado? Y otra vez la idéntica piedra por delante.
De esta manera la democracia argentina se ha transformado en una contradictoria competencia populista en la que aquel que más gasto público promete, más votos obtiene. Esta puja consiste en tratar de exprimir a unos pocos con una feroz carga impositiva para redistribuir esos ingresos entre amplios sectores de la sociedad (¿?). El cálculo es que “los votos que pierdo por imponer una carga tributaria exagerada son más que compensados con los votos que gano redistribuyendo el fruto del trabajo ajeno”. ¡Linda reflexión con brutales resultados!, para nosotros, digo…
Los empecinados números, sin embargo, dicen que aproximadamente 8 millones de personas que trabajan en el sector privado con sus correspondientes impuestos en blanco tienen que sostener a 20 millones de parásitos que reciben mensualmente un cheque del Estado (empleados públicos nacionales, provinciales y municipales, jubilados, pensionados, planes sociales, etc.). Si uno propone reducir la cantidad de empleados públicos o ponerle un límite de tiempo y monto a los planes sociales es tratado de insensible. ¿Cómo van a sobrevivir esas personas sin el dinero que les da el Estado? Ahora bien, ¿por qué se insiste en no bajar el gasto público si sabemos que siempre termina mal la historia de querer evitarlo?
Pues bien, amigos míos, ya no se trata de conceptos de izquierda o de derecha, de liberalismo, neoliberalismo o populismo, sino de riguroso realismo, pues comprobamos que groseramente una parte importante de la dirigencia política ha tomado esta actividad como un negocio y que el Estado no les puede proporcionar ningún dinero propio porque no lo tiene. En todo caso le da el dinero que le quita (nos quita) al ciudadano común y nadie parece preguntarse cómo va a sobrevivir ese pobre contribuyente sosteniendo semejante peso del gasto público, sin excluirlos a esos “pícaros” que cobran sueldos exorbitantes y viven de nuestra costilla. Un reciente editorial del diario La Nación, menos informativo que alarmante, puso el grito en el cielo ante este foso económico que se sigue agrandando de manera irremediable con la actual administración.
Esta desmesurada competencia por redistribuir ingresos siempre es presentada como un acto de solidaridad social, como si los dirigentes políticos tuviesen el monopolio de la solidaridad y el resto de los ciudadanos fuesen unos insanos egoístas que disfrutan al ver a la gente en la pobreza. ¡Ah, muchachos, muchachos, con este cuentito no vamos a ningún lado y el tren seguirá descarrillándose en la misma vía! La dirigencia política y sus correspondientes tecnócratas de turno, de cualquier signo, nos quieren seguir vendiendo –una vez más- el argumento de que ellos son los buenos de la película y el resto somos los malos. Que unos son pobres porque otros son ricos, de manera que ellos han venido a este mundo a restablecer la justicia. Una justicia, aclaremos, que mata con impuestos a la otra parte de la sociedad para redistribuirla (cosa que no sucede en la práctica), entre los más humildes. Y con estas ecuaciones, sin duda, la pobreza seguirá aumentando; más y más.
El resultado de este relato (en los anteriores y en los actuales gobernantes), es que la fenomenal carga tributaria espanta las inversiones del exterior, que son esperadas como gloriosas panaceas, que no llegan ni llegarán porque las garantías jurídicas y estos desajustes no respaldan a nadie ni a nada. Y menos aún a los almaceneros internacionales, que obviamente no apuestan un solo dólar a perdedor; porque no son zonzos, claro. La justicia es aquí una corporación más y, en la realidad, hay cada vez menos puestos de trabajo en el sector privado y más gente viviendo del empleo público y de los subsidios. Esto incluye municipios y provincias –o sea a toda la Nación Argentina- y, como se invierte poco en el orden local debido a la inestabilidad de los precios, la riqueza generada sobre la que se aplica la carga tributaria es cada vez menor; por consiguiente, hay cada vez menos para redistribuir. Con lo cual siempre terminamos en una crisis fiscal, sea por default, devaluación, mega inflación o estanflación, como ahora. ¡Aquí, compañeros, estamos y hacia allá siempre vamos y, como la vaca empantanada, nos enterramos cada vez más en el lodazal con cada corcovo! Y, los unos y los otros, siempre embromados… Y hasta tomados por pobres imbéciles que no entendemos nada.
Pero cuando el organismo está debilitado y funcional mal, la infección aparece en cualquier órgano. La frutilla del postre, como se dice en la jerga popular, se dio la pasada semana cuando un combate soterrado entre el derecho y la oportunidad removió toda la endeble estructura social de la Argentina. En la superficie de tantos combates, asiduos e incómodos, reapareció el conflicto por la espantosa violencia que sacudió al país en la década ‘70. El derecho en su concepción más liberal y estricta, aplicada por una mayoría de jueces de la Corte Suprema de Justicia, hizo valer una legalidad puesta hoy en acerada discusión para dar por cumplida la pena de algunos condenados por “delitos de lesa humanidad”. El Gobierno estaba buscando un mecanismo jurídico o legislativo para resolver los casos de militares ancianos y enfermos que están presos en cárceles comunes y eso derivó en un verdadero escándalo político, ya que la decisión de la Corte Suprema, y la multitudinaria manifestación social en contra de ella, dejó sin margen al Gobierno y al máximo tribunal para avanzar en esa solución. Melancólicamente, a 41 años del golpe de Estado de 1976, la castigada Argentina no ha podido elaborar un modo de superar ese pasado y suturar las viejas heridas. El péndulo de la revisión de ese ayer sombrío sigue oscilando de uno a otro extremo durante los últimos 33 años de democracia. Y, de manera absurda, se intentan apagar incendios arrojando más nafta.
En la medida en que la incongruente dirigencia, devenida en perversas corporaciones mafiosas en algunos casos, siga pensando en sus particulares intereses, o en el resultado de las próximas elecciones y no piensen en una forma de unidad social de mediano y largo plazo, la democracia seguirá siendo “una burda competencia populista” destructora de la riqueza que se genera con el trabajo y la producción. Es decir, una máquina de generar pobres debido a que el Estado seguirá destruyendo al sector privado. El que realmente genera riqueza. La inseguridad en tanto crece (cada ciudadano está en lista de espera para que lo asalten, lo secuestren o lo asesinen), la corrupción continúa y, por consiguiente, cada día la calidad de vida se deteriora de un modo cada vez más alarmante. Moraleja: seguimos cayendo en la antigua barbarie que aterraba a Chesterton. Más de lo mismo, siempre. ¿Y acaso por siempre? Duele decirlo, pero no queda más remedio: ¿por esto nos molestamos en votar?