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TRIBUNA

Nación sentimental

jueves 18 de mayo de 2017, 19:55h

“Vamos a ver Pedro ¿sabes lo que es una nación?... Pues es un sentimiento que tiene muchísima ciudadanía.”

Hace unos días pudimos conocer en directo el grado de estúpida complacencia con que nuestros representantes pretenden gobernarnos. Es cierto que hace mucho tiempo que vivimos en un parque temático que, como tal, es admirable: logra mejorar sus marcas de afluencia de turistas año tras año. El problema resulta cuando reparamos en que un parque temático no es humanamente habitable porque consiste, al fin y al cabo, en escenarios de cartón piedra, en una sucesión de espectáculos que buscan inducir emociones y sentimientos de modo artificial.

El prohombre Sánchez no titubea – en el ambiente de sentimentalismo dominante – al reducir la nación a un sentimiento. El himno del Barça se arranca señalando que todo el campo es un clan pero nadie dudará que la pertenencia al clan no es cosa de sentimiento, sino que está definida por estrictas relaciones de linaje y parentesco. Puedes no querer ser hermano de tu hermano, ante el que te sientes como un extraño, pero tu sentimiento no afecta a la consistencia objetiva de la relación. Discúlpenme la simpleza, pero hemos llegado a un grado de estupidez que hace necesario manifestar evidencias. Se juzgará positiva o negativamente que un sentimiento de veneración o de orgullo acompañe tu pertenencia a la nación, pero en ningún caso el sentimiento define tu nacionalidad. Si el buen Sánchez hubiera acabado la frase, acaso habría dicho que la nación es un sentimiento que tienen muchos ciudadanos españoles en Cataluña o País Vasco, por ejemplo.

Hemos de entender que en el debate se trataba de la nación política española, puesto que los polemistas hablaban en su calidad de candidatos a la secretaría general del PSOE – uno de los dos partidos que en las últimas décadas se han turnado en el gobierno de la nación – y los partidos son parte estructural del estado. La nación política o el estado nacional es la forma de la España contemporánea y es la estructura política característica de la modernidad.

En su esfuerzo por hablar sin decir nada claro Sánchez acudió a la vieja alusión de López a la nación cultural vasca. ¿Se trataba de señalar al ex-lehendakari como otrora defensor de la nación política vasca? Al fin y al cabo la idea bismarckiana del estado de cultura o estado cultural fue un arma que, orientada contra la Iglesia católica, se utilizó en el proceso de constitución de Alemania en nación política. Contra el universalismo cristiano se desató la kulturkampf, la lucha por la cultura nacional como instrumento para la formación del estado alemán bajo hegemonía prusiana.

En España – siempre de mal en peor – hemos pasado del concepto discutido y discutible al sentimiento. Tengamos cuidado porque sentir sin pensar es siempre arriesgado. Desde luego es un riesgo moderno dado que la crítica racionalista hizo del sentimiento una dimensión irracional de la vida humana. Al romper la honda vinculación entre entendimiento y voluntad o, más exactamente, entre razón y fe, todo lo que no se ajustó a un estrecho concepto de razón quedó relegado al campo del sentimiento. Y al terreno del sentimiento irracional habría de ir a parar una vez más la idea de nación política. Pero la nación es una estructura inteligible: una idea, aunque como todas las ideas antropológicas posea una dimensión o un momento subjetivo. Sin una definición de esa idea no debiera darse un paso en una vida política respetable, ya fuera para impugnarla, defenderla o enmendarla. Me temo que ninguno de los tres candidatos daría pie con bola si les hiciéramos la misma pregunta. Y vosotros Susana y Patxi: ¿sabéis lo que es una nación?

Pero en el parque temático son pocos los que ofrecerían una respuesta, no diré adecuada, sino simplemente proporcionada a la escala de la cuestión. Los españoles actuales vivimos aturdidos y confusos, no nos mueven razones, nos conmueven unas emociones que se suponen inmediatas y naturales. Pero es hora ya de esforzarse por conocer la razón de nuestra sinrazón, la razón de ese sentimiento que parece extenderse entre algunos ciudadanos españoles de Cataluña, País Vasco o Galicia, aunque existe también entre andaluces o castellanos. No puede dudarse del carácter histórico o político de la razón efectiva del sentimiento antiespañol. Sería hora ya de abrir el debate entre quienes pudieran sostenerlo, lejos del alcance de los candidatos.

A lo mejor podríamos evitar en el futuro el ridículo de enviar a jóvenes de aspecto californiano, ataviados con coloridas camisas hawaianas, a esos festivales musicales en los que – en un magnífico inglés – dicen representarnos. Es natural que deseen volver representando a Cataluña y es natural que se alce con la victoria un señor portugués con una canción melancólica capaz – al menos en alguna medida – de recoger esa saudade que es, indudablemente, un sutil sentimiento.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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