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ESCRITO AL RASO

Trump en Taormina: “América first”

David Felipe Arranz
lunes 29 de mayo de 2017, 20:04h
Actualizado el: 29/05/2017 20:28h

“Los europeos tenemos que tomar el destino en nuestras manos” ha dicho la canciller alemana Angela Merkel, la chica alegre a la que le gustaba bailar, que trabajó como camarera y fue okupa en Berlín, convertida ahora en la mujer más poderosa de Europa. Angela tomó el hado en las palmas de Joachim Saue en 1991 y en forma de nupcias. Ambos salían escaldados de sus anteriores matrimonios y configuraron un hogar divorcé.

Se ha ido el amigo americano con cajas destempladas y vuelve el eje franco-alemán de los dioses europeos, regresan Wagner y Mérimée en medio de la espuma amarilla de la cerveza de barril de la CSU, muy bien tirada del grifo de Merkel a cuatro meses de las elecciones generales. Angela está cincelando Europa a su imagen y semejanza y mirándola a ella se comprenden mejor los trajes bávaros y las indigestas salchichas con chucrut que nos tomábamos en el pasaje de Martín de los Heros. Cuando me querías.

Los británicos se han ido a orinar la cerveza a la isla y la cumbre de los siete países más industrializados celebrada la semana pasada en Taormina (Sicilia) ha sido un coitus interruptus, leve y poco gozoso, con el protagonismo de Donald Trump ejerciendo de pesadilla antes de despertar el lunes por la mañana. Al showman no le gusta la naturaleza y el problemón del cambio climático lo traduce a que es favorable que el clima cambie: el Acuerdo de París para Trump es una cita en el Moulin Rouge con los pies de las cancaneras puestos en pared. Porque para calentamientos globales, los de las caravanas de ese roadshow de Donald que es su propia vida. Y el asilo y el refugio que aún debatimos en la vieja Europa son vocaciones extinguidas en el embolado de la Casa Blanca, donde un enano republicano hace las cuentas para las toneladas de hierro y cemento que van a levantar en la frontera con México.

Este G7 siciliano –sin Mario Puzo– nos ha metido en la trampa del desencuentro americano. Así que Angela guiña el ojo ahora a Macron, hombre ducho en la edad madura de lo femenino y que ha puesto la sílaba tónica y amorosa en Brigitte, la cohesión de la plenitud hace su entrada con fuerza en Taormina. La diferencia a la hora de hacer el amor o la política (o ambas cosas) entre nosotros y los estadounidenses es una realidad. Político joven y ambicioso busca mujer madura 24 años mayor en el claustro de profes de su cole: al otro lado del Atlántico, el John Wayne de Nueva York trata de que le coja la mano al bajar del avión una modelo 24 años más joven. Un amor de contrarios, un baile de opuestos. El superávit comercial germano frente al autarquismo bélico de Washington: imposible que se encuentren al atravesar esa puerta jónica del G7 porque de partida hay un desajuste de la balanza comercial y mental.

Aquellos muslos gloriosos de la Merkel que enseñoreaban toda la playa y volvieron loco de amor en los ochenta al científico loco no han despertado la libido de Trump, acostumbrado al muslamen de red y la chaqueta de brillantina con la pegatina del elefante en la espalda. Él ya tiene a su supermodelo eslovena, esa mujer que practica, entre desplante y desplante, entre gelideces y manotazos, el primerdamismo, y a la que tanto amor le dedica. Ella soñó con ser la señora de Trump cuando acudió al reality “The Apprentice” en 2004. Contra una pareja del show business que ha recibido el flechazo en un penthouse televisivo no se puede luchar, rigurosa Angela, antaño la chica alegre.

Trump ha ido a Taormina a armar la bronca con su sempiterna letanía del “America first” y se ha marchado sin dejar huella. Su pareja de baile, Angela, ha vuelto muy cartaginesa pensando que “America second”. Ella ya fue esa muchacha sucesiva en el invierno tórrido alemán de la RDA de los setenta, antes de la caída del Muro. A la canciller ya le han pellizcado el culo lo suficiente los norteamericanos cuando exhibía sus pechos rotundos con las coleguis de promoción y los gigantones de Massachusetts se la querían ligar. Para Angela ha llegado la hora de levantar el teléfono y recurrir a la cálida y romántica fontanería de cafetín de la vecina France. Ellos (él) sí que saben de coyundas políticas… y de las otras. Con permiso de Brigitte, claro.

Twitter: @dfarranz

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