El fútbol actual tiene múltiples propiedades gracias a la diversidad de nutrientes que este deporte propaga sobre los aficionados seguidores del equipo en cuestión. Ahora bien, como cualquier sustento para bien de ánimos, el balompié elevado a máximos puede contener trazas de odios, envidias y radicales libres de extraño comportamiento.
En beneficio de quienes disfrutan de su equipo, como es el reciente caso del Real Madrid, al que no cabe otra que aplaudir sus éxitos, uno se complace por saborear los triunfos de un club español frente a otro que no lo es. Ya sé que esta teoría no tiene muy buen encaje entre aquellos que son anti madridistas confesos, pero si entre los que nos abstraemos de la parte más visceral de lo que representa el alegrarse del mal ajeno, –costumbre muy nuestra, por cierto- pues al final, como digo, nos gratifica el mérito que tiene una gestión bien hecha justificando así el éxito conseguido. Por cierto, nada nuevo para quienes obran con sana rivalidad en cualquier orden de la vida.
Ser aficionado al fútbol como simple espectador no conduce a nada porque hoy en día lo de ser objetivo es algo que no está bien visto. Y digo esto porque hace unos días estaba yo sentado en un banco del parque cuando pasó por delante de mí una joven mamá llevando de la mano a su pequeño niño y este hizo intención de acercarse a mí, cosa que la mamá evitó sujetando al pequeñín con fuerza al tiempo que le dijo: “No, cariño, este señor no es de los nuestros” Quizás porque estaba leyendo el libro de G.I. Gurdjieff “Relatos de Belcebú a su nieto. Crítica objetiva e imparcial a la vida de los hombres” otra cosa no pudo ser –pensé-, pues mi calvicie es tan prominente que por repetida ya pasa desapercibida y mi bigote no es un ejemplo de buen mostacho como el de Ned Flanders. A menos que aquél desplante lo fuera porque esa mañana yo vestía una camisa blanca muy luminosa como corresponde en día soleado de primavera y nada menos que en el parque del Retiro, de Madrid después de un grato paseo por la Feria del Libro. Ya sabemos que hay forofos que aplican la máxima esa de: “por sus colores los conoceréis”
La verdad es que aquello de “no ser uno de los nuestros” me dejó al filo de mi propio asombro. Uno analiza el por qué ocurren estas cosas y quedas en el entredicho de los nuevos tiempos a expensas de un progresismo de corte radical, o sea, la sana competencia deportiva de otrora resulta que hoy se ha convertido en amasada envidia. Y uno saca lectura de esa leyenda del juego limpio que muchos ya no ponen en valor, pues la moda actual es adoctrinar desde bien pequeños a rivalizar desde el apartheid y a no mezclarse con neutros capaces de saber ganar o perder, como siempre lo fue.
Uno que sigue el juego de la noble rivalidad aún cree en el cuento chino ese de la imparcialidad informativa como principio ético y todo lo demás, pero nada de eso. El diario deportivo Sport, como saben, periódico de Cataluña, se adornó con una portada el mismo día de la final de la Champions con un titular de los que hacen época: “Forza, Juve! Y Mundo Deportivo tampoco se quedó atrás: “Forza Alves” Pues miren ustedes, ninguno de los dos rotativos han hecho suficiente vudú como para conseguir fortalecer su inquina hacia el eterno rival; y es que el fútbol entre grandes protagonistas se agranda con la victoria de unos y la derrota de otros. Así de simple resulta cuando el deporte se guía por la inteligencia y la elegancia, independiente del resultado final.
Lástima que los precursores que han de impartir mejores ejemplos utilicen sistemas de largo alcance como lo es la prensa escrita para hacer valer sus proclamas de odio y olvidar que el deporte, en su mejor vertiente, es una de esas virtudes de libre disposición que al deportista le permite competir para superarse a sí mismo como reto personal frente a la vida. Así pues, bendito fútbol cuando es terapia deportiva y solo eso, porque las derivas humanas que nos rodean a diario quedan ligeramente devaluadas, siquiera durante noventa minutos de sana competición. No hay más, salvo aprender a disfrutar de los éxitos de los demás y hacer patria con lo que ganamos. Ya sé que es un imposible, pero es por si acaso cuela.