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TRIBUNA

El origen de la corrupción

viernes 02 de junio de 2017, 20:09h

Creemos, como caminos de la ceguedad que somos, que la corrupción es un arma violenta de los tiempos modernos. Yo digo aquí que no es así: la corrupción es tan antigua como las células en el agua que dieron el origen a la vida. El animal es un ente corrupto y por evolución, si hacemos caso a Charles Darwin, el hombre también lo fue, lo es y lo será. Toda pragmática corrupta se adapta a las especies como una forma de camaleonismo escondido entre las ramas de los árboles. Pero ¿cómo se originó la corrupción? Veamos:

Vayámonos a 250.000 a. C.. El hombre de Neardental de Engis -Bélgica- si podía delimitar su territorio de caza para que el otro Neardental no le desintegrara el alimento, descendía a la sintomatología corrupta con tal de poseer su territorio primitivo. Seguidamente, el Homo Sapiens -o sea nosotros- chantageó -es decir, aplicó el soborno- al Neardental hasta conseguir su total exterminio. El último Neardental se ubicó en Gibraltar. Pasaron los milenios y el campesino de Tell Halula, allá en el valle medio del Eúfrates y el oasis de Damasco, si podía ampliar su parcela en cuarteradas de trigo o de frutales robando, esto es, mediante la extorsión, tierras a su vecino el campesino de la cebada y de la vid no dudó nunca en hacerlo. Pero el sol y la luna seguían siendo los vigilantes de dicha falta de valor ético. Sigamos:

Las antiguas civilizaciones -Mesopotamia, Persia, Egipto, Anatolia, Siria, Arabia, Grecia, Eurasia, sicanos, corsos, celtas, britanos, pictos, etc. etc.- en su afán de expansionismo adoptaron el hurto y la expropiación de pueblos enteros con tal de saciar su sed de invasión. La invasión como forma de corrupción que ha imperado desde las escrituras bíblicas hasta nuestros días. La crucifixión de Jesucristo ya fue un tráfico de influencias y su resurrección toda una prevaricación. Toda religión no es más que una puerta giratoria en donde las jerarquías eclesiásticas siempre han amortizado sus miserias con el tesoro público erigido como ley orgánica de sus santidades y sacralización. Yahvé y Mahoma fueron el producto de un cohecho. Prosigamos:

El nacimiento de los Estados -desde el Imperio Romano hasta la guerra de la Independencia de los Estados Unidos- no fue otra cosa que un pago de comisiones con firma y sella deletreado contra los indígenas, las etnias, los bárbaros o los colonos. A partir de ahí, una vez conformados los nacionalismos y la idea absurda y maquiavélica de los poderes estatales, la comisión de delitos por corrupción ha sido la caverna platónica en donde se han ido desarrollando las apariencias, las sombras y las cadenas. Prosigamos:

Los distintos sistemas políticos, desde el liberalismo inglés del siglo XVIII, la democracia norteamericana de Thomas Jefferson, el marxismo escrito en “El Capital”, el comunismo estalinista y el maoísta o el coreano o el cubano, el capitalismo derivado de la industrialización hasta su edad moderna -causante de las dos guerras mundiales del siglo XX-, la globalización neoliberal originada en las escuelas de Viena y de Chicago hasta hoy, en que el sol y la luna siguen vigilando, han protagonizado la vida política a partir de toda tipología de mecanismos de corrupción que hoy parece que nos hemos dado cuenta está afectando, bajo la amenaza de los misiles atómicos, a la esfera plural de nuestra Tierra y de nuestro mundo. Ultimemos:

Mariano Rajoy Brey, por minimizar ampliamente la evolución de la Historia, es -yo no lo puedo entender de otra manera- ese hombre de Neardental, ese campesino de Tell Halula, ese Jesucristo, esas religiones, esas civilizaciones, esos Estados, esos nacionalismos, esos sistemas políticos puestos al desnudo -como si se tratara de Bárbara Rey ante el monarca- en la manera que tiene Rajoy de caminar, en su galleguismo de la Santa Compaña y del sarcasmo, en su financiación ilegal del Partido Popular, en su cinismo -cual Diógenes el Perro- negacionista, en su falta de respeto a la Constitución, en su lectura nocturna y masturbatoria de “El fin de la historia” de Francis Fukuyama, en definitiva, en su inmenso patriotismo derivado hacia todos los jurídicamente delitos de corrupción que lo envuelven como si la Moncloa regresara a Engis -Bélgica-, que es donde empezó todo. A esto Shopenhauer lo llamaría el mundo como voluntad y representación. Pero Rajoy no sabe quién es Arthur Shopenhauer, pues tengo la seguridad que se cree que es el delantero dentro del Bayer Leverkusen, o mejor aún, el nombre del perro de Angela Merkel. Rajoy es un SMS ante el chantaje del Gran Cabrón.

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