“La dignidad es el respeto que una persona tiene de sí misma y quien la tiene no puede hacer nada que lo vuelva despreciable a sus propios ojos”. Concepción Arenal
La idea de llevar una vida digna suele asociarse a la existencia que puede llevar una persona cuando logra satisfacer sus necesidades básicas (techo, alimento, salud). También se dice que una persona no puede tener una vida digna cuando atraviesa una enfermedad terminal, padece grandes dolores o no puede valerse por sí mismo. Otra acepción se relaciona con la ausencia de actividades criminales. Como saben, una vida digna es un concepto subjetivo: “una vida digna”, ¿en comparación con quién?, podrían pensar.
Me gustaría exponer un par de contextos diferentes de esta expresión. Subjetivos, por supuesto. Una vida digna también podría ser “una vida merecida de ser contada”, “una vida ejemplar” o “una vida llena y plena, digna de terminarse ahora mismo, en este preciso momento”. El psicoanalista Erich Fromm defendía que el verdadero miedo de los seres humanos no era el miedo a la muerte, irracional, biológico, sino el miedo a no haber vivido la vida, es decir, a desperdiciar nuestras vidas. No podría estar más de acuerdo. Para mí, una vida indigna es aquella que no se ha disfrutado y de la cual renegamos. Nos arrepentimos de haberla vivido. Una vida con frenos, una vida con temor, una vida que evita el presente por la promesa de un mañana lleno dicha y de aventuras. La pregunta que uno debería hacerse para saber si el nivel de dignidad (descrito) es alto o bajo, sería la siguiente: ¿me quedaría satisfecho si mi vida terminara en este mismo instante?
Hay personas que se aferran a la vida más que otras y que nunca estarían satisfechas, por más lleno que estuviera el depósito de su complacencia. Por otra parte, la respuesta de aquellos que tienen hijos o personas a su cargo suele ser rápida: “no me gustaría no poder ver crecer a mis hijos o dejarlos desprotegidos”. Ya sé que parece imposible, pero les pido que hagan una salvedad y omitan este vínculo paterno-filial para responder a la pregunta. La respuesta puede ser afirmativa, negativa o con todo tipo de “peros” y de “dependes”, aunque, en el fondo, uno sabe con bastante precisión qué relación exacta tiene con ella. Con la pregunta, con la idea de su propio juicio final.
¿Vive usted con el freno de mano echado?
Lo curioso del concepto de Fromm, “miedo a no haber vivido lo suficiente”, es que no existen unos parámetros o unas soluciones universales, ya que hay personas que deambulan insatisfechas y sedientas de excitaciones y aventuras, a pesar de las numerosas experiencias, logros y descendientes que dejan tras su estela. Otras, sin embargo, con muy poco que contar, están preparadas para irse en cualquier momento, con toda la alegría y serenidad de su ser, de su “haber sido”, mejor dicho. Lo que hacemos con nuestro tiempo es relativo y está claro que no sabe igual un viaje que un año encerrado en casa viendo la televisión. No les estoy animando a hacer locuras ni a nada que les haga sentir mal, como tampoco creo que se trate de llevar una vida “de película”, sino todo lo contrario, les invito a que dejen de hacer, de decir, de actuar y de pensar, si pueden, en cosas que les hacen sentir mal. Les animo a reflexionar y a tomar notas, a cambiar lo nocivo por lo provechoso, ahora que están a tiempo. A tiempo de llevar una vida digna, digna para ustedes, por encima de todo, ya que: ¿bien o mal?, eso lo sabe cada cual.
“Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, al reino de los cielos se hace fuerza, y los valientes lo arrebatan.” Mateo 11.12