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TRIBUNA

El concierto de morir

Juan José Vijuesca
miércoles 24 de mayo de 2017, 20:11h

Bien pudo ser uno más de esos instantes que la vida regala a los jóvenes. Son fans de quienes cautivan en moda, formas y canciones para enaltecer los ideales de una edad de francas emociones cuando la referencia es la música y la voz de un ídolo. Cualquiera de nosotros hemos tenido la misma vocación, porque cada etapa de la vida nos envasa al vacío hasta que nuestra admiración por lo diferente nos da otra oportunidad y luego otra y así hasta que formando parte del destino alguien irrumpe y nos arrebata todos los sueños.

Esta vez, la misma atrocidad que en otras ocasiones, ha elegido Manchester Arena. Niños y niñas, adolescentes sin apenas perder la franquicia de los acordes musicales de Ariana Grande, sucumben en la barbarie de los terroristas del odio. Que nadie salga a filosofar sobre esta masacre porque cualquiera puede estar en el mismo lugar y en el mismo concierto. Solo basta sentirse padre o madre, aunque solo sea por complacer a nuestros propios hijos y tenerlos hoy a nuestro lado en vez de extraviados, desorientados y rodeados de cadáveres.

Me niego a aceptar filosofías de quienes hacen del terror cualquier apuesta de conductas. Quienes toman la voz de la autoridad en ejercicio no tienen capacidad de justificar nada de lo que está sucediendo. Nadie puede contraer a la libre adolescencia y cercenar el periplo de la vida por antojo de exacerbados cultos ni dogmas de política extrema. Nadie, repito, es dueño de nadie porque la razón de la existencia es intransferible y todo ideólogo que se precie debe forjar sus pensamientos sobre hojas de vida y la no violencia. Por consiguiente, me niego a aceptar a demagogos de la concordia, a los virtuosos de lo ambiguo, a los mensajeros de las lamentaciones. Estoy en contra del ojo por ojo, pero también niego a los vacilantes predicadores. No estoy de acuerdo con la venganza encarnizada, pero el precio de lo desigual es un pago demasiado elevado para la compasión.

Cualquiera de nosotros estamos expuestos a la cruel locura de esta sinrazón. No hay miedo, pero cada vez hay más pétalos de recuerdo y lo peor es que lo ajeno se guarda en la nube que alberga los olvidos como una simple copia de seguridad. En mi opinión eso es lo que nos hace ser más vulnerables. Nada peor que acostumbrarnos a convivir con una manera de morir en cualquier parte y en cualquier lugar del planeta por la simple costumbre de sentirnos mártires. Por si acaso no lo recuerdan, esto sigue siendo la guerra santa. Así a las claras.

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