Cuando, entre 640 y 641, el califa Omar conquistó Egipto, los coptos ya llevaban mucho tiempo allí. En realidad, a diferencia de los árabes que llegaron de allende el desierto, eran originarios de esa tierra a la que Heródoto definió como “un don del Nilo”. La iglesia copta se había separado de la ortodoxa después del concilio de Calcedonia en el año 451. El punto de desacuerdo era teológico. Los coptos eran monofisitas y, por lo tanto, creían que Jesús solo tenía una naturaleza divina. Estaban vinculados con otras iglesias monofisitas de Armenia, Etiopía y Siria. Desde entonces hasta ahora -y han pasado más de quince siglos- han conservado la lengua egipcia copta. Así, estos cristianos llevan viviendo bajo el dominio islámico más de mil quinientos años. Después de todo este tiempo, sigue vivo el monacato cristiano egipcio, la liturgia copta y su arte religioso. Cuando hace pocas semanas el Papa Francisco visitó Egipto, el mundo pudo admirar la belleza de este legado de quince siglos.
Sin embargo, a los coptos los están matando los yihadistas ante los ojos del mundo.
En efecto, la respuesta de los terroristas a la presencia del Sumo Pontífice en la “tierra de la paz”, como rezaba el lema del viaje, ha sido otro atentado contra estos cristianos egipcios que son, aproximadamente, el 8% de la población del país. A unos 300 kilómetros de El Cairo, un autobús que llevaba a peregrinos coptos fue emboscado y tiroteado. Los yihadistas mataron a 29 e hirieron a otros 20. Las características del crimen permiten sospechar la autoría del Estado Islámico. En diciembre de 2015, un terrorista hizo estallar una bomba en una iglesia anexa a la catedral de San Marcos de El Cairo, sede del patriarcado de la Iglesia Ortodoxa Copta. El pasado mes de abril, sendas bombas en una iglesia de Alejandría y otra de Tanta durante el Domingo de Ramos mataron a otras 46 personas e hirieron a 120.
El destino de los coptos en Egipto y, en general, el de las minorías cristianas en toda la región, es la piedra de toque para comprobar si es posible un Oriente Próximo con la diversidad que históricamente ha tenido, o si -por el contrario- el islamismo y el yihadismo acabarán con comunidades milenarias.
Sobre el exterminio que están sufriendo los cristianos en los países islámicos de Oriente Próximo, gravita un velo de silencio que parece de mal gusto romper. Como si resultase molesto recordar que los islamistas han sido una calamidad para los cristianos allí donde han alcanzado el poder. Los yihadistas directamente los han exterminado. En Europa, es muy raro escuchar a algún líder político preocuparse por estas minorías que sufren una destrucción continua. Todavía suscita rostros de sorpresa o miradas de incomodidad la mención de la cristianofobia entre los discursos de odio que las redes y foros islamistas y yihadistas difunden por todo el mundo.
Sin embargo, la terrible realidad que afrontan estas comunidades cristianas no es desconocida en la historia reciente. Los cristianos -fieles, catequistas, misioneros, sacerdotes, religiosos y laicos- que han sufrido martirio en países islámicos han dejado episodios imborrables de dignidad, coraje y sacrificio que deberían conmover a cualquiera sea o no creyente. Recuerdo, por ejemplo, a los padres blancos asesinados en Tizi Uzu (Argelia) en 1994. No ha sido el único caso. Ahí están los siete mártires cistercienses de la abadía de Nuestra Señora del Atlas, en Tibhirine (Argelia) que, al igual que los padres blancos y tantos otros, prefirieron quedarse en el país y correr la suerte del pueblo argelino. Fueron secuestrados y asesinados en 1996.
Esta semana ha comenzado el Ramadán, el mes del islam que se consagra al ayuno, la oración y la elevación espiritual. Es un tiempo de purificación. Su espiritualidad es muy profunda. El “iftar”, la ruptura del ayuno diario al llegar la noche, es un momento de encuentro y de felicidad para las familias. Así, los yihadistas han profanado, una vez más, un tiempo sagrado para millones de creyentes. Los cristianos coptos que, al igual que otros en la región, son la prueba viviente de que personas de distinta fe pueden convivir en paz, han sufrido la barbarie de estos asesinos. Los gobiernos de Europa -que tanta sensibilidad tienen cuando la violencia se dirige contra otros- deben intervenir para salvar a esta minoría que lleva en esa tierra más siglos que nadie y, desde luego, más tiempo que los desalmados que tirotean autobuses y vuelan iglesias y mezquitas.
Estas minorías cristianas, que han sobrevivido a los imperios islámicos, corren ahora el riesgo de desaparecer por la violencia de los yihadistas, las políticas de los islamistas y la cobardía del resto del mundo, que en el caso de Occidente es doblemente cobarde. Solo la debilidad y la confusión moral de las democracias posmodernas puede explicar la ambigüedad y el silencio cuando se trata de intervenir en defensa de estas minorías exterminadas. Se equivocan quienes piensan que el terror contra los cristianos se dará sólo en el Oriente Próximo. El asesinato del padre Jacques Hamel el 26 de julio del año pasado en Francia, permite augurar lo que nos espera al otro lado del Mediterráneo si Europa no reacciona ante la cristianofobia.
Una cosa es segura. Esos cristianos a los que asesinan en el Oriente Próximo seguirán perdonando a sus enemigos como el hermano Christian de Tibhirine, que escribió estas líneas poco antes de que lo mataran: “Evidentemente, mi muerte parecerá darles razón a quienes me han tratado sin reflexionar como ingenuo o idealista. Pero estas personas deben saber que, por fin, quedará satisfecha la curiosidad que más me atormenta. Si Dios quiere podré, pues, sumergir mi mirada en la del Padre para contemplar junto con Él a sus hijos del islam, así como Él los ve, iluminados todos por la gloria de Cristo, fruto de su Pasión, colmados por el don del Espíritu, cuyo gozo secreto será siempre el de establecer la comunión y restablecer la semejanza, jugando con las diferencias. De esta vida perdida, totalmente mía y totalmente de ellos, doy gracias a Dios porque parece haberla querido por entero para esta alegría, por encima de todo y a pesar de todo. En este “gracias”, en el que ya está dicho todo de mi vida, los incluyo a ustedes, por supuesto, amigos de ayer y de hoy, y a ustedes, amigos de aquí, junto con mi madre y mi padre, mis hermanas y mis hermanos y a ellos, ¡céntuplo regalado como había sido prometido! Y a ti también, amigo del último instante, que no sabrás lo que estés haciendo, sí, porque también por ti quiero decir este “gracias” y este a-Dios en cuyo rostro te contemplo. Y que nos sea dado volvernos a encontrar, ladrones colmados de gozo, en el paraíso, si así le place a Dios, Padre nuestro, Padre de ambos. Amén. Inshalá”.
Así son estos cristianos que dan testimonio de su fe a riesgo de su propia vida. Así son los seguidores de Cristo que se niegan a dejar su tierra o a abjurar de su fe. Así son los creyentes a quienes matan los yihadistas y hostigan los islamistas. He aquí a los cristianos a los que están matando ante la mirada de Occidente.