En primer lugar, diálogo “democrático” o político o ley, la cual no es democrática al parecer, es un dilema que gusta al separatismo catalán, pese a que no quiere ninguna de las dos cosas, sino su capricho totalitario. La sociedad, por medio de la justicia, no el Estado es la que exige cumplir la ley antes de cualquier diálogo. Porque, como decía Ortega ya en 1921, si es grave que una sociedad sea inmoral, lo es aún más, como le pasa a España, que esté desocializada y se destruya como Nación. En román paladino: el separatismo es para España infinitamente más grave que la corrupción, el latrocinio y el asesinato. Si no advertimos esto, no entendemos nada y ya hemos perdido la batalla. Y parece no advertirlo el fiscal del TSJC que pide para Mas y sus compañeras unos ridículos meses de inhabilitación para cargo público por el 9N. ¡Qué barato resulta ahora todo intento de destruir España, cuando en 1934 por menos Companys fue encarcelado¡ En cuanto al diálogo, parece imposible cuando le precede el chantaje de la secesión y la conculcación de los derechos ciudadanos más elementales, al estilo nazi, como es la educación en la lengua materna.
En segundo lugar, el Gobierno, Instituciones y medios de comunicación debieran dar inmediatamente la batalla intelectual para convencer a los separatistas de que su pretensión es tan imposible como un círculo cuadrado, porque no hay ni un solo argumento de ninguna índole por el que se justifique tal intento. El sentimiento es algo irracional que no engendra ningún derecho a decidir, como tampoco mi malestar por pagar impuestos el derecho a no pagarlos. Los llamados derechos históricos de los que se les llena la boca, supuesto que los haya, no son derechos naturales ni valen para siempre. Tampoco la historia de una sucesión (1714) es la historia de un intento de secesión inventado. Una lengua particular no engendra un derecho nacional (La India tiene doscientas lenguas y es una Nación). La opresión de cualquier clase, que para Lenin era fuente de derecho nacional, no existe ni ha existido nunca en Cataluña. Las explicaciones economicistas de la desafección hacia España, como la de Salmerón, porque la España pobre no podía comprar los productos de Cataluña, no son de recibo en el siglo XXI. En resumen, no hay argumento sentimental, histórico, lingüístico ni económico para el separatismo catalán.
En tercer lugar, la realidad es bien distinta y este separatismo obedece a otras razones inconfesables y merece que se trate de otra manera que con paños calientes y cesiones continuas, como son las 45 exigencias que el Gobierno está dispuesto a discutir con la Generalidad. Por lo que ante el desafío secesionista hay que poner de relieve:
1. La insolidaridad de una Comunidad más rica que no quiere ayudar a las más pobres. El “España nos roba” es significativo de la mentira separatista.
2. La huida de la justicia española por los latrocinios cometidos por el clan de los Pujol y sus compañeros de partido.
3. El complejo de inferioridad, revestido de superioridad, por un idioma minoritario ante un idioma que hablan 400 millones. La persecución actual del español por la Generalidad lo demuestra. Que es lo mismo que el resentimiento contra una gran nación (R. Pinsky) y un nacionalismo e imperialismo frustrados, como se ve en el concepto de Países catalanes.
4. Los separatistas son sucesores del tradicionalismo más reaccionario, propio de la ambición de una élite acomplejada. Como dice Juaristi, “La Tribu no tiene otra ley que el odio a la ley del Otro”. Por eso el catalán es un nacionalismo excluyente o negativo (Hobsbawn).
5. Durante cuarenta años el sentimiento irracional ha manipulado la educación catalana. Por eso si el Estado no recupera inmediatamente la competencia educativa autonómica España no tiene solución.
6. En la U.E. la soberanía de las naciones se ha disipado. Entonces, ¿qué soberanía tendría Cataluña en la U.E., a la que en todo caso no podría acceder sin el permiso de España?
7. Hoy no se puede hablar de cultura propia cuando Occidente tiene la misma cultura como creencia y modo de conducta.
8. El principio del nacionalismo excluyente se destruye a sí mismo: se inventa un colectivo inexistente, el pueblo catalán, cuando hay más españoles de fuera que de origen catalán, y se le otorga derecho de secesión. Pero ese derecho se niega a los colectivos inferiores, como Barcelona, Tarragona, etc. etc.
9. Urge reformar el art. 155 de la Constitución para quitar la Autonomía a la Comunidad que incumpla las leyes.
10. El desafío brutal a la Nación sólo se corta radicalmente enviando a la cárcel a los dirigentes separatistas como se hace con los demás delincuentes. ¿Cómo se puede consentir un golpe de Estado a cámara lenta, como lo calificó Alfonso Guerra, sin tomar medidas drásticas? Los separatistas son tan contradictorios y absurdos que sólo pueden convencer a un pueblo anestesiado por la propaganda más vacía, mendaz e irracional.