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TRIBUNA

El proceso y la nada

jueves 25 de mayo de 2017, 19:53h

Todavía conserva un resto de su máscara el mariscal Puigdemont cuando señala que el Estado no tiene poder suficiente para impedir “tanta democracia”. Parece imposible que queden ciegos incapaces de ver qué entiende el estratega por “democracia”. Frente al poder del Estado hay que erigir un poder mayor capaz de fundar un Estado nuevo. Finalmente todo es cuestión de poder. Conoce bien, sin duda, la vieja consigna: la guerra es la política continuada por otros medios, y la revierte sin dificultad: la política es la guerra continuada por otros medios. Tan democrático todo, evoca, sin embargo, la doctrina que entiende la política articulada en torno a la distinción radical amigo-enemigo.

Un viejo mito metafísico afirma la realidad indudable de naciones constituidas illo tempore, pero a las que una aciaga circunstancia histórica privó siempre de soberanía política. El cuento las presenta como naciones sublimes, constreñidas por el puño opresor de un Estado cuya naturaleza es enteramente antagónica a la de su víctima y, por tanto, se reduce a una fuerza bruta que puede someter, pero jamás asimilar, la sutilísima substancia de la nación sublime.

La estrategia de la nación eterna consiste en esperar la circunstancia que le permita dotarse de soberanía, configurando un Estado independiente del imperialismo colonialista, del Estado brutal que la somete. Es un maniqueísmo simplificador que opone sin matices la luz a las sombras, una ideología grosera pero eficaz al servicio de intereses que poco tienen que ver con el discurso irredentista. Irredentista, en efecto, porque el proceso no terminaría con el referendum, ni siquiera en el caso de que una holgada mayoría apoyara la secesión o, en su forma más cursi y falaz, la desconexión. El proceso continuaría con la reclamación de los territorios irredentos de la Gran Cataluña o de los Países Catalanes cuya frontera podría siempre re-ampliarse, como en el límite aragonés en que las lenguas se destiñen y confunden.

Pero el mito metafísico miente, el Estado precede a la nación: los estados nacionales son la culminación de las monarquías absolutas. Dicho de otro modo, las revoluciones nacionales no contradicen, sino que realizan y rematan el absolutismo político. La nación se configura en el mismo proceso de construcción del Estado, porque el Estado exige la homogeneización, la centralización o administración unitaria, en suma, la gestación de la unidad nacional. Luis XIV es profundamente revolucionario y la revolución añade únicamente decimales a la magnitud ya alcanzada tras el lento proceso de reducción unitaria de la abigarrada diversidad que escondía el orden medieval. Pero no hará falta insistir en la imposibilidad de construir sin destruir: “el moderno – dice N. Gómez Dávila – destruye más cuando construye que cuando destruye”. El absolutismo político y después el nacionalismo construyen el Estado nacional destruyendo la gran diversidad de naciones étnicas – gentes de diversa procedencia – a las que refunden en el molde de la nación política. Y hay que insistir para que nadie se engañe: los nuevos estados nacionales – promovidos por la potencia de “tanta democracia” – significarán/significarían simplemente la destrucción del Estado nacional todavía en pie. Significarían la destrucción de España. Por supuesto esa destrucción y la construcción consecutiva pueden contemplarse positiva o negativamente, pero parece ingenuo pretender que pueden construirse nuevos Estados de la nada, que puede construirse Cataluña, Euskadi… sin destruir España o lo que de España queda. Sabido esto, cabe luego consentir o resistir al proceso.

Pero el mito de la nación en busca de Estado es un mito oscurantista y confusionario. Si nuestros lastimeros micro nacionalistas pueden enfrentarse hoy al Estado español es gracias a las muchas décadas de construcción nacional ejercidas desde el aparato político cuasiestatal de la Generalitat. En cuarenta años el (casi) estado catalán ha configurado la nación catalana que se apresta a la secesión, es decir, a la plena adquisición de soberanía. Lo hace, sin embargo, tras la homogeneización y totalización de la sociedad catalana merced a la aplicación eficaz de herramientas políticas alcanzadas a través de la autonomía (que, no en vano, tanto recuerda a la soberanía) La educación y la propaganda funcionan en el largo plazo, de manera que una política de vista corta pudo abandonarlas durante cuarenta años. Tiempo suficiente para construir la homonoia nacional. Construida la identidad nacional pueden darse pasos firmes en el terreno jurídico, político-económico y militar.

Pero no olvidemos que el programa de secesión procede de unas élites político-económicas que, tras usarlo como arma negociadora durante decenios, encuentran hoy un beneficio mayor en el paso decisivo a la independencia política. La secesión no significará ninguna revolución social. El aparato político sigue en las manos de los mismos partidos y la multiplicación de los estados es, más bien, la figura contraria a la destrucción de los estados. De ahí que resulte sorprendente la alianza entre revolucionarios – comunistas o anarquistas del siglo XXI – y nacionalistas fragmentarios. Acaso la asociación proceda de un rechazo común y tenga únicamente un fundamento negativo: la actitud contraria a la España histórica. Esa España que queda comprometida con una secesión que no conllevaría reconstrucción nacional alguna. Sin duda España está abocada a una transformación al límite de la metamorfosis, pero la secesión significa simplemente liquidación. La izquierda colaboracionista con los proyectos secesionistas, que son ataques directos a la continuidad histórica de España, será responsable de su ignorancia del lugar y el valor histórico de la estructura residual que aniquila.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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