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NOVELA

Adam Thirlwell: Estridente y dulce

domingo 28 de mayo de 2017, 18:40h
Adam Thirlwell: Estridente y dulce

Traducción de Aleix Montoto. Anagrama. Barcelona, 2017. 384 páginas. 21,90 €. Libro electrónico: 15,99 €.

Por Paulo García Conde

Que Adam Thirlwell (Londres, 1978) haya escogido dos términos que podrían componer un oxímoron para sellar el título de su última obra no es casualidad. Independientemente de que haya querido jugarlo o no como una figura retórica, la conexión entre los dos adjetivos resulta ser un fiel reflejo de la obra que se encierra no solo en las páginas de esta novela, sino en buena parte del trabajo de este joven autor británico. Porque en su escritura, en la mirada con que el narrador concebido contempla el mundo y se atreve a describirlo, siempre aparecen adjetivos que se funden con acierto, si bien no es habitual verlos asociados. Como, por ejemplo, humor negro y melancolía. O dañino y feliz. Incluso imparcial y pudoroso.

Hay una norma no escrita, una especie de pacto tácito, que un gran número de escritores cree mantener con los potenciales lectores. Se trata de construir personajes que caigan bien, personalidades cuyos actos quizá no justifiquemos, pero con las que igualmente tendremos oportunidad de empatizar. Estridente y dulce puede considerarse un relato opuesto a esta tendencia y, al mismo tiempo, ejemplo mayúsculo de esta corriente. El personaje principal de esta historia, convertido a su vez en narrador, tiene por vicio capital justificarse. No puede describir una acción sin justificarla de inmediato. Lo cual quiere decir que estamos ante ese tipo de narradores que remarcan hasta la saciedad lo imparciales y objetivos que son para, precisamente, dejar claro que son todo lo opuesto.

Por supuesto, la continua necesidad de exculpación no es más que uno de sus muchos vicios. Las drogas, el sexo o las mentiras son otros tantos de su excelsa lista. Pero que se pase revisión a elementos y temas que a menudo gozan de un tratamiento escabroso en la literatura no quiere decir que aquí tengan igual consideración. Estamos ante una voz singular, que hace que esta novela pueda distanciarse de etiquetas tales como “otra de tantas”. Mediante una prosa escrupulosa, el autodenominado héroe arranca su relato desde un hecho que marcó un antes y un después en su acomodada y aborrecible vida de niño rico (no superrico, como él remarca en más de una ocasión) y consentido. Una mañana despierta en la cama de un hotel junto a una mujer que no es su esposa, sino una de sus amigas.

A partir de esta escena, evoca una sucesión de actos que relata con particular franqueza. Utiliza el ejercicio de escritura para purgar unos pecados que, si bien admite haber cometido, pretende hacer creer que han sido llevados a cabo por su ingenuidad, por su candidez; nunca con premeditación o plena conciencia de estar haciendo algo mal. Habla así de la renuncia a un trabajo estable y rutinario movido por una vocación artística que nunca termina de aparecer retratada; de las fiestas y orgías llenas de sustancias alucinógenas que causan en él desconcierto y reflexión; de los sucesos de moralidad cuestionable en los que se involucrado… Todo bajo una permanente justificación que, sin embargo, no hace más que mostrar al lector cómo son las cosas en realidad.

Esa es la estrategia utilizada por Adam Thirlwell para componer una dura y completa crítica a una generación tan consentida como narcisista, donde el dinero como elemento de codicia y poder queda relegado a un segundo plano por la aparición de un hedonismo tan bestial como insostenible. Se trata de la creación de un personaje que busca esconderse bajo el grueso y sucio escudo de la justificación para resultar inocente y que, habiendo elegido una maniobra de defensa tan triste y deprimente, termina siéndolo de verdad. Sobre todo porque, los héroes como él, terminan pagando por sus pecados.

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