Cada vez que el Barça juega la final de Copa del Rey, los protagonistas son los mismos: Leo Messi -decisivo una vez más en la victoria de su equipo-, los pitos al himno nacional y la exhibición de esteladas durante todo el partido. Conviene recordar, pese a que muchos se empeñen en ignorarlo, que se trata de un evento deportivo, que no político. Esa es, precisamente, una de las claves del problema: deporte y política nunca han maridado bien, y menos aún con Cataluña como telón de fondo.
La estelada no es la bandera de todos los catalanes; sí lo es la Señera. La estelada representa sólo a aquellos que no quieren que Cataluña siga formando parte de España -como siempre ha sido, por otra parte-. No es, pues, emblema deportivo alguno, sino puramente político. De ahí que no tenga cabida en la Final de la Copa del Rey de fútbol, así como tampoco la tendrían banderas del PSOE, PP, Podemos o Esquerra.
La UEFA ya ha sancionado al F. C. Barcelona por este motivo en más de una ocasión. Sin embargo, no parecen haber hecho mella en las instituciones catalanas. De hecho, el Presidente del Barça -que lleva años permitiendo la utilización política del club como altavoz nacionalista- se ha mostrado siempre partidario de este tipo de actuaciones, a pesar que le está costando una pérdida constante de seguidores –que son legión- en el resto de España. El asunto va más allá de la mera anécdota, ya que refleja a la perfección hasta dónde ha llegado el nacionalismo con su impunidad a la hora de tergiversar un evento meramente deportivo. Por eso, las autoridades deberían hacer como en Francia ante este tipo de agresiones; a saber: si se pita al himno o a la bandera, se suspende el partido. Sería una manera muy plástica de dejar clara una realidad: que fuera de España, el Barça no jugaría ni la Liga ni la Copa del Rey.