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DESDE ULTRAMAR

Trump muestra el rostro decrépito del gendarme

jueves 01 de junio de 2017, 20:14h

Hace muchos años, un crítico acérrimo de los Estados Unidos señalaba que el gendarme del mundo registraba como potencia, un envejecimiento prematuro –reconociendo su vertiginoso ascenso comparado con el tiempo que le tomó a otras potencias llegar a serlo– y lo afirmaba debido a sus múltiples excesos, que daban cuenta de que su decrepitud ya asomaba en su otrora rostro lozano.

Puntualizaba que su decadente cultura y su economía de guerra siempre sobrecalentada por sus derroches, por su afán de ser el primero –que tanto elogian los libros de administración de empresas y de curación del alma, sin reparar en el resto (lo digo yo)– su consumismo y sus no ganas de ceder un ápice en su bienestar (Kioto, por ejemplo) bajo el argumento de que sus ciudadanos trabajan laboriosamente como para no obtener los beneficios prometidos por el American Way of Life, y sumados todos esos factores mostraban los desafíos de una potencia que se estaba acabando aceleradamente sus recursos y por ende, acortaba sus plazos de supremacía mundial. Y es lógico: vivir a todo tren lo provoca. Si solo hay que verlos.

Desde luego que sus bienquerientes afirman que no, que Estados Unidos no está debilitado ni hay cómo conseguirlo. Que no observan (porque no quieren) en forma alguna que algún otro país pueda derribar pronto ni a largo plazo a los Estados Unidos ni mucho menos conciben tal posibilidad. Es más, para el caso de algunos proyanquis mexicanos, se mal piensan que eso es imposible, y hay quien demuestra que están tan bien que sus próximas vacaciones serán de shopping en San Antonio, y denuestan acremente a quienes osan criticar a los Estados Unidos. No les importa ni perciben ni ponderan y sí minimizan que la intelectualidad estadounidense –que sí existe– no quita el dedo del reglón analizando sesudamente y de paso concluyendo frívola, sobajando o ninguneando, a China. La academia estadounidense no pierde oportunidad de expresarse sobre ella y así demuestra que le preocupa, que tiene claro por dónde puede llegarles el golpe. Y más le vale a todos, pro y antiestadounidenses, que también tomen nota de tal circunstancia.

Y sí ¿entonces para cuándo sucederá el derribo de Estados Unidos? no lo sé. Seré guapo, pero no adivino. Mas usted esté atento a los signos de revancha mundiales que a diario asoman advirtiendo lo que se nos viene.

Pues bien: cuando Estados Unidos ganó la Guerra Fría –sobrecalentando su economía endeudándola y provocando (que no pagando) el alto costo de la victoria para quedar como el único gendarme del mundo; desde entonces no ha podido recuperar una economía sana y cada nuevo mandatario remueve consciencias apostando a que lo conseguirá, sin obtenerlo. Apuesta por el armamentismo y por ir a saquear los recursos de otros (verbigracia, Iraq) y ni así logra que los índices mejoren, mientras acusa a todos de sacar provecho grosero de los Estados Unidos –sin cuantificar lo que ellos obtienen de ventaja sobre los demás– y cuando los números ya no les cuadran o las reglas arbitrarias que imponen ya no les son favorables, a rabieta batiente, golpean el tablero, criminalizan a sus adversarios y competidores y exigen nuevas reglas del juego. Es el caso de Trump.

Trump ha llegado al extremo de ofrecer a sus obnubilados votantes que recuperará para América (sic) su grandeza. Se refiere a regresarla a los años dorados, los de la posguerra (1945) donde la incuestionable supremacía blanca y la economía derivada de la cresta del desarrollo y la acumulación de capital que supuso la victoria de la Segunda Guerra Mundial, les dotó de los mejores instrumentos y forjó la mejor etapa de su historia, periodo en el que nació Trump y por ende, en el que conoció la bonanza que añora y sabe perdida para siempre, porque el mundo cambió y EE.UU. ya no es productivo como antes, aunque no se resigne y opte por engañar a su electorado, ese que se destaca por lerdo.

Entre tanto, Trump es un burro en cristalería y deslenguado, lenguaraz empedernido, mete las cuatro una y otra vez en política exterior. Obtiene el desaire del presidente mexicano, ofende al primer ministro japonés, se lía con la Merkel, trastrabilla por indiscreto con la May. Su estupidez resulta ya no anecdótica sino ofensiva. Me recuerda tanto al priista Peña Nieto. Y muestra su juego a cuentagotas y con una impericia y un aturdimiento que escaldan. En su reciente gira por Arabia Saudita, en ese juego malabarista de equilibrios con Israel, pues “business are business”, Trump decía que los acuerdos de venta de armas signados representaban trabajos, trabajos, trabajos. O sea que sí apuesta al armamentismo. Nos recuerda porqué no nos gusta y nos recuerda tanto a Bush hijo y su descarada política de gendarme y arbitrarios y criminales procederes frente al mundo. Porque bien sabemos que Bush debió compartir soga con Hussein. Hussein no era el único merecedor de aquella.

Pero ese poderío decrépito desconoce cómo avanzar con el mínimo decoro. Ya no pidamos pundonor. Atenazado por Corea del Norte, encarado por China, con esa relación extraña con Putin, Trump se atreve a tensar la soga interoceánica con Europa Occidental dando coces en la reunión del Grupo de los 7 –debut que dejó tanto que desear como la grisura de su paso por El Vaticano– y recrimina a la OTAN que no pague más por su defensa, cosa cierta, pues Europa pudo reconstruirse mientras la defendía EE.UU. Desde luego que lo hizo por interés, no por su linda cara. Y es hora de definirse: si Europa no quiere lo estadounidense, deberá de incluir su defensa. Prescindirla. Por elemental congruencia. En momentos en que a EE.UU. le cuesta cada vez más mantener el control planetario con potencias retobonas y rezongonas. Y con el oso ruso dispuesto a regresar por sus fueros. Y cuando pedirle más dinero a Europa para sostener la alianza, resulta inoportuno. Y de fondo…Trump.

En ese contexto no me conmueven las palabras de la Merkel lloriqueando que se acabó el amor transoceánico. Ya Trump la llamó mala. Tal para cual. Sabe bien que el europeísmo depende de la defensa estadounidense. O que se financie su propia defensa. Diría mi abuelo: o la bebe o la derrama. Las palabras lapidarias de Merkel recriminando que Europa vea por sí misma terminan cuando se mete la mano al bolsillo. Suenan a palabras dignas que pueden acabar sonando a frustradas. Trump desdeña a sus aliados europeos y aquellos refunfuñan. Es tan bruto que es capaz de desarticular la alianza prevaleciente. Y sí, Trump es como un loco al que le sueltas una pistola. Y en eso estamos.

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