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POESÍA

Jesús Munárriz: Los ritmos rojos del siglo en que nací. Un cuento triste

domingo 21 de mayo de 2017, 19:09h
Jesús Munárriz: Los ritmos rojos del siglo en que nací. Un cuento triste

Hiperión. Madrid, 2017. 72 págs. 10 €.

Por Inmaculada Lergo Martín

Hubo 10 días que estremecieron al mundo -nos recuerda Munárriz-, sí, un octubre; y un año, 1917, en el que la pirámide del poder, en cierta parte del mundo, se dio la vuelta y “el cielo en la tierra parecía / al alcance de los desposeídos”; y en el resto hubo fe -demasiado ciega, es cierto, como suelen ser todas- y confianza en el futuro pues “habían conquistado lo que nunca tuvieron / y el camino marcaban / a tantos, casi todos, los que sólo tenían, / en el resto del mundo / dónde caerse muertos”. Poco parece quedar de aquello, aunque “Han pasado cien años / y no va a ser posible que se presente otro / mil novecientos diecisiete”; incluso en los programas de estudios, los alumnos se acercan a dichos acontecimientos de la misma forma que lo hacen a la caída del Imperio Romano o las guerras napoleónicas. Poco después, la pirámide recuperó su posicionamiento habitual e “hizo del paraíso una cárcel inmensa / y socavó el futuro borrando la esperanza”; y vino el gulag, y la CHECA, y el KGB, y el Politburó, y el sellar los labios y las fronteras, y los represaliados y los suicidados, y Stalin, y Mao, y todos los gritos del silencio.

Por eso celebro y admiro el testimonio, sincero hasta el desgarro, de Jesús Munárriz (San Sebastián, 1940) en su nuevo poemario Los ritmos rojos del siglo en que nací. Un cuento triste. Para Munárriz, la poesía nunca escapa, ni debe hacerlo, de las circunstancias. Así pues, recorre con ellas en este libro un camino, que parte de la ilusión -“la verdadera vida / era posible, / luchar por ella estimulante, urgente”- y llega a la desesperanza -“Triunfa el fuerte, el poder / es un frío asesino, el mecanismo / sigue las pautas de sus detentadores”; pasando por el desconcierto - “¿Y dónde estuvo el fallo? / ¿Qué desgració el experimento? / […] ¿cómo pueden dejarse conducir / como mansos corderos / al desafuero del capitalismo / los obreros triunfantes?”-, la indignación y la desilusión -“y los innumerables sacrificios / de proletarios y campesinos / sólo habían servido para engordar a otros”; pero un camino que se cierra -o se abre- con un epílogo en el que, a través de palabras prestadas de Alejo Carpentier, poder calmar el ánimo dolorido del escritor y del lector de estas páginas: “…la grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es. En imponerse Tareas. […] Por ello, agobiado de penas y de Tareas, hermoso dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas, el hombre sólo puede hallar su grandeza, su máxima medida, en el Reino de este Mundo”.

Las notas agudas de estos ritmos rojos han sido trágicas, chirriantes, tristes, y las tiranías de izquierdas, “justificadas” en razón de una fingida justicia e igualdad, decepcionantes, y aun execrables porque con ellas se asesinaba un ideal; pero las notas de base, las de las bases de las que partieron, aún sueñan en forma de derechos que se asumen como naturales sin pensar que han sido producto de una larga y dura conquista: mejoras laborales, jornada de 8 horas, vacaciones pagadas, paro, igualdad, sanidad y enseñanzas públicas, supresión del trabajo infantil, etc., etc., que estamos teniendo que volver a reclamar. Quizá sea difícil asumir -y perdonarnos- el apoyo ideológico a ciertos regímenes que resultaron despóticos en grado sumo y hasta sanguinarios, difícil el no caer en el desengaño, o imaginar cómo seguiría el mundo si las clases obreras no hubieran tomado conciencia de sus derechos. Por eso hay también muchas interrogaciones y mucha perplejidad en estos poemas; por eso el verso final (muy vallejiano), el que cierra la obra, nos deja esta reflexión: “No es fácil el asunto, no, no es fácil”.

Puede que las generaciones del siglo XX se equivocaran, porque “no hay tierra firme para la utopía”, dice el autor; pero ¿es de verdad mejor desterrarla del pensamiento y de la voluntad? En pro de muchos ideales se han derramado ríos de sangre que fue inútil, pero las sociedades que no los han tenido no se han librado por ello de la desigualdad, la esclavitud, las injusticias ni el sufrimiento. Y, si fueran tan inútiles y estúpidos, los poderes fácticos no estarían apropiándoselos, al día de hoy, para desvirtuarlos y ofrecerlos a la venta. Y el adormecimiento provocado por la llamada “sociedad del bienestar”, con su cultura del poco esfuerzo y del asumir las mínimas responsabilidades individuales posibles, es el mejor aliado. Dice Bauman -el filósofo polaco- que “en el mundo actual todos los ideales de felicidad acaban en una tienda”. Hace un siglo –pienso- quizá lo estuvieran en una quimera. Engaño por engaño prefiero esta última. Y el poeta, también, prefiere especular: "Aún podemos lograrlo, / eso espero. / Prefiero no pensar en lo contrario".

Al siglo XXI le queda por demostrar qué ritmos lo impulsan, y cuánto de humano y de verdadero progreso hay en ellos. Entonces podremos valorar más, sacudiéndonos el inevitable desencanto, cuánto debemos, para bien y para mal, a los ritmos rojos del siglo en que nació Jesús Munárriz, muchos de ustedes y la que suscribe.

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